22 de diciembre de 2008

Verde navidad

Estaba furiosa. La niña Murcia realmente estaba furiosa por no haber recibido su regalo de navidad. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por hacer su reclamo. ¿Cómo era posible que Santa, el siempre cumplidor (como un gigoló), le hubiera fallado este año?

Tomó su chamarra más abrigadora, su cartera (usted, lector, no pregunte de dónde tiene esta niña cartera con dinero) y esperó a media noche. Tenía suerte que sus padres no practicaran el postcopeo y durmieran temprano. Dió un brinco a la acera y echó a correr a la avenida principal a tomar un taxi, el cual la conduciría al aeropuerto.

Compró el boleto y a las dos y media, con algo de retraso, partió el vuelo diario único al Polo Sur, que es donde estaban las oficinas gubernamentales de Corporación Santa y el Partido Navideño Internacional. Esto era una ventaja, pues llevar el caso a política sería escandaloso para el corporativo. Además, en el avión estarían pasando la película de Santa Cláusula 2, lo cual le producía a la niña Murcia la suficiente ira para como para dejarse intimidar.

Después de un vuelo retrasado, soportar los pedos de una señora que parecía pavo mal cocido y la gangosa voz de la amable azafata, llegó al aeropuerto del Polo. Se detuvo a comer una Big Mac (que, por supuesto, aún hoy sigue digiriendo) y un Peppermint Mocha Twist, y sin perder más tiempo corrió a tomar un taxi para ir al corporativo.

Gracias a los infiernos que la fila de quejas estaba categorizada por tipo. Su fila, la de reclamos por falta de regalo, era muy corta, debido a las pocas personas que se pueden pagar un boleto de avión al Polo. Después de esperar sentada una hora (eso es suerte) fue atendida por un amable robot que suplía a la encargada, pues apenas estaba desayunando. "El primer refunfuño de la mañana", pensó la niña Murcia.

La niña, elegante y altivamente accesible como fue educada, le planteó su problema al robot. Éste tecleó el número de afiliado en la base de datos y resolvió la causa prima, diciéndole al cliente que no había pedido cita con Santa Claus cuando estuvo de diligencia en uno de los siete diferentes centros comerciales de su localidad, y que por eso Santa no tenía ninguna petición de su parte. Segundo refunfuño. La niña Murcia fue la primera de la fila aquel día, ni siquiera desayunó por ir a ver al representante oficial de Santanás.

La hamburguesa hizo su efecto. La niña Murcia estaba encabronada. Tomó al robot de la pantalla táctil y le palmoteó: "Quiero ver al delegado en México, ahora". La empleada desayunando se alteró, dejó los dildos en la mesa, se limpió las manos con la falda y finalmente le dijo a la niña, nerviosa: "Sígame, por favor".

El delegado, también desayunando,  interrumpió su alimento y su llamada telefónica pseudoimportante para atender a la primera persona en más de medio siglo que exigía su persona directamente. De su puerta cerrada salieron sonidos de una mujer siendo empujada, el uso del baño de manera frenética y unas respiraciones agitadas, antes de abrir la puerta.

La niña Murcia tomó asiento.

- A verrr... - dijo el barbudo y desaseado hombre, de traje barato y reloj espantoso - Dice usted que no recibió su regalo de este año. Murcia López, ocho años, afiliada 00012354351321, reside en... México, por supuesto, sino no estaría conmigo... - Hizo una pausa para mirar sus pequeños y rabiosos ojos negros, en busca de alguna señal delatora, la cual no encontró. - Mire, señorita López... la base de datos local no encuentra si usted realizó su cita previa con Santa... Entonces le voy a pedir su comprobante de pago para verificar que haya sido correctamente introducido a la base... - Tercer refunfuño. Murcia sacó el boucher de la chamarra y lo exhibió al tipo.

- Oiga... - Dijo el delegado después de examinar el anverso, que contenía el sello de la delegación, el sello oficial de Corporativo Santa y el sello del trasero de la niña, juzgando donde lo guardó aquel día. - Este boucher está incompleto... ¿No le dijeron que debía tener el sello del sindicato y del  Partido? Este boucher es, de hecho, ilegal. Lo siento mucho, - se lame el labio - no puedo ayudarle.

La hamburguesa había dado al traste con la paciencia de la niña. ¿Qué ganaba reclamando por un regalo cuyo único costo era percibido por los esclavos obreros ensambladores de Hawaii? Un regalo que, de entrada es gratis, carece de valor. Pero la niña Murcia no se iba a dejar por vencida.

Después de un largo proceso de un día y medio, que por obvias razones no describiré, la niña Murcia consiguió una cita entre la apretadísima agenda vacacional del mismísimo Santa.

Entra a su oficina.

La niña Murcia estaba cansada, hambrienta y su Winchester recortada sólo tenía municiones para dos disparos. En un rápido viaje al baño, se lavó la cara y cargó el fusil, antes que Santa terminara su llamada oficial de esas que suele durar quince minutos de a minuto y medio cada uno.

Santa lucía poderoso en esa oficina oscura, iluminado sólo de la nariz para abajo, como en las películas. Santa sabía que esta patética forma de esconderse da miedo.

Pero a la niña Murcia no le importaba.

Estaba sedienta, la boca le sabía a fierro, el hambre la doblaba, el sueño la neutralizaba y las lágrimas eran tantas que tenían olor (delicioso, si quiere el lector que lo describa), Su brazo y un ojo eran lo único que necesitaba. El temor a morir de Santa era lo único que le podría alimentar. Sacó la escopeta. Apuntó a Santa. Pensó cuán facil esa escopeta libró la seguridad del edificio. Pero no había tiempo de pequeñeces.

Pull the trigger. Estruendo mágico. Daño irreparable. Chorros de sangre. Todo eso y paz esperaba la niña Murcia. Esperó horas interminables, llorando al fin su pena. Esperaba la sangre de Santa salir de entre las sombras. Lamerla o tenerla de recuerdo, en un pañuelo.

La sangre no apareció. Desconcertada, y convencida por el silencio del lugar, dio media vuelta, dispuesta a marcharse.

Ahí estaba Santa. Pasivo, enérgico, desgraciado. Una Colt dorada calibre .45 lucía ajustada a su guante blanco.

- Nunca destruirás MI navidad, niña estúpida y sucia. - Murcia hizo una mueca, como si masticara algo. El balazo en la frente fue fulminante.

Las lágrimas de Murcia cayeron después del cuerpo, suspendiéndose y deshaciéndose en hermosos fractales en el éter...

- No es mi culpa - patea el cadáver mientras habla en inglés - que no hayas tramitado bien tu boucher. No tengo tiempo para pendejadas. Por tí no se acabará la navidad que a tanta gente cura su corazón. Por tí - patea de nuevo - no se extinguirá el imperio mercadotécnico más - patea - grande - patea - del mmmundoo, perra!! - patea cuatro veces a la cara.

Unos instantes después, la secretaria había encontrado, en su oficina, al señor S muerto, una niña de ocho años con un balazo en la cabeza, una escuadra, una escopeta y un raro olor a heno, que provenía de la boca de la niña.

Era gas fosgeno. Santa estaba rojiazul.

19 de diciembre de 2008

Ravenous

Feel the rage in all of your holes,
You must realize I am your foe.
Feel my whipping destruction,
feel the blood in your asshole...

Machines torturing your guts,
your assflesh bouncing with my chains,
I`ll hurt you till you worn out
and your mind can´t feel no pain.

Your skin... Ravenous... of paddles!

Bones crashing, superbondage,
outraging screaming carcass,
carving the Hell beneath your eyes,
stop shouting me your disgrace


Your skin... Ravenous... of paddles!

Your skin... Ravenous... of paddles!

16 de diciembre de 2008

Moonspell - Scorpion Flower (ft A.V. Giersbergen)

Disfruten y no pregunten, sólo por esta vez.




Curse the day, hail the night
Flower grown in the wild
In your empty heart
In the breast that feeds
Flower worn in the dark

Can I steal your mind for a while?
Can I stop your heart for a while?
Can I freeze your soul and your time?
Scorpion flower
Token of death
Ignite the skies with your eyes
And keep me away from your light

Surrender tears to your mortal act
Flower cursed be thy fruit
Of your courage last
Of your grand finale
Flower crushed in the ground
In your empty heart
In the breast that feeds
Flower worn in the dark

Can I steal your mind for a while?
Can I stop your heart for a while?
Can I freeze your soul and your time?
Scorpion flower
Token of death
Ignite the skies with your eyes

In your empty heart
In the breast that feeds
Flower worn in the dark

Can I steal your mind for a while?
Can I stop your heart for a while?
Can I freeze your soul and your time?
Scorpion flower
Token of death
Ignite the skies with your eyes...

Cognosis

Mira al cielo. Gris, negro, verde. No hay diferencia.  La multitud que en él se desparrama te acosa. Te reclama que abras los ojos y mires la belleza.
Buscas, y no encuentras. Lo sé, porque lo he vivido. Suele pasar.

"Sólo quien sea capaz de odiar sin razón será capaz de amarme."

Mira la música. Luces de neón bailando al ritmo del electro. Visualizaciones llenas de matemáticas y colores. Treinta y dos bits de resolución. Tan exacta como el sentimiento.
Tratas de sentir, pero no puedes. Lo sé, porque lo he intentado.

"Sólo quien sea capaz de odiar sin razón será capaz de amarme."

Mira tus pies descalzos. Hongos diminutos, imperceptibles a la vista, tratando de sobrevivir a la crueldad del clotrimazol. Uñas recortadas, todas al más puro estilo militar, excepto aquel meñique sangrante. Tan doloroso como aquello que llamas "el mismo infierno".

"Sólo quien sea capaz de odiar sin razón será capaz de amarme."

Mira tus manos. Olorosas a cabello sucio. Trata de recordar a quién pertenece esa grasa capilar. Trata de recordar la cabeza de quién acariciaste, pues el aroma a flores revela que no ha sido la tuya. Mira más de cerca. Ahí, en tus uñas. Sin duda, son rastros de piel humana. Te agarraste de las greñas con alguien, literalmente. Lo sé, porque ese alguien fui yo.


"Sólo quien sea capaz de odiar sin razón será capaz de amarme."

