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27 de mayo de 2008

Cuenta saldada (parte IV)

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Ya era, al menos, la una y media. El alcohol y las endorfinas tenían las pupilas de las dos personas en esa casa completamente dilatadas. Unas cadenas pesadísimas ya había causado estragos en la piel del cuello, vientre y espalda de Eugenia. Susana tenía callos de sostener el peso de la joven a través de cuerdas. A ninguna de las dos le interesaba cuánto iba a costar. A ninguna de las dos les interesaba si la joven moría, a pesar de la mucha sangre que escurría de su boca y sus pechos. A alguna de las dos se le había ocurrido la idea absurda de contar los orgasmos de ambas. Idea absurda porque la cuenta se perdió al instante. En la mente de Susana brincaba el número seis. En la de Eugenia parpadeaba el nueve.

Sin embargo, ya era hora de pagar.

Susana, cuya piel era tan indescifrable bajo la debil luz del cuarto de castigo en el que ahora estaban, se empezó a teñir de rojo. Eugenia, que estaba maniatada, suspendida de un bastidor para reces, estaba descansando.

La sonrisa de ambas había desaparecido. La de la joven, por cansancio.

La de la dama, por hambre.

La insistentemente lastimosa luz de luna que filtraba uno de los tragaluces en el pecho hacía brillar la cabellera de Susana, teñida ahora en sangre, la sangre que derramaba Eugenia. No le preocupaba, porque era tan débil su capacidad visual en ese recinto que no sabía de cuanta sangre se trataba. Lo que sí sabía era que toda la sangre que pudiera haber ahí provenía de ella.

Entonces, la percepción siguiente fue un factor decisivo en la consumación de un grito que hasta hoy quizá sigue retumbando en esos muros de piedra. Susana estaba alimentándose vorazmente de la fría esencia de la prostituta.

Una voz dulce, melancólica, lastimera pero sádica, proveniente de las mayores profundidades del infierno, empezaba a resonar en la cabeza de Eugenia. Dictaba lo siguiente:

- Te has entregado a mí, noble criatura. Has recibido de mi castigo sagrado. Has gozado de mi placer sagrado. Tu mente ha volado junto a la mía, bajo la sombra de la noche, bajo el resguardo de tu humanidad convenenciera, que sólo busca el placer, antes que cualquier otra cosa. Te has envenenado del rigor de mi mano, sin hacer un solo reclamo. Has llenado tus pulmones de mi aroma, las corrompido cada una de tus venas, ahora vacías. Me has entregado tu vida. Ya no te queda nada. No podrás crear nada, mas que placer. Placer que nunca cosecharás. No podrás destruir nada. Nada si no es tu cuerpo y tu alma misma. Tu cuerpo conservará para siempre las llagas de tu oferecimiento. Tu alma conservará, tambien, las lágrimas, los espasmos, los lamentos y las exhalaciones de las que has sido presa hoy. Tu cuerpo prevalecerá en este recinto sagrado, en este lugar de sacrificios. Tu carne se descompondrá lentamente, los gusanos y los insectos no tengrán abasto de ti. El dolor será inmenso. Pero no pordrás liberarte de él. Podrás separar tu cabeza del resto de tu tronco si así lo quieres. Pero he prohibido a la Muerte que te tome consideraciones. Cuando hayas pagado tu deuda, cuando tu cuenta esté saldada, te dejaré ir. Espero que lo hayas disfrutado, porque yo sí…

La voz se fue. El cuerpo de Eugenia había muerto ya.

No hay prisa. Hasta hoy tiene todo el tiempo del mundo para saldar su deuda con aquella bestia. Tiene hasta el fin de los tiempos.


Cuenta saldada (parte III)

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Tras un portón gris, muy discreto, se escondía un recinto con los más finos gustos. Una sencilla casa de dos pisos repleta de vitrales, tan sólo protegidos por la muralla de mezcla que se distanciaba a no más de quince metros. El segundo piso era sostenido por columnas, dando lugar en una fracción de la planta baja a una cochera descubierta, tan sólo adornada por unas sillas y herramientas automotrices. Las herramientas sugerían la presencia de un hombre en la casa, aunque debía ser muy especial, porque cada pieza estaba en su sitio, limpia y correctamente orientada en un tablón de madera con clavos adjunta a uno de los blanquísimos muros que sellaban el interior.

Dos autos más, junto con el Mercedes del que acababan de salir las dos mujeres, ocupaban espacio adecuadamente en la cochera. Sólo colores sombríos, el plata del Mercedes, un Audi negro y un más simple Chevrolet color azul marino, todos sedanes, todos elegantes, todos con el sello distintivo de una dama de buen gusto.

Eugenia difícilmente tenía contacto con ese tipo de cosas, las únicas personas ricas que conocía las veía en hoteles muy caros o muy escondidos. Así que no resistió.

- ¿Son tuyos? – señaló los coches.

- Bonitos, ¿no? – Dijo burlona y presuntuosamente Susana. La joven resintió la arrogancia de la dama, y decidió no denotar más su gusto por las cosas a las que ella no tenía acceso.

Susana la invitó