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9 de septiembre de 2008

Maquillista (parte II)

La etiqueta en el dedo pulgar derecho del pie decía Pablo Melendez, de edad 27, aunque a decir verdad el rostro frío, muerto antes de la verdadera muerte, aparentaba al menos 45. Había pasado por el servicio Medico Forense después de encontrado en la calle por una denuncia anónima, y luego de determinar muerte por inanición, había sido trasladado, tan solo dos horas después, a velatorio del IMSS, con servicios patrocinados por el Gobierno del Estado, ya que no se le encontraron referencias familiares ni amistosas.
Era un cuerpo bastante rígido, aunque aparentaba fragilidad, quizá reflejo de una personalidad tibia y melancólica que portaba en vida. Era extraño que, aún sin poseer masa muscular ostentosa ni mucho menos, la rigidez permitía a una sola persona mover el cuerpo de una camilla a otra, de una plancha a otra, o en su caso, de una plancha al sofá de cuero consentido de Delicia Zavala. 

La cara de Pablo, curiosamente arrugada por la pesadez del frío de la temporada, presentaba unas cejas bastante sueltas y relajadas. Lo que significa que, sin duda, recibió alguna clase de alivio antes de perecer por completo. Delicia, amante de las verdades ocultas, no dudaría en usar su lente Carl-Zeiss sobre aquel enigma que se le presentaba en su “consultorio de belleza”, incluso antes de empezar su trabajo. La luz blanca, demasiado intensa para cualquier persona ahorradora de energía, daba la tetricidad y la teatralidad suficiente para resaltar, de manera natural, los recovecos más profundos de las arrugas y descartar aquellos que eran estéticamente irrelevantes. 

Debajo de las cejas sueltas se encontraban reposando dos párpados que daban la impresión de delgadez extrema. Los músculos eran tan débiles que, si hubiera tensión en ellos, se verían como dos trozos de tela descansando parcialmente sobre el suelo, parcialmente extendidos hacia el aire. Los ojos que albergaban presentaban decoloración, pero no la que debía poseer un cuerpo de menos de seis horas. Con el uso de sus herramientas, Delicia abrió los párpados y tomó una nueva fotografía para su colección. Se dio cuenta que Pablo sería de los pocos clientes a los que les tomaba más de tres fotografías en una sesión.

La maquillista estaba, sin duda, encantada con su nueva visita. La sinceridad de la que hablaban sus dedos tiesos, con señales de fumador compulsivo, era digna de ser plasmada en un documental de esos que los productores no tan famosos graban para los canales de historia de TV por cable. Sus yemas mostraban deformaciòn, de tal manera que era evidente que Pablo tocaba el piano, demasiado bien quizá para usar todos los dedos de ambas manos. Las uñas recortadas decían que aún tenía algo de dignidad para mostrar al mundo, una dignidad que nada tenía que ver con su sonrisa mentirosa, pues no tenía a nadie a quien mentir. La poca decoloración de su piel mostraba que no le gustaba, en definitiva, mostrar su ser al sol citadino, sea por lastimoso o por simple rencor.

El calor en el estudio estaba acrecentándose. Era evidente que no era Delicia la única persona viva en el lugar. Las cejas de Pablo empezaban a temblar y ella, lejos de estar paralizada por la creciente expectativa, imaginaba una discusión digna de filósofos. Un filósofo, por regla general, no es hipócrita, así que era algo que ansiaba desde años atrás.

7 de septiembre de 2008

Maquillista (parte I)

El mundo es de los artistas y los activistas.

Para Delicia, su trabajo no era tan denigrante como lo suele ser para la mayoria de las personas que se desenvuelven en actividades afines. Todo lo contrario, era para ella un honor formar parte de la belleza que compone a este mundo, aunque estuviere en descomposición.

Era capaz de atender a sus clientes de la manera más cálida, por muy fríos que éstos fueran. Acomodaba al sujeto en cuestión en un reclinable muy cómodo, abría su estuche de sustancias, polvos, esponjas y aplicadores de todos los colores y dimensiones imaginables, un maletín metálico profesional, y con todas las precauciones debidas, se ponía sus guantes esterilizados y su tapabocas, y comenzaba su ardua pero bien pagada tarea.

¿Cejas quemadas? No hay problema, un delineador suficientemente oscuro soluciona el problema. ¿Hematomas? ¡Claro que sì! con un toque de verde. Debilidad, desnutrición, putrefaccion del alma o del cuerpo? Por supuesto que tiene soluciòn, un polvo suficientemente rosado para dar ese brìo que el cliente quizá nunca tuvo... en vida.

Delicia estaba acostumbrada a no recibir ese gesto amable de sus cadàveres cuando terminaba su trabajo. Después de todo, no era mucho con lo que le podían pagar: ellos no eran quienes pagaban su sueldo. Era, pues, rara la ocasión en que una hermosa dama de cuarenta le resolviera una sonrisa por ocultar los rastros de la golpiza de su exmarido, o que una vìctima de càncer terminal le mostrara su alivio al no tener que mostrarles la cara de sufrimiento a su familia, esa cara con la que hubieron de lidiar a lo largo de toda su enfermedad.

Como muchos otros maquillistas modernos y algún enfermo mental, la dulce Delicia tomaba fotografías de sus trabajos. Algo mal visto por su supervisor, pero sin duda, para un artista, es una motivación constante para dar lo mejor de sí, para superar los trabajos anteriores y, pues, para elevar su ego.

La maquillista no era para nada objeto de burlas, no era la niña freak ni la fea de la escuela. Nunca tuvo problemas de maltrato por parte de sus compañeritos o de sus profesores. Sus calificaciones no dejaban nada a desear. Sin embargo, sentía que toda esa "belleza celestial" que desbordaba su mundo no le quedaba, sabía que todos los colores que chocaban contra sus córneas eran la hipocresía materializada. Ella, entendida desde muy pequeña en temas de política, filosofía y economía de manera autodidacta, sabía que el sistema no la beneficiaba. Pero, siendo relativamente tan pequeña, también sabía que el sistema tampoco la perjudicaba, y eso la hacía verse en un sendero, entre la locura y la muerte, la dualidad oculta para el humano estándar.

Sus córneas, citadas antes, la fastidiaban. Sus sentidos estaban empalagados de esa cosa que tanto odiaba a partir de que vió La Naranja Mecánica. Película insulsa, brutalmente asqueada, y sin embargo, llena de honestidad.

Delicia amaba a los muertos. Según ella, son de los pocos seres que no son hipócritas, ellos eran menos hipócritas que incluso ella misma, mostraban su verdadero ser por medio de lo arrugado y atrofiado de sus rostros, y sentía que su trabajo realmente tenía valor sólo cuando lo único que tenía que hacer era agregar un poco de color, rellenar el orbital de un ojo o reparar una oreja roída.

Naturalmente, estudiaba medicina para convertirse en cirujana plástica. Fuera de los olores fétidos, sentía que su deber social era "hermosear" a detalle cada ser honesto del mundo, resaltar su verdadero ser sólo por protocolo, por cortesía, ya que un humano normal nunca vería la honestidad de una persona si tuviera el cráneo fragmentado. Sabía de la ironía de su labor, de ocultar verdad tras más verdad por medio de plastas incorruptibles de Revlon o MaxFactor, pero eso le importaba realmente poco.