Mira al suelo. Llevas horas mirando al frente. Ya era hora que el vértigo hiciera efecto en el interior de tus oídos. ¡Manos al frente!
Has caído. Por suerte, te he advertido. Espera, no te levantes. Voltea a tu izquierda. Anda, gira la cabeza un poco. Sí, es mi rostro. Míralo. Te he estado observando aquí, desde hace un rato, desde que me tiraste al suelo, desde que perdiste la razón y te quedaste ahí, paralizada, como pájaro enjaulado, espantado por un gato a medianoche.
Me encanta tu mirada de perplejidad. Resalta lo hermosa que eres. Lo sé, porque te conozco.


"Sólo quien sea capaz de odiar sin razón será capaz de amarme."

Reincorpórate. Lentamente, aún debes estar mareada. Recuperarse del shock será la excusa perfecta para comprar uno de esos refrescos derriteclavos. Pero, espérame. ¿Me podrías echar una mano? ¿Podrías cargar mi cabeza y llevarme a una funeraria, o al menosme dejarías dormir en el refrigerador de tu casa? Es lo menos que puedes hacer después de matarme, como lo has hecho. No te preocupes por el resto del cuerpo, es pesado, hace frío y nadie se lo llevará.


"Sólo quien sea capaz de odiar sin razón será capaz de amarme."

Aún no entiendo porqué me has matado. Aún no entiendo porqué separaste mi cuerpo de mi cabeza. Aún no entiendo que de feo e incongruente tienen mi cuerpo respecto de mi cabeza. Aún no entiendo porqué pelaste los dientes placenteramente cuando veías mi cuerpo gozar como nunca, mientras mi mente se retorcía de dolor, de saber que tienes una buena razón para matarme: el puro gusto.
Aún no te entiendo. Nunca quise hacerlo. Quizá por eso no he muerto.


 
Michelle Jenner. Actriz cualquiera, excelente foto.



Fuera de bromas, me gustaría saber cuanto tiempo permaneceré al lado de este helado barato de chocolate y las veduras americanas. No me gusta tener frío y hambre al mismo tiempo...

13 de diciembre de 2008

Burlesque Callejero


La lluvia cae, como en telenovela,
al mando único de tu frío menguante,
frío que sólo cede ante una ira: la mía.
Frío que sólo cede ante el temor constante.

Tus labios, felantes, arden como el queroseno.
No hay unguento que pueda siquiera
aliviar lo amargo de tu saliva licuada.
no existe cura para un alma perversa.

Eres recurso de fuente inagotable.
El humano compra, y paga bien por tí.
Contigo el mercado es próspero y rentable,
pues no consumes ni eres pedante
ante los ojos de alguien idiotizable.
Pero sé que te pesa el mutismo perfecto.
Sé que te pesa eso que siempre soñaste.
Haber sido desvirgada por tu propio orgullo,
el no tener más sentido en una obra de arte.

Mis poesías, tristemente, carecen de valor alguno.
Mis esfuerzos dedicados a una mentira nocturna
sólo serán pagados con la sangre tuya,
pues no habrá otra que endulce mi amargura.

Con la preciosa oscuridad te codeas,
te ufanas, te burlas y al humano insultas,
te has adueñado del burlesque callejero, 
la parodia innegable de todas las culturas.
Tu rostro oscila en busca de poesía pútrida.
No encuentras sosiego ni en la pasividad diurna.
No hay religión que pueda redimirte,
pues eres la más puta entre las putas.


   Tuve que recurrir a una mentira para descubrir su verdad.

6 de diciembre de 2008

Si he de volver, que valga la pena...

Estoy cambiando la apariencia de este espacio. Espero les agrade, pues es para ustedes.

Adorable necrofilia

Te extraño, amada mía.

Extraño esa mirada coqueta y penetrante. Esas manos de monja dedicada por completo a la cocina. No preguntes porqué la metáfora. Ese intento de vientre plano, tan fodongo e hipócrita como cualquier mujer de tu edad, tan excitante como cualquier mujer de tu edad. Tu cabello deprimido, desaliñado, maltratado, intentando alcanzar el suelo. Tus labios partidos por el frío, tan sólo humedecidos por esa expresión que el deseo suele conseguir. Tus piernas flacas y firmes, tiernas como trasero de bebé.

Extraño el descaro con que me sonreías, tus palmadas de desapruebo en mi cabeza cuando te contaba un chiste tonto, o tus caricias hipócritas cuando te contaba mis penas. Extraño la última lágrima que alguna vez deseé ver, extraño tus penas y tus idioteces, que para mí aún ausente siguen teniendo sentido.

Extraño el vaivén de tu cuerpo en el aire, meciendote como un péndulo que no oscila, un péndulo que no sirve... pero lleva ritmos frenéticos dentro de sí. Extraño la más podrida de las uñas de tus pies, la firmeza de tus pulgares sobre mi vientre cuando intentabas lastimarme, aún cuando fingiera dolor.

Pero, a decir verdad, extraño más tus gemidos. Nunca me importó si eran de dolor, de placer, de hastío, de júbilo o simple voluntad. Nunca me importó si era el sonido de mi pene embistiéndote, chapoteando entre tus nalgas, o el sonido de mi taladro jugueteando con la carne de tu brazo. Nunca me importó si era el dolor de las cuerdas baratas, asiéndote desde el techo de mi habitación, o eran mis dedos palpando todo lo que encontraban en el camino entre tu entrepierna y tu boca.

Nunca me importó saber si tus gemidos provenían de ese transformador de corriente, cuyo efecto paralizante compartían nuestros cuerpos a través de nuestros fluídos, o de la impotencia de saber que tu acelerado corazón expulsaba lentamente toda tu sangre por tu femoral izquierda, mientras yo me divertía dandote toquecitos eléctricos con mi lengua sobre tus oídos.

Nunca supe saber si tus gritos, olorosos a inanición, eran una señal de deseo, como el que yo te profesaba, o era el preludio a tu indeseada muerte. Muerte que, siendo sinceros, ninguno de los dos estaba dispuesto a evitar.

Nunca supe si tenías la suficiente energía para sentir ese último orgasmo, esa última presurización de tu vientre que terminó de transmitir tus últimas gotas de sangre a tu constipada vagina, si aún quedaba oxígeno en tu cerebro para sentirlo, aún si ya había bloqueado el flujo sanguíneo hacia tus extremidades, para que no perdiera el tiempo buscando...

Sin embargo, yo si lo sentí. Contracciones débiles, pero contracciones al fin.

Sentí tu última exhalación en mi oreja, mientras te abrazaba, mientras te cabalgaba, mientras bañaba tu espalda con la sangre de tu pierna, mientras sentía lo aterciopelado de la sangre seca entre tu piel y la mía.

Sentí tu último intento de grito. Ha sido el sonido más melodioso y ensordecedor de mi asquerosa vida.

Pero necesito más que ese último trapo con el que limpié tus genitales y tus labios salivosos.


Te extraño.


 
Ella es Gabriela de la Garza

5 de diciembre de 2008

Volveré...

Cuando dejen de ver esta entrada en primer plano, mi retorno habrá sido definitivo.
Afortunada o desafortunadamente, mis labores, por muy provechosas que hayan sido, están a punto de terminar.

Pido disculpas a todos aquellos a quienes leo y he abandonado, y prometo compensar mi ausencia.

Volveré siendo el peor pero más entusiasta de los escritores amateurs, y volveré siendo el más pasional lector.

Gracias a aquellos que se han dado una vuelta en este horrible pero cálido espacio, el espacio de los humanos.


Al Hrrera, su maldito servidor.

2 de noviembre de 2008

El Resucitador

Isaías Velasco era una persona muy solicitada en la ciudad de París. Era una de esas personas que la gente quería no por lo que era sino por lo que hacía.

Exiliado de alguna extraña y desconocida manera de Colombia, Isaías no tenía problema alguno para pasar desapercibido entre la gente, como el personaje más famoso de Suskind. Personalidad indefinida, naturalmente, como todo aquel que carece de dotes artísticos. Quizá eso lo llevó a admirar y tener la oportunidad de "traer de vuelta" a personajes de la talla de Jean Monnet o el mismísimo Hitler (las circunstancias de su segunda muerte son algo de lo que me ocuparé quizá después).

La cultura pop lo extasiaba, decía con una seguridad propia de los políticos que el pop europeo era superior al americano. Así de grande era su ingenuidad, y así de fácil era convencerlo de revivir a un timador de alta categoría o a un asesino serial, encargos, naturalmente, de mentes psicópatas o dispuestas a divertirse a cambio de soltar unos cuantos euros.

Había decidido quedarse rondando los alrededores de Francia porque es, pues, "la cuidad del amor": incluso si ese amor cuesta y consta sólo de una fría y reseca vagina y unos cuantos gemidos de a medio euro cada uno. Después de todo, él era un consumidor muy bueno, uno de tantos que le hacen un gran favor a la economía underground en ese país como en cualquier otro.

La vida, pues, le resultaba algo digno de alabanza, algo digno de recuperar una vez que se hubiera perdido. A pesar de todo, se declaraba un hombre muy práctico, y no le importaba la metodología sino los resultados de sus trabajos. No le importaba meterse con un enfurecido Satanás o con un autodesangramiento que le pudiera costar la vida, que evidentemente, no podría recuperar por sí mismo una vez muerto. Como en toda película o serie de televisión de paga, su satisfacción era ver unos segundos la satisfacción de quien le encargaba el  "trabajo" y después de recibir el generoso cheque o los billetes prostituídos, salir a la calle a contemplar las calles aledañas al Sena, o contemplar a lo lejos el hermoso brillo de la luna sobre la géoda del novísimo parque de La Villete. "Se trata de París, finalmente", decía para sí mientras apartaba el dinero para la puta del día.

Otra de las tantas razones por las que se dedicaba a tan "hermosa" tarea era porque en la rara trancisión entre la muerte y la vida, mientras la carne se reconstituía sobre los rostros huesudos y la humedad coloraba las pieles olorosas a moho, los conocimientos traspasaban su mente. Podía leer las mentes de los muertos. Todos, grandes pensadores, grandes artistas o grandes criminales, tenían un gusto por la vida y una fijación por la realidad que simplemente contagiaban al cada vez más mermado de mente Isaías. El pobre andaba por ahí con un brillo en los ojos digno de un chiquillo de seis.

Isaías se sentía un hombre poderoso, íntegro. La sonrisa en su boca, tan indefinida y común como su rostro, hacía dudar a los insectos nocturnos sobre su superioridad.

Finalmente, el destino, si existe tal, decidió un buen día acabar con la farsa de apellido Velasco.

Ese buen día, lunes por la noche, un excéntrico de buen gusto en el vestir y mal gusto en las bebidas (condición que notó el ejecutante por el aliento) llevó un cadáver no muy viejo. Esto suponía una ventaja para Velasco, pues el olor y el aspecto no debían ser tan, digamos, jugosos, dependiendo del cementerio donde hubiese estado.

Contempló los ojos del inmolado un momento, quizá para determinar el procedimiento adecuado, y después de unos instantes pidió a su cliente que saliera del cuarto. Era un cuarto oscuro, tal cual, de algún fotógrafo extraviado que nunca más volvió. Isaías, muy práctico, utilizaba los focos rojos que aún quedaban entre el equipo para iluminar el cuarto, lo cual le daba un ambiente tétrico, o más bien, apantallante. Era un discreto truco mercadotécnico.

Cerró los ojos, con sus manos encima del pecho del cuerpo inmóvil, como quien se dispusiese a realizar un masaje cardíaco, y con una gran serenidad (hipócrita) en su alma pero con gran escándalo en su garganta, invocó a no se que maldito dios nórdico. Él mismo no creía en divinidades ni mucho menos. Sin embargo, funcionaba, y por ello lo hacía con empeño.

El momento llegaba, poco a poco. La carne volvía a su sitio, proveniente de la nada. Los huesos se volvían a calcificar, tomaban firmeza. Un rostro viejo y canoso tomaba forma, abría la boca en pro del miedo, y temblaba su vista en torno a lo desconocido (debió serlo, pues una experiencia así es, quizá, como volver a nacer). Y, con el transcurrir de los segundos, la mente del cadáver atravesaba como metralla los ojos y oídos de Isaías.

Uno tras otro, tópicos tan dispares, y a la vez, tan concordantes, traspasaban su mente como créditos de películas. Letras, historia, filósofos, corrientes. Hasta ahí todo iba bien.

Columnas en periódicos, revistas, boletines, críticas, sollozos, aislamiento, renovación y lectura. Era evidente que se trataba de un hombre de letras. Isaías no lo consideró peligroso.

La sangre del ex-cadáver daba un poco de color a la vieja piel del anciano.

Entonces, brutalmente, fue acribillado por el terror. Existencialismo, post-modernismo, HIPERREALIDAD, teoría del consumismo, pensamiento, en el fondo, anti-pop. "¿Qué demonios...?" Se sintió ofendido. Un cosquilleo pululaba en el labio superior del resucitador. Se sacó la lengua para confirmar que era sangre. Se estaba mareando terriblemente. Estaba muriendo.

Simulacro...  ilusión... crítica fortísima a la cultura... simulacro... guerra del Golfo falsa... hiperrealidad... consumismo... redes sociales virtuales... internet... telefonía celular... simulacro... tamagochis... simulacro... simulacro... simulacro... MUERTE... ¿Muerte...?

Baudrillard se levantó, lentamente, de su lecho de resucitación. Cuando se acostumbró a la luz roja, pudo ver el cadáver fresco de un joven de rostro y aroma indefinidos, tan sólo distinguible por la mueca de terror que caracteriza a aquellos cuyo mundo se ha derrumbado.

Baudrillard entendió lo que pasaba. Entendió que su nuevo "progenitor" era un pobre idiota e ingenuo. Y a pesar de eso, le debía la  vida. Un regalo que no podía aceptar.

El filósofo tomó el dinero que tenía Isaías en su cartera, abandonó el cuarto y salió a hurtadillas. Su última travesía en el mundo del simulacro la dedicaría a buscar un arma, para usarla en sí.

26 de octubre de 2008

Lamá sabajtamí!!

¿De donde vienes?
¿Quien te crees para llegar a mis oidos, para penetrar mis sentidos e iluminar mi mente y salir despavorida como pedo por tu casa?
¿Qué te hace creer que soy tu esclavo? ¿Qué te hace pensar que estaré ahí para sobarte los pies cada vez que, agotada, llegues a mi sillón a recostarte y a roncar? ¿Qué te hace pensar que eres tan hermosa que tus pinches ronquidos no me MOLESTAN?
¿Tan malo fue el revolcón que nos dimos aquella noche de imágenes, letras, sollozos y vino, que ya no te dignas siquiera a darme una cachetada, de esas que tanto me gustan?
¿Tan mala te supo mi sangre que ahora te dedicas a vomitarme, cada vez que no te volteo a ver?
¿Porqué no me dices adiós, de una buena vez, como la gente consciente, te dejas de pendejadas y me dices "eres un asco"?
¿Porqué no te decides de una buena vez? O eres una chiquilla mimada, caprichosa, desmadrosa pero agradable, o eres una dama oscura, exigente, asifxiante pero erótica. Pero nunca enmedio, no en mi casa, no en mi mente, no en mi andar.
Memento mori, bastarda, hija maldita del hombre ambicioso. Algún día yo no estaré aquí para masajear tu sonajudo cuello.
Incluso si mi alma te siguiera amando, con todo y tus alevosos defectos.

12 de octubre de 2008

Despertar fugaz

Rómulo no le hacía justicia a su nombre. Era horrible. No sabía cómo aún después de seiscientos años de vida independiente y errante no se había podido cambiar el nombre, incluso si por decisión propia no hubiera nadie que lo recordara.

Se había exiliado de todo contacto humano, vampírico e incluso personal, pues pensaba que ya lo conocía todo de pe a pa. Típica resolución en un vampiro, y más cuando no tiene a nadie, ningún tutor ni maestro, que lo guiase por los senderos de la bellísima oscuridad que tanto aborrecía en ese entonces. Su creadora, pues, lo "parió" para dejarlo a su suerte, sin dejar santo ni seña ni nombre, fue producto de un antojo mal cuidado, un ser que no deseó venir al mundo y por eso no deseaba que el mundo lo penetrara a él.

Pero eso no justificaba que no saliera al mundo a cazar. Era tan gruñón que el hambre sencillamente lo acuchillaba por la garganta, y más después de una hibernación que duró más de cincuenta años. Se levantó de su recinto en las catacumbas de un viejo cementerio con un sobresalto más que ridículo y emprendió una caminata nocturna de reconocimiento.

No sabía donde se encontraba, no lo sabía ni aún después de haberse bebido a medio pueblo antes de dormir. No se fijaba en pequeñeces, decía, excepto el hecho de que sabía que era sábado.. El muy tonto buscaba soledad, pero la soledad acarrea dolor consigo, dolor que buscaba solventar con conocimientos "que valieran la pena", o sea, ninguno (para alguien tan pedante, debo decir). La vida le parecía irrelevante, la muerte espantosa y, por tanto, la existencia aburrida.

En su inspección de medianoche por las calles aún sin pavimento de la localidad, vió sólo ebrios gastando sus cervezas dentro de ruidosas camionetas (que, como descubriría despues, es una práctica usual en los pueblos pequeños de México) y prostitutas gimiendo por ayuda, por supuesto. Tódo le parecía a Rómulo deplorable y escandaloso. A un vampiro normal esto no le debería alterar siquiera la respiración. Sin embargo, el era así, incluso en vida auténtica.

El alumbrado eléctrico guió su camino a una nueva avenida principal, tan sola como su guarida en el cementerio. Después de caminar unos cientos de metros y aumentar gradualmente el hambre, se encontró frente a una iglesia. Era obvio que se trataba de una, por la inconfundible cruz de vitral que portaba el edificio de dos pisos. Pero el estilo arquitectónico era, enervantemente, de buen gusto. Concreto perfectamente homogéneo y sin brumos, ángulos tan filosos como débiles los colmillos del buen Rómulo. Juraría que se trataba de brutalismo. Pero Rómulo sabía poco o nada de arte. No le importaba, en realidad, cómo se conjugaban las enormes bancas barnizadas con la cerámica del cristo que le dirigía una mirada de misericordia conforme él abría las puertas y caminaba al centro del lugar.

Era una oportunidad perfecta para saciar esa sed acumulada. Se escondió en uno de los confesionarios, al fondo detrás del altar,  y después de tomar prestada una botella de vino de consagrar, se echó a esperar (erróneamente dicho "a dormir"). Cerró la puerta y se colocó la boca de la botella en su boca, dosificando el licor, con un cálculo tontamente correcto.

Al fin dieron las seis de la mañana del domingo. Rómulo no se percató, sutilmente borracho, de las tres llamadas de las campanas ni de la inevitablemente ruidosa entrada al recinto de los feligreses, sus feligreses. Abandonó la botella en la cabina y salió de ella como si el asiento estuviera realmente caliente. Con su supervelocidad, característica de él, cerró todas las ventanas y puertas, excepto la principal (para dejar que más gente entrara) y empezó a servirse de carnes y sangres de todo tipo.

No era la primera vez que Rómulo se atascaba tan asquerosamente de alimento. Lo cierto es que el muy maldito no tenía llenadera, ni capacidad de decir no, por muy fea que supiera su víctima, por muy asquerosa que fuera su mente. Toda la comida, incluso la echada a perder, tenía cabida en el torrente energético del vampiro.

Pero esta vez, una especie de pedantez lo invadió desde lo más profundo del intestino grueso. Era insoportable. Sabía que tenía que pasar, pero no sabía cuando ni porqué. Era que, simplemente, nunca había devorado a toda una comunidad, y menos cristianos, y muchísimo menos de un pueblo pequeño. Ahí estaba el detalle. Él, como buen ser de oscuridad y tolerante de luz, cometió el error de no clasificar, elegir y balancear su comida por sus caracterìsticas, es decir, color, sexo, salud, fortaleza, y lo más importante, poder mental.

Tenía, pues, una indigestión. Había comido mucha comida chatarra, bien cocinada, muy bonita, y NADA NUTRITIVA. Se empezó a sentir mal, empezó a marearse entre el malestar y las imágenes de cuerpos secos, amontonados y destazados que él mismo había generado, se paró en frente del cristo, y sin más cuidado terminó por vomitar.

Una enorme estampa de sangre escondía el rostro de cristo, el blanquísimo mantel en la mesa del altar, las licoreras, los cirios y hasta el dibujo de una portezuela de madera en el suelo que conducía a un túnel secreto se habían difuminado en un rojo psicodélico.

La mejora que le produjo el vomitar le hicieron abrir una sonrisa de alivio, que se vió iluminada por un sol mediocremente radiante, entrando por la puerta principal de la iglesia. Rómulo, furioso por la quemazón del sol, volteó hacia la entrada. Pudo percibir una silueta bien estilizada, perfecta, y una mente tan dedicada a la contemplación como a la crítica.

- Otro mediocre pedante que se esconde para saciar sus necesidades. ¿Ahora quién limpiará tu vómito, si no dejaste a nadie?

Conforme se acercaba caminando, su rostro no tan hermoso y sus ropas de prostituta se hicieron presentes ante los ojos lastimados de Rómulo. Según podía leer en su mente, se trataba de una brillante prostituta, ninfómana, culta, sádica, perversa, deseable.

Leer su mente era para él como lo es para un humano oler una carne asada y condimentada en tiempos de hambre. Sublime. ¿Qué queda en esas circunstancias, donde todo está facilitado y reducido a "tomar y consumir"? Empezar, solamente. Acercarse al objetivo, despacio y firme, cortando el aire y degustando de él, usando el tiempo eficientemente, acrecentando la espera y disminuyéndola a la vez.

La prostituta, inmovilizada, le dijo a Rómulo con esa sinceridad ametrallante y directa que caracteriza a las grandes mentes que no tienen nada que perder:

- Créeme, papito, soy demasiado para tí. Morirás conmigo.

Rómulo, cegado por el deseo, y alterado por la vomitada que lo dejó seco de nuevo, se limitó a mirarla a los ojos y, con ternura, acribillar su cuello de mordidas para que salpicara. La abrazó con fuerza para que el chorro de sangre se disparara directo de las heridas a su boca. La furia y el éxtasis eran tan crudos, tan impulsivos, que el cadáver terminó fragmentado por los brazos de Rómulo. EL hambre se había saciado al fin.

La bestia, saciada y con suficientes fuerzas, sacudió sus ropas de cuero y prosiguió con una caminata bajo la ahora comodísima luz del sol.

Sin embargo, una asfixia se empezaba a apoderar de él. Se sentía eufórico, como cuando en vida comía esa extraña planta que le permitía hacer música. Pero la asfixia era insoportable. La prostituta, eso era, demasiado de lo bueno. Un manjar que no se dió tiempo de degustar y ahora lo había envenenado.

Rómulo se arrepintió de su acción atrabancada e inmadura.

Sin embargo, cuando se vió a si mismo caer de rodillas y pulverizarse bajo el sol, era demasiado tarde.


9 de octubre de 2008

Hambre incidental

Incesantes campanas tocan a mis oídos. Los destrozan.

Estoy aturdido, contrariado, soy capaz de chocar contra las paredes y goplearme hasta desangrar.

Esperen... ¿Qué es esa mancha de sangre?

Hahahaha!! es mia! es de mi frentte, ni me di cuenta. Bueno, mugre con mugre no se ve mucho.


No se que me pasa. Tengo increíbles ganas de oir reguetón. ¡Carajo, que eso me preocupa!

Alguna vez me ha pasado. Me desespera. Me desespera no saber que pasa. Me desespera no poder rascrme la cabeza puesto que mis brazos están en el otro cuarto, y las uñas deben estar por ahí en la basura que barrí hace dos días.

Me aguanto, pues. Me vale madres que se estén echando a perder. Pinche Baudrillard, algo tenías de razón. Vivo en un mundo falso, siempre creí que mis brazos eran musculosos, y ahora resulta que tienen gusanos y apestan a muertos.

Debió ser en el último ataque de nervios.

¡Es cierto! Ya se lo que es.

TENGO HAMBRE.




Genial. Refri vacío. Pero no importa. Voy a hacerme un té, ya encontré cabellos tirados en el suelo, todavía les debe quedar sabor.

A ver si puedo manejar la tetera con los pies. Pinches brazos están bien lejos.


3 de octubre de 2008

Historia de una Master (parte IV)

El eco de su nombre resonaba en mi mente. Debo admitir que creí estar enamorado de Miranda. De hecho, no me apura pensar y admitir que fue cierto, sin embargo en unas pocas horas había conseguido germinar en mí el odio más poderoso, más sádico.

Su mirada era ahora de dejación, pues quería algo de mí que sabía que duraría, relativamente, poco. Me pedía terminar con su agonía, por medio de más agonía. Tenía las fuerzas y los ánimos necesarios para resistir, buscaba este momento con impetuosa pasión. Insisto en justificar mi acción de aquella noche en la premisa de su aprobación. Sé que hubo tal.

Decidí entonces por hacerla sufrir de manera prolongada, hacerla pagar por el castigo inhumano que me había aplicado por el crimen de cuidar de ella y permitir que me cuidara, por hacer esto a cambio de una tolerancia que estaba totalmente fuera de mi entendimiento.

La furia me había conducido a bofetearla, inmóvil bajo mi cuerpo. Una tras otra, la lluvia de bofetadas transgredían su rostro. Cuando vi su nariz sangrar me detuve. Sentí remordimientos, pues la veía como una obra de arte natural, y ella misma me había enseñado que el arte es sagrado. Sin embargo, de su boca salió la frase maquiavélica:

- No tengas compasión, sólo diversión.

La calidez de su frase me invitó a besarla. Sus labios, entintados en su sangre, parecían producto de importación del paraíso. Me dejé llevar por su perfume femenino y mi boca se dirigió a su cuello. Quería morder, quería arrancar toda la carne y reventar todas las arterias que pudiera. Pero no podía, pues habría acabado el juego en una muerte indeseable (aún). Opté por morder su cuello, aumentando la presión lentamente en mi quijada, escuchando su sofocación, sintiendo el retorcer de su cuerpo bajo el mío.

Apenas empezaba a divertirme, como ella misma me lo pedía, y ya podia sentir cómo Miranda jalaba aire profundamente. La sonrisa, persuasiva y ya clásica en su expresión, persistía.  Estaba gozando, incluso a punta de lágrimas.

La puse en pié y la até de los brazos a una cuerda, la cual se sostenía de una polea en el fortísimo techo de concreto. La elevé a medio metro del suelo y empecé a castigarla con una fusta. Podía sentir como el cuero golpeaba su piel, el mismo cuero se estremecía con cada percusión, cada vez más rítmica. Los jadeos de mi ahora esclava también se volvían rítmicos, frenéticos... eróticos. El transcurrir del tiempo me resultaba superfluo y corto, cada laceración sangrienta en su vientre y en su espalda eran mucho más importantes que la vida misma. Incluso pude percibir un momento en que Miranda no tenía más lágrimas para llorar. Me detuve de nuevo. Pero ella se dió cuenta y me imploró:

- ¡Siiiigueeeeeeeee! ¡Por favoooooooooooooooor!

Era evidente que ya no gozaba. Se trataba de la paga de un karma. De ahí en adelante me sentí, a veces, utilizado. Pero yo obtenía algo bueno, así que no me volvería a detener hasta el momento más preciso.

La bajé al suelo, esta vez a gatas, pero con los antebrazos uno contra otro, en su espalda. Mientras la sostenía del cuello con una cuerda en una mano, me puse de rodillas también y empecé a cabalgarla, dandole azotes en la espalda con la otra mano. Era un ejercicio sencillo, pero despues de todo conseguí mi objetivo al cabo de algunos minutos, desquité mi furia orgásmica y la extasié al grado de que me rogara por más, que la hiciera explotar una vez más.

Pero no se lo iba a permitir, no todavía.

Explorando visualmente el recinto me encontré con una bobina de cable eléctriico y un transformador de  corriente. Conecté cada instrumento metálico que encontré al neutral del transformador, y la fase directo a sus pies. Cada azote, cada roce con las paletas o con las varas, todos lo resentían sus piernas. Lo mejor  fue cuando la metí en una jaula donde apenas cabía en cuclillas, se retorcía y se azotaba ella misma contra las paredes de la jaula, sin poder encontrar alivio a su tormento eléctrico.

Las lágrimas volvieron a brotar de su rostro. Esta vez yo no sentía placer, pero tampoco remordimientos. No es que me hubiera vuelto inmune o neutral ante su sufrimiento, sino que ya estaba preparado para aquella empresa que se me había encomendado.

La liberé de todo instrumento y atadura y la contemplé por ultima vez. La duda sobre si era hermosa me había abandonado completamente. Como Zaratustra dijo, los buenos frutos de la vida deben ser extraídos y consumidos en el apogeo del sabor. Las llagas y moretones en su piel eran impresionantemente deliciosas. Tomé su blusa y rasgué una traza de tela suave y cómoda. La acomodé en su cuello mientras la colocaba junto conmigo en la posición de la cobra. Esto acabaría con todas las energías que le quedaran. Entonces empezamos a copular.

Su sonrisa (tan recurrida en mi relato por su trasendencia) empezaba a desaparecer. Además de ella, a nadie he conocido que pueda enmascarar su desesperación o su deseo tras una sonrisa. Y Miranda tenía ambas. Conforme la hacía acercarse más al fin, su mirada penetraba más la mía. Era obvio que no quería que se me olvidara su rostro, aunque de hecho no podría hacerlo bajo ninguna circunstancia. Podía sentir como el aire de sus jadeos chocaba contra mi rostro, cada vez el tempo era más rápido. Ella estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para resistir hasta el fin. Le faltaba el aire por completo, pero debía seguir.

Llegó, por supuesto, el momento, en tiempo y forma adecuados. Podía sentir sus contraciones poderosísimas, avisando sobre el momento adecuado para apretar la traza de tela en su cuello. Me tomó de los hombros. Estaba tan asustado que sólo percibí el delicado "hazlo" de su garganta, sus labios sobre los míos y su pulso reflejado en el trozo de tela que ya había apretado con gran fuerza. El orgasmo no esperó a ninguno de los dos. Yo sólo cerré los ojos por un momento. Ella no los volvió a abrir.

La recosté lentamente sobre el suelo, con benevolencia, con todo el cariño que ella hubiera deseado. Su sonrisa había vuelto a aparecer, más viva que nunca.




Ignoro qué hice con el cuerpo de Miranda. No pretendo de ninguna manera recordarlo. Me resulta innecesario y doloroso.

Lo cierto es que no me arrepiento de lo que hice. Yo nunca dominé a Miranda, sino todo lo contrario. Me hizo llegar a extremos que yo no me creía capaz, me hizo cometer atrocidades que yo consideraba impensables.

Pero también me hizo aprender a controlar mis pasiones, mis deseos, mis pensamientos. Me hizo aprender a buscar lo que quiero, pero siempre con la premisa del respeto y de la tolerancia. Hoy me considero un ser íntegro, tengo reputación y fama (a mi manera). Nadie, por supuesto, sabe de mi atrocidad, que aún consentida y provocada no deja de ser atrocidad. Sé perfectamente que si me llegan a descubrir, tendré que pagar por mis acciones. Pero estoy preparado, porque no me arrepiento. Ayudé a una persona (un ser maravilloso) a trascender sobre los demás, realzándose sin caer en la egolatría, dejando un legado que hoy yo imparto. Ese legado es la libertad. Ella usó la libertad para morir, ignoro las circunstancias que la hayan llevado a esa decisión, pero no la cuestionaré. Porque la respeto, y porque respeto la voluntad de mis compañeros, de mis amigos y de mis sumisas.


Soy Orlando, y soy un Master.


 La modelo: Eden Wells

28 de septiembre de 2008

Historia de un Master (parte III)

La casa de Miranda, tal como su vida entera, era un misterio para mí. Como he dicho antes, quizá era lo que tanto me atraía de ella. No por el misterio mismo, sino por el grado de excitación que con ello podía provocarme.

- Hoy conocerás mi casa - dijo con la dulzura que le caracterizaba, pero esta vez, se notaba un acento especialmente sádico y traicionero en su voz. Una voz que, de ser radiable, seguramente habría causado controversia y éxito. Salimos a la calle a tomar un autobús, en el cual, durante los quince minutos que tardó el paseo yo no dejaba de ver las excitantes sombras nocturnas citadinas y la sonrisa maquiavélica de mi acompañante, pues me inquietaba saber que tenía algo muy especial preparado para mí. Presentía un final, un gran final acechaba mi instinto y mis sentidos, sabía que sería una experiencia inolvidable, pero también temía que ocurriera algo que alejara a Miranda, que me hiciera perderla.


Al bajar, caminamos cuatro cuadras más. La gabardina negra de "mi prostituta" lucía genial ajustada a la silueta artística, sin duda hecha a la medida. Iba adelante de mí, guiando mis pasos, hacia una enorme mansión de tres pisos adornada al más puro estilo, digamos, neoclásico. Extravagante, llamativa, pero de buen gusto.


Ella se abrió paso entre dos enormes puertas metálicas, tan frías al tacto como el resto del conjunto. Atravesamos dos cocheras vacías para entrar a la sala por medio de la puerta de servicio. Yo, extrañado, estaba a punto de preguntarle sobre la casa, y ella, presintiendo el ataque de mi pregunta rompesilencios, volteó a verme, esta vez sin sonrisa, me indicó:

- En efecto, esta es mi casa. Este frío y solitario lugar es mi refugio común. No tengo más que esto, mis ropas, mis discos y mi cuarto favorito.

El vacío del lugar, compuesto de ningun mueble y una poca de suciedad añeja, se veía altamente recompensado con la presencia de Miranda. Por medio de la sala, entramos a alguna especie de cuarto de servicio y de ahí, unas escaleras de caracol, nos llevaron a una majestuosa cámara de tortura.

La oscuridad intensa se vió interrumpida por un sonido de pastillas eléctricas y, a continuación, unas psicodélicas luces de neón azul alumbraban una modesta cruz de San Andrés, una especie de potro y una placa de conglomerado de cuatro por seis pies, con estimadamente cincuenta instrumentos de tortura (y placer) ordenados como suele hacerse en los talleres mecánicos.

Me ordenó que me desvistiera y me colocara en la cruz. Sin pensarlo mucho, me puso de espaldas a ella, de frente al instrumento de madera, y me sujetó de pies y manos. Yo tenía cientos de preguntas, se notaba en mi temblar, y ella sugirió, sin esperar aprobación:

- Una pregunta, un instrumento. Todas excepto mi nombre.


Las preguntas entraban a mi cabeza todas a la vez, así que ella empezó con un latigazo en mi espalda. El dolor era fortísimo, pero sentí también sus frías manos acariciando mi golpe.

- ¿Porqué me elegiste?
- Porque me agradas. Que eso te baste. - Tomó una fusta y procedió.

-¿Porqué quieres reformarte? ¿De que te arrepientes?
- Porque cedí a la prostitución. Yo era una sumisa, y mi Master me cuidaba muy bien. No me complacía cuando se lo suplicaba, y acabé por faltar a su lealtad. Él me dió la espalda y me humilló de la manera más cruel. Mi arrepentimiento será eterno. Debo asegurarme que tú no me harás eso. - Tomó una paleta de madera.

- ¿Lo amaste?
- No. Pero nunca supe apreciar su amor, el sí lo sentía, yo sí le dolía. - Sentí varias puntas metálicas en mi espalda, y sangre detrás de ellas. Alguna clase de látigo. La pregunta la hirió.

- Honestamente, ¿deseas que yo sea tu sumiso de por vida?

Hubo un silencio. Quizá había replanteado su futuro, revuelto sus ideas. La respuesta tardada machacó mis oídos al unísono de un látigo más fino, más cortante.

- NO.

- ¿Qué esperas de mí, entonces?
- Tu lealtad, aún si necesito acariciarte con el dolor eterno de la muerte. - Se quitó un tacón y lo clavó en mi espalda alta. La sangre empezaba a secar. Estaba excitado a tope. Yo sollozaba, pero no gritaba, hasta el momento del taconazo.

- Yo no necesito sumisión para ser fiel. Me has ganado, por la buena. Me encanta tu castigo, pero nunca lo necesitaste.

Mi frase no era una pregunta. Aún así, cerré los ojos con una mueca, esperando el siguiente instrumento. El azote no llegó. En unos instantes me encontraba gozando de una felación. ¿Habré dicho un cumplido? Era delicioso.

La felación duró una eternidad. Cuidó a cada instante de que no llegara al orgasmo. Finalmente, al cabo de unos minutos, se cansó y me liberó de la cruz, esta vez para volver a amarrarme de frente a ella. Después giró una manivela a un costado mío, de modo que yo quedé acostado sobre la cruz. Se sentó sobre mi cara, creo yo, para pagar mi momento de placer. Me estaba ahogando en sus fluídos. Me encantaba la idea de que estaba a todo, me encantaba sentirlo en mi rostro. Me faltaba el aire, pero pensaba en que era una bella forma de morir. Finalmente, me liberó, para hacer mi pregunta.

- ¿Porqué elegiste algo tan oscuro como el BDSM?
- Porque la oscuridad es tranquilidad, nunca pasividad. El BDSM es un momento de luz, en el que se libera todo aquello que no es tranquilo. Los deseos son tranquilos, pero no necesariamente el saciarlos también. El BDSM es un instrumento de paz, es mi instrumento. - Me asfixió de nuevo.

Mis preguntas siguieron. Pasé toda clase de momentos deliciosos con ella, tortura eléctrica con corriente directa 120V, asfixia en agua, con una bolsa plástica, toda clase de azotes en todo el cuerpo, mordidas escalofriantes en mis piernas, castigos con fustas y varas en mis pies y bofetadas a mano mojada. Jamás me permitió un solo orgasmo, en cambio se valió de mí para tener tres, uno de ellos masturbándose en frente de mí, seduciéndome, haciéndome desear estar sobre ella, presumiéndome su libertad y su poder. Me sentía fatal, angustia y humillación. Pero era delicioso.

Finalmente, al cabo de unas horas, me liberó y me permitió descansar, en el suelo salpicado de sangre, pegado a ella.

Sin embargo, yo estaba furioso cuando logré recuperar el aliento. Ella lo sabía, cada vez me sujetaba de los brazos más fuerte, abrazándome, inmovilizámdome, intentando compensarme algo que ella sabía que no podía. Sabía, muy dentro de sí, que yo soy un Master, pero ni yo mismo me daría cuenta sino hasta que la inmovilizé con mi cuerpo, sobre mi propia sangre, envuelto en furia y deseo. Estaba dispuesto a matarla con tal de saciarme. Ella sonreía, aunque esperaba lo peor.

- Adelante, bastardo - Me dijo. Yo accedí.


23 de septiembre de 2008

Historia de un Master (parte II)

Luego de una breve pausa con las miradas, continuamos golpeándonos de la manera más salvaje, gimiendo y blasfemandonos de manera mutua y susurrante. Mi casa es chica, así que intentamos controlar nuestros sonidos y los sonidos de los brutales azotes que nos empezábamos a dar contra los muros, sin embargo yo no pude contener un golpe que Miranda me dio en el estómago, que me sacó el aire. Un onomatopeya (demasiado sugestivo, a juzgar por las incesantes llamadas telefónicas que empezaban a entrar a mi teléfono casi al instante) hizo que cesáramos. Ambos salimos de concentración, la actividad parecía haber terminado.

Entonces Miranda, dejando su tono mitad hostil, mitad hipócrita, me dijo de la manera más dulce y sabia:

- No es del hombre ocultarse tras las sombras si no es por gusto. No lo es esconderse de sí mismo, cuando lo que hay detrás es una necesidad. Tu necesitas dolor, y necesitas gritarlo. Yo te puedo ayudar en tu búsqueda, porque se ve que buscas algo.

Yo asentí moviendo la cabeza. No era religioso, ni mucho menos hoy, pero creí que ella era alguna especie de profeta o diosa que me ofrecía su mano de redención. Era una idea estúpida. Pero sus palabras eran tan bellas que no tuve objeción en hacerle caso. Después de un instante, terminé de mirarla a los ojos para prestar atención al sonido de la puerta, pues detrás de ella estaba un hombre tocando.

Abrí la puerta, y luego de intercambiar unas palabras de disculpa con mi vecino y encerrarme de nuevo en la frágil vivienda, regresó la concentración, por obra y gracia de sus furiosas uñas sedientas de carne en mi espalda, y terminamos lo que empezamos, esta vez escondidos en un delicioso silencio y agitadas respiraciones.

Cuando terminamos, me dijo con una confianza que no me esperaba de una prostituta:

- El silencio es una mascara, en una fiesta de disfraces tan magna y tan ostentosa que es la sociedad. Pero la sociedad es eso, una fiesta, un juego. La vida real es muy distinta. Baudrillard, en este sentido, era un mediocre, un conformista de su realidad, un incorregible flojo, pues no buscaba arañar la máscara, sino maquillarla.
Mi nombre real no lo sabrás nunca, no lo necesitarás. Pero, si tú me lo permites, te usaré para reormarme, a la vez que te reformaré a tí.

De nueva cuenta, no objeté nada. Era sin duda la presentación más bella de una profeta, de cabello castaño y ojos penetrantemente oscuros. Las marcas en su piel eran variadas: hematomas, mordeduras, quemaduras de cigarrillo y perforaciones de las cuales al menos tres cuartos eran mías. A partir de entonces, cuando la tocaba y le hacía notar que quería remediar su dolor físico, y si era posible, mental, ella me detenía y me sonreía. No solíamos hablar mucho. El lenguaje corporal y las acciones lo eran todo.

Al cabo de dos semanas estaba instalada en mi casa. Yo había encontrado trabajo y ella se dedicaba a estudiar no se que profesión que nunca me quiso contar. Ella sabía que yo quería preguntar, pero siempre me detenía. Pensaba que yo no necesitaba detalles, y acabé por hacerle caso.


Antes que empezara a hablarme de sus elocuencias, gustaba de pasar tiempo conmigo leyendo literatura de terror, cuentos bizarros, filósofos incomprendidos y otras ideas que en la TV parecen absurdas o aburridas.
Yo francamente no la entendía, pero la respetaba, y además, disfrutaba mucho su compañía y los encuentros sexuales, sobre todo si dejaban secuelas.

Había sentido una reforma total e integral en mi ser.

Sin embargo, cuando finalmente se decidió a hablarme y esperar mis preguntas, todo cambió drásticamente.

Un día, estábamos dispuestos a fornicar, pero antes de comenzar, me dijo sutilmente, como solía hacerlo:

- Hoy vas a sentir el verdadero dolor.

18 de septiembre de 2008

Historia de un Master (parte I)

Alguna vez me dijo que llegaría un momento en que el miedo, el cegador y abismal miedo, me abandonaría, irónicamente, por miedo a mí.

Soy Orlando, y si me lo permiten, les voy a contar la historia de cómo conocí la mejor persona con la que me pude topar en este mundo, y de cómo me volví un Master.

Cuando tenía dieciocho años, la embriaguez y el desdén por la vida eran algo clásico en mí, como en muchas personas de mi edad. Las artes y ciencias me importaban poco, mi estómago se inflamaba lentamente con los años a causa de la bebida, mi vista se nublaba sin la necesidad de estar intoxicado, mi cartera nunca tenía dinero para comer, pero siempre para algún vicio. Cualquiera, siempre que se le pudiera llamar vicio. El comer y el vestir son necesidades, y naturalmente, no entraban en mis prioridades.

Mi vida era, y sigue siendo, pues, errante.

La diferencia es que, si fuera creyente o practicante de alguna clase de fé, me sabría condenado a algún infierno, agujero negro, vida tristemente mortal o cualquier otra cosa análoga. Y el hecho es que siento una plenitud utópica, tan sólo fundamentada en el error.

En una de esas noches de desliz, sin nada que hacer en las calles ni en los bares ni en cualquier otro lugar social, tomé el periódico local para distraerme un poco con las desgracias ajenas. Luego de pasar notas fraudulentas, alabanzas partidistas y "lamebotismo" de la alta sociedad local, me encontraba hojeando los anuncios clasificados. Me dí cuenta que debía estar orgulloso por mi comunidad, que promueve la belleza, reflexioné esto por la cantidad industrial (En una época como la actual, el adjetivo califica perfecto) de publicidad y anuncios sobre estéticas. Precios económicos, honestidad y limpieza. Nuevas chicas, nuevas empleadas que no han sido corrompidas por la suciedad de las calles ni mucho menos. Nuevas administraciones, un mundo nuevo.

Tomé el teléfono, verificando que disponía de algunos condones debajo del colchón de la cama (como si fueran una especie de fondo de ahorro para el desempleo), y marqué a una de las estéticas, la estética Rosy. Un nombre vulgar, aunque bonito para una empresa vulgar, pero agradable. Creo.

Una hora después se encontraba tocando a mi puerta una mujer con un espantoso maquillaje. Hecho que se compensó con unas piernas espantosamente bellas.  Después de todo, no iba a acariciar maquillajes baratos sobre pieles arrugadas. "Hola, soy Miranda". Su nombre resonó en mi cabeza por la brusquedad de la acción, y el hecho de que en ese momento pensaba que era información que definitivamente no necesitaba. Sin embargo, respondí del mismo modo: "Soy Orlando. Mucho gusto".

Después de las formalidades del despojo de las ropas mitad finas mitad chinas, y de unos cuantos rozamientos de rutina, empezamos a cabalgar en las praderas del placer más vacío, el más vigorizante. La falta de acción prolongada por mucho tiempo nos hizo, francamente,disfrutarlo, yo por impulsivo y ella por contagio.

A pesar de los emperifollamientos que suelen llevar las prositutas en la piel, debo admitir que la suya a encontré riquísima. Llegó un momento en que estaba demasiado embelesado en ella. Un hambre natural invadió mi cerebelo desde el hipotálamo, me hizo saborear desesperadamente y finalmente la mordí en el hombro izquierdo, al grado de sentir cómo mis dientes perforaban la carne de la manera más lenta y dolorosa.

Ella reaccionó al instante con una bofetada. Estaba arrepentido de mi torpeza, pero descubrí que ella también se arrepintió de reaccionar. La contracción fue notoria, y concluimos con la mirada de que a ambos nos gustó la experiencia.

15 de septiembre de 2008

Ceguera, momentánea

Me dices que me alejo de tì, obstinado, 
tratando de no topar mi vista con tu claro.
Me dices que huyo de tí, agitado,
fundiéndome en las sombras de lo amargo.
Imploras mi presencia, te lastima
el no tener mi ya necrosa mano.
Lo cierto es que no me fuí, no puedo.
Mi alma sigue atada, a tu cuerpo.

Maldices mi existencia, aunque sabes
que la dulzura anula los malos deseos.
Quisiste compartirme tu andar incierto,
tu silencio macabro, tus pinturas góticas,
el gusto por desangrarte en un papel,
el que sólo el soñador puede leerlo...
... y me ocultaste tu parte más hermosa,
y cegaste mis sentidos con tus venenos.
Es tu música, egoísta insospechada
lo que yo mas anhelo por tocarte,
las notas que en esta brisa cruda
taladras para que nunca se separen
de todos los oídos de los mortales,
de tus millones de incautos amantes,
menos mis oídos, pues no tengo derecho
de pregonar hasta cuánto puedo amarte.
Tus haces remueven la oscuridad
donde me oculto, la oscuridad de lo amargo.
Buscas por mí, desesperadamente,
como se aferran a la fé los cristianos,
tus colmillos platinados me desean,
mis tristes letras que quieren rozar tus labios,
pero no puedes seducirme, nunca más,
pues tu artística belleza me ha cegado.
Yo nunca, nunca te he traicionado. 
¿O es amar motivo de ser fusilado?
Ahora huyo, como bestia, horrorizado, 
de tu luz inquisidora de tuertos y malsanos.
Sin embargo me alimento, ilegalmente,
de tu soneto, en el aire, afrodisiaco.

9 de septiembre de 2008

Maquillista (parte II)

La etiqueta en el dedo pulgar derecho del pie decía Pablo Melendez, de edad 27, aunque a decir verdad el rostro frío, muerto antes de la verdadera muerte, aparentaba al menos 45. Había pasado por el servicio Medico Forense después de encontrado en la calle por una denuncia anónima, y luego de determinar muerte por inanición, había sido trasladado, tan solo dos horas después, a velatorio del IMSS, con servicios patrocinados por el Gobierno del Estado, ya que no se le encontraron referencias familiares ni amistosas.
Era un cuerpo bastante rígido, aunque aparentaba fragilidad, quizá reflejo de una personalidad tibia y melancólica que portaba en vida. Era extraño que, aún sin poseer masa muscular ostentosa ni mucho menos, la rigidez permitía a una sola persona mover el cuerpo de una camilla a otra, de una plancha a otra, o en su caso, de una plancha al sofá de cuero consentido de Delicia Zavala. 

La cara de Pablo, curiosamente arrugada por la pesadez del frío de la temporada, presentaba unas cejas bastante sueltas y relajadas. Lo que significa que, sin duda, recibió alguna clase de alivio antes de perecer por completo. Delicia, amante de las verdades ocultas, no dudaría en usar su lente Carl-Zeiss sobre aquel enigma que se le presentaba en su “consultorio de belleza”, incluso antes de empezar su trabajo. La luz blanca, demasiado intensa para cualquier persona ahorradora de energía, daba la tetricidad y la teatralidad suficiente para resaltar, de manera natural, los recovecos más profundos de las arrugas y descartar aquellos que eran estéticamente irrelevantes. 

Debajo de las cejas sueltas se encontraban reposando dos párpados que daban la impresión de delgadez extrema. Los músculos eran tan débiles que, si hubiera tensión en ellos, se verían como dos trozos de tela descansando parcialmente sobre el suelo, parcialmente extendidos hacia el aire. Los ojos que albergaban presentaban decoloración, pero no la que debía poseer un cuerpo de menos de seis horas. Con el uso de sus herramientas, Delicia abrió los párpados y tomó una nueva fotografía para su colección. Se dio cuenta que Pablo sería de los pocos clientes a los que les tomaba más de tres fotografías en una sesión.

La maquillista estaba, sin duda, encantada con su nueva visita. La sinceridad de la que hablaban sus dedos tiesos, con señales de fumador compulsivo, era digna de ser plasmada en un documental de esos que los productores no tan famosos graban para los canales de historia de TV por cable. Sus yemas mostraban deformaciòn, de tal manera que era evidente que Pablo tocaba el piano, demasiado bien quizá para usar todos los dedos de ambas manos. Las uñas recortadas decían que aún tenía algo de dignidad para mostrar al mundo, una dignidad que nada tenía que ver con su sonrisa mentirosa, pues no tenía a nadie a quien mentir. La poca decoloración de su piel mostraba que no le gustaba, en definitiva, mostrar su ser al sol citadino, sea por lastimoso o por simple rencor.

El calor en el estudio estaba acrecentándose. Era evidente que no era Delicia la única persona viva en el lugar. Las cejas de Pablo empezaban a temblar y ella, lejos de estar paralizada por la creciente expectativa, imaginaba una discusión digna de filósofos. Un filósofo, por regla general, no es hipócrita, así que era algo que ansiaba desde años atrás.

7 de septiembre de 2008

Maquillista (parte I)

El mundo es de los artistas y los activistas.

Para Delicia, su trabajo no era tan denigrante como lo suele ser para la mayoria de las personas que se desenvuelven en actividades afines. Todo lo contrario, era para ella un honor formar parte de la belleza que compone a este mundo, aunque estuviere en descomposición.

Era capaz de atender a sus clientes de la manera más cálida, por muy fríos que éstos fueran. Acomodaba al sujeto en cuestión en un reclinable muy cómodo, abría su estuche de sustancias, polvos, esponjas y aplicadores de todos los colores y dimensiones imaginables, un maletín metálico profesional, y con todas las precauciones debidas, se ponía sus guantes esterilizados y su tapabocas, y comenzaba su ardua pero bien pagada tarea.

¿Cejas quemadas? No hay problema, un delineador suficientemente oscuro soluciona el problema. ¿Hematomas? ¡Claro que sì! con un toque de verde. Debilidad, desnutrición, putrefaccion del alma o del cuerpo? Por supuesto que tiene soluciòn, un polvo suficientemente rosado para dar ese brìo que el cliente quizá nunca tuvo... en vida.

Delicia estaba acostumbrada a no recibir ese gesto amable de sus cadàveres cuando terminaba su trabajo. Después de todo, no era mucho con lo que le podían pagar: ellos no eran quienes pagaban su sueldo. Era, pues, rara la ocasión en que una hermosa dama de cuarenta le resolviera una sonrisa por ocultar los rastros de la golpiza de su exmarido, o que una vìctima de càncer terminal le mostrara su alivio al no tener que mostrarles la cara de sufrimiento a su familia, esa cara con la que hubieron de lidiar a lo largo de toda su enfermedad.

Como muchos otros maquillistas modernos y algún enfermo mental, la dulce Delicia tomaba fotografías de sus trabajos. Algo mal visto por su supervisor, pero sin duda, para un artista, es una motivación constante para dar lo mejor de sí, para superar los trabajos anteriores y, pues, para elevar su ego.

La maquillista no era para nada objeto de burlas, no era la niña freak ni la fea de la escuela. Nunca tuvo problemas de maltrato por parte de sus compañeritos o de sus profesores. Sus calificaciones no dejaban nada a desear. Sin embargo, sentía que toda esa "belleza celestial" que desbordaba su mundo no le quedaba, sabía que todos los colores que chocaban contra sus córneas eran la hipocresía materializada. Ella, entendida desde muy pequeña en temas de política, filosofía y economía de manera autodidacta, sabía que el sistema no la beneficiaba. Pero, siendo relativamente tan pequeña, también sabía que el sistema tampoco la perjudicaba, y eso la hacía verse en un sendero, entre la locura y la muerte, la dualidad oculta para el humano estándar.

Sus córneas, citadas antes, la fastidiaban. Sus sentidos estaban empalagados de esa cosa que tanto odiaba a partir de que vió La Naranja Mecánica. Película insulsa, brutalmente asqueada, y sin embargo, llena de honestidad.

Delicia amaba a los muertos. Según ella, son de los pocos seres que no son hipócritas, ellos eran menos hipócritas que incluso ella misma, mostraban su verdadero ser por medio de lo arrugado y atrofiado de sus rostros, y sentía que su trabajo realmente tenía valor sólo cuando lo único que tenía que hacer era agregar un poco de color, rellenar el orbital de un ojo o reparar una oreja roída.

Naturalmente, estudiaba medicina para convertirse en cirujana plástica. Fuera de los olores fétidos, sentía que su deber social era "hermosear" a detalle cada ser honesto del mundo, resaltar su verdadero ser sólo por protocolo, por cortesía, ya que un humano normal nunca vería la honestidad de una persona si tuviera el cráneo fragmentado. Sabía de la ironía de su labor, de ocultar verdad tras más verdad por medio de plastas incorruptibles de Revlon o MaxFactor, pero eso le importaba realmente poco.

6 de septiembre de 2008

Descaro

Te escribo a tì, inepto, que te atreves a criticar al mundo.
Tù, perro faldero con mierda en las patas, quien osa citar al absurdo para enfrentar al absurdo, quien cita a los grandes sòlo para tener un zapato con qué pisar a los débiles...

¿Tienes pies? ¿Sabes cómo se siente pisar el suelo arcilloso, cortante y caliente de este maldito desierto que llamas Comunidad?
¿Sabes cómo se siente no tener más que huaraches de dignidad, y desgastarlos brutalmente sólo para avanzar los próximos cien metros?
¿Sabes cómo se siente saber que la sangre de entre tus dedos brota desde tu corazón hasta afuera de tu cuerpo, perdiéndose en la arena, donde será sólo una de tantas partículas de nada?
¿Sabes cómo se siente masticar la arena cuando caes al suelo de agotamiento? ¿Sabes como sabe la arena cuando no es el suelo sino el aire quien lo lleva entre tus labios sedientos?
¿Sabes lo que es la sed, la amargura de la saliva putrefacta, cargar con ropas sucias y calurosas, derretirse ante el sol sin poder reclamarle que deje de lastimar?

¿Sabes lo que es cruzar el desierto de noche, sumergido en la asfixia total, esperando que las serpientes ataquen? ¿Sabes lo que es cazar para sobrevivir, con la esperanza de tener un mañana mejor, por absurdo se vuelva?

¿Sabes lo que es soñar en la guerra?
¿Tienes un motivo para soñar?

¿Tienes un motivo para que no perfore tu frente con mi .22? ¿Tienes un motivo para que no te trate como el inhumano que soy? ¿Tienes algún motivo para que no te grite todos los días que eres una basura, que eres mierda, la la mierda de mis Perros de Tìndalos? ¿Te molesta que te digan la verdad, porque es TU verdad?

El mundo es vasto. Si no te gusta lo que ves, puedes morir. O bien,
puedes mirar hacia el otro lado.

 Crawling Chaos por Diabolus Rex

29 de agosto de 2008

Tacto y gusto

¿Que es la locura, confundida tras tus ojos?
Universos acabados, proclamando auge sin pena,
cordura inútil que sobrelauda la verbena.
¿Que es la locura, confundida tras tus ojos?

¿Como merezco, eterna condena,
tus sutiles fragancias catenarias,
el sabor de tus notas castañas?
¿Como merezco, eterna condena?

¿Es impasible tu mirada fraudulenta?
¿Es fraudulento el elíxir de tu alma,
es impasible tu entropía, incluso a distancia?
¿Es impasible tu mirada fraudulenta?

¿Será tan falso el silogismo de tu encanto?
¿O es que, por ser celeste, tachas el entorno
con la luz que concede el desprecio,
despejando mi camino a tus infiernos?
¿Será tan falso el silogismo de tu encanto,
o mis sueños tontos se hacen verdaderos?

Beberé de tí como el ingrato
que busca respuestas en el ocaso...

Honor a quien honor merece.

26 de agosto de 2008

Descaro

Te escribo a tì, inepto, que te atreves a criticar al mundo.
Tù, perro faldero con mierda en las patas, quien osa citar al absurdo para enfrentar al absurdo, quien cita a los grandes sòlo para tener un zapato con qué pisar a los débiles...

¿Tienes pies? ¿Sabes cómo se siente pisar el suelo arcilloso, cortante y caliente de este maldito desierto que llamas Comunidad?
¿Sabes cómo se siente no tener más que huaraches de dignidad, y desgastarlos brutalmente sólo para avanzar los próximos cien metros?
¿Sabes cómo se siente saber que la sangre de entre tus dedos brota desde tu corazón hasta afuera de tu cuerpo, perdiéndose en la arena, donde será sólo una de tantas partículas de nada?
¿Sabes cómo se siente masticar la arena cuando caes al suelo de agotamiento? ¿Sabes como sabe la arena cuando no es el suelo sino el aire quien lo lleva entre tus labios sedientos?
¿Sabes lo que es la sed, la amargura de la saliva putrefacta, cargar con ropas sucias y calurosas, derretirse ante el sol sin poder reclamarle que deje de lastimar?

¿Sabes lo que es cruzar el desierto de noche, sumergido en la asfixia total, esperando que las serpientes ataquen? ¿Sabes lo que es cazar para sobrevivir, con la esperanza de tener un mañana mejor, por absurdo se vuelva?

¿Sabes lo que es soñar en la guerra?
¿Tienes un motivo para soñar?

¿Tienes un motivo para que no perfore tu frente con mi .22? ¿Tienes un motivo para que no te trate como el inhumano que soy? ¿Tienes algún motivo para que no te grite todos los días que eres una basura? ¿Te molesta que te digan la verdad?

El mundo es vasto. Si no te gusta lo que ves, puedes morir. O bien,
puedes mirar hacia el otro lado.

23 de agosto de 2008

Sinfónica

La madrugada estaba a punto de hacer su entrada triunfal a traves de los cielos nefastos y mohosos del campo marchito. Era tan espesa la atmósfera que la luz se tomaba su tiempo, el poco que le quedaba, para aparecerse entre los cerros calvos e infértiles.


El silencio empezaba a hacerse notorio, cada ser vivo presente en la escena despertaba, calmadamente, a la espera del sonoro resplandor del Sol que los hacía más viejos. Nunca el masoquismo había sido tan... natural.

Entonces empezó. El opus 92 de Dvorak resonaba desde los cerros y traspasaba oidos, deleitaba, armonizaba cada inconsistencia del paisaje con su ameno vaivén, acariciando los rostros de todos los testigos de la vida y de la muerte. Era tiempo de celebrar, tiempo de bailar como si fuera la última vez que lo pudieran hacer. Como si esa madrugada horrible de agosto, tan sólo embellecida por la sinfónica, fuera la última.


Las hojas, firmes en los árboles, bailaban con la cadenciosa tonada. Los animales y los hombres, maravillados, abrían cada vez más los ojos, acariciando sus oídos como si eso fuera un estímulo. Brincaban y danzaban haciendo saltar la tierra floja sobre la que se paraban, gritaban de alegría, al unísono, como un instrumento más de la Orquesta.

Pasaron breves minutos, eternos en realidad, para que hombres, plantas y animales cayeran extasiados al suelo, parecía que nadaban en una sustancia colorida, con un sabor espléndido, con un calor francamente excitante. El agotamiento de las danzas y los gritos los hizo a todos ceder. Plantas, animales y hombres dejaron de sostenerse en su vertical, y se tendieron sobre la tierra infértil, removida, en un ritual de fertilización y agradecimiento a la orquesta por su magnífico performance.

Al día siguiente, un pelotón débilmente armado y fuertemente protegido llegó a recoger los restos de su ojiva.

18 de agosto de 2008

Morir a gusto

Sabes que soy incapaz de entrometerme entre tus manos y mi cuello.
Lo sabes.

Sabes que mi cuerpo pide paz, pero mis ojos asienten. Sabes que mi piel sangra con dolor, pero mi alma lo hace con gozo. Sabes que esta erección no es nada si tu rodilla no se clava en mi estómago, si mi vómito no contiene más que saliva y mi aliento lo consumes mientras te retuerces sobre mí.


Mi cuerpo pide paz. Mi cuerpo está tan adolorido que desea morir, tanto como yo deseo una pizca de tu alma. Todo mi ser es, pues, deseo, deseo de saber cómo se siente el sudor de tu piel sobre el mio, cómo se siente tragar tu placer a bocanadas y no tener fondo.

No se que es peor, si las cadenas que me sostenían firmemente contra esa vieja cruz de San Andrés, o tu cuerpo hecho furia y uñas filosas sobre mi espalda, si el sentir que la sangre sale por mis oidos o tus dedos incrustrándose en mis hombros, arreglando cada una de mis vértebras a cambio de ensordecedores lamentos camuflados en éxtasis... o al revés.

¿Peor? ¿Puede ser algo que pedí peor a algo que pedí? ¿Puedo ser tan idiota como para arrepentirme de algo que suplico y que finalmente me es concedido?


No olvides, Domina perpétua, que soy inmortal. Y que tarde o temprano, te hastiarás de mí, y yo tendré que compensarlo. No olvides que una bofetada mia en el rostro duele más que la hoguera, que una mordida mía es más infecciosa que la Peste.

No quiero que me lastimes para morir a gusto. Estoy agotando tus fuerzas para que no puedas llorar...


p.d. Visiten el sitio de la ilustradora (link en la imagen) 

14 de agosto de 2008

Cazar y destazar

¿Qué pasará cuando te vayas, vieja peregrina
a rondar otros sudores mentales,
cuando te canses de mi carne podrida
y logres ver mis pensamientos brutales?
¿Qué pasará cuando termine tu sangre,
y mi eterna sed se convierta en hambre?
¿Cuando entiendas que no puedes morir
y te devore en una sopa picante?
¿A donde irán todos tus líquidos,
secreciones, fluidos vaginales,
desechos y olorosas viscosidades
con los cuales hago versos místicos?
¿A qué parte de mi mobiliario
estará destinada tu piel aperlada?
¿Tapizará el sofá donde lloré tu partida,
o cubrira tu Cruz de San Andrés, bella amada?
¿Cuantos metros de vísceras te sacaré
para hacer las cadenas más pesadas,
más fuertes y mejor herradas,
para colgar tus menudencias blancas?
¿Cuanto cabello tendré que tejer
para hacer mi anhelada frasada,
que me cubrirá de la luz abrasadora
mientras aspiro tu aroma sin gracia,
mientras tu llanto arrulla mi débil sueño,
esperando el peor de los mañanas?
Verte morir magnifica mi líbido.
Y aún así, no deseo que te vayas.

11 de agosto de 2008

Sobre la felicidad

Grandes pensadores como Wilde, Huxley e incluso los hermanos Wachovski (todos ellos fantásticos, en cualquier sentido que se les quiera interpretar) han acertado, parcial pero magistralmente, sobre el destino del hombre respecto del hombre, entendiendo este último y el primero como causa y consecuencia. Una sociedad tan sofisticada que se autocontrola y se autoflagela. Solo el miedo puede lograr tal efecto.

La redundancia de ese miedo entrañado con la felicidad es la misma que se encuentra entre el dolor y el placer: hace falta un acto liberador, un enigma lo suficientemente fuerte para intentar desenmarañarlo, y una voluntad quebrada tan sólo por la muerte. Por lo general, este acto es la introspección individual que se realiza para buscar respuestas, y encontrarlas en donde hay más preguntas, camuflando el objetivo. Este acto me gusta llamarlo filosofar.

Insistiendo, ¿que tiene que ver esto con la felicidad? Pues es muy simple.

El miedo es, contrario a lo estipulado, el contrario de la felicidad. Ambos son ambiguamente necesarios, ambiguamente dependientes. La tristeza, excluída de este concepto dual, se limita a actuar sólo de medio para transitar entre la verdadera dualidad.

¿Entonces es posible la verdadera felicidad? ¿En verdad es posible la verdadera y eterna felicidad? Como en toda dualidad, conocer una parte implica, obvia y necesariamente, entender su contraparte. Por lo mismo, ambas son necesarias. Y en tanto que la felicidad exista, si hay tal, el miedo existirá, y paradójicamente, distinto a como ocurre entre el placer y el dolor (en donde una es un puente a la otra, indistintamente del orden), es el miedo quien provoca recesión hacia la felicidad. Por lo tanto, una se come a la otra, y venciendo una, despues de haberla conocido, se alcanza a la otra.

Ahora, es necesario definir qué es lo que realmente quiere decir felicidad. Todo mundo habla de que el mundo mismo debe seguir un curso, su curso. La felicidad es, pues, resignarse a este curso y reservarse el empeño y el deseo de modificar el entorno. La felicidad es, al menos religiosamente hablando y en el contexto que nos ocupa, en función de esa resignación, se trata de un estado de ánimo invulnerable, eterno, auténtico. Un sentimiento que, por lo que acabamos de describir anteriormente, no es posible (como tal) bajo ninguna circunstancia humana.

El hombre busca continuamente la felicidad, y en tanto que sea hombre, esta será una búsqueda infructífera, un gasto lamentable de recursos tan fugaces como lo es el tiempo. El hombre, pues, no está hecho para ser feliz.

Sin embargo, esto no quiere decir que su vida sea infructífera también. El enunciado respuesta es muy simple: El hombre no puede ser feliz. Pero sí puede sentir placer, con todo lo que conlleva, y si es capaz de "resignarse" a esta realidad que es en verdad manipulable y adaptable a las necesidades individuales (los gustos son, también, una necesidad), su destino es convertirse en un hombre íntegro, éste es el verdadero objetivo final humano.

La integridad, desde este punto de vista, es un conjunto de contrapartes que permiten al hombre crecer, pensar, crear, destruir y, lo más importante: no sentirse aburrido.


Imagen del maestro Alex Grey

Perdida Celestial

Estaban Dios y el Demonio, la Doble Deidad del Universo virgen, jugando ajedrez con almas. Éstas ya haían sido creadas, y eran lo único que podía ser apostado en ese entonces, y hasta donde sé hoy, lo único que tiene valor, si es que hay tal.

Curiosamente, el Demonio iba perdiendo, pero su semblante era relajado. Dios, excitado, ganaba y ganaba almas de poco a poco, de miles en miles acoplados en montoncitos, moldeados como plastilina en forma de peones, alfiles, caballos y demás, dispuestas sobre el tablero como si en lugar de piezas estratégicas fueran figuritas de acción. Pero ninguno de los dos se iba a retirar de la mesa de la eternidad sin haberla dejado vacía primero.

El Demonio había fijado su atención en un manojo de almas en particular. Sus colores eran vibrantes, pero sus sombras eran tan... densas, tan parecidas a él. Echó un ojo a su saco de almas, a un costado suyo, y viendo que no le quedaban muchas, pero sí suficientes, tomó el saco y lo vació sobre la mesa, a un costado del tablero, retirando del montículo formado un puño, por si acaso.

- Amo de la luz monocromática, de la mentira cegadora y del ocaso del raciocinio, ves esas figuritas que tienes allí, en forma de Reina? Sacrificaré todos estos peones -decía mientras moldeaba algunos montoncitos- , por medio de una batalla bestial de las que mejor sabes ejecutar, con tal de obtener esas almas tan hermosas que conforman a tu Reina.

Dios, entusiasmado por la cantidad considerable de peones que se estaban formando entre las manos del Demonio (hay que aclarar que en este tramposo tablero de infinito por infinito no sólo caben ocho peones), aceptó, incluso sin voltear a mirar al enorme saco de figurillas, enteras y despedazadas, sólidas y polvorientas, que guardaba a su costado sin el más mínimo cuidado.

- Señor de la oscuridad reveladora de mi verdad, de la ceguera espiritual y la soberbia, acepto con gusto tu apuesta. Pero no entiendo como eres tan soberbio y confiado como para arriesgar todos esos valiosos peones con tal de obtener una tonta Reina que yo puedo volver a formar con algún otro pedazo de plastilina, y que incluso sin sus vibrantes colores servirá para lo mismo?

El Demonio hizo caso omiso de la pregunta y empezó a jugar. Jugó y perdío miserablemente, poco a poco, a través de los siglos. Uno a uno se le iban caballos, torres, alfiles y, por supuesto, miles de peones. Ya no le quedaba nada para atacar, sino algunos peones, una torre, su ingenio y mucha suerte.

Hábilmente hizo mover a la Dama, su anhelado tesoro, a una fila donde se se encontraban un peon, un alfil y su torre. Dama blanca, peon negro, alfil y torre, en ese orden, la jugada fue decisiva. Los soldados menores fueron eliminados y, con un onomatopeya que le restó totalmente la serenidad al Demonio, hizo jaque a la reina y tomó la pieza con los dedos pulgar y medio.

Dios vio el brillo del reflejo de la figurilla en sus ojos. Sabía que el demonio algo tramaba. Vió como el Demonio, su compañero de travesuras desde el inicio de los tiempos, hacía algo que nunca había visto en su vida: De un trago fantasiosamente escandaloso, las almas vibrantes desaparecieron en la garganta del ser oscuro. Todos esos colores y sensaciones que pertenecían a la figurilla ahora se extinguían, en apariencia, en las entrañas del Demonio.

Dios tuvo una revelación, de las que pocas veces puede ver un ser que se supone que todo lo sabe y todo lo puede. El hombre, que en un rato de ocio crearía, llamaría Arte a la sensación de euforia que producen esas bellas almas, esa majestuosa reina, que no juega importancia en el tablero de Ajedrez, sino que es un poderoso amuleto de sabiduría e, indirectamente, capacidad racional por medio de la disyunción de lo que es y lo que no es.

Dios había perdido una valiosa herramienta. Ahora la luz del Demonio se había vuelto policromática, una hermosa luz que no puede ser vista por ningún ojo por que ahora pertenece a la oscuridad protectora. La luz monocromática de la felicidad antihedonita había perdido, desde entonces, todo significado.

Desde entonces, el juego del ajedrez de la eternidad es una mera diversión sádica para ambos personajes. La luz ganando por habilidad y la sombra ganando por naturaleza. Desde entonces, la luz es un lugar de paz por ser vacía, y la oscuridad es un lugar de felicidad, porque siempre hay algo nuevo por ver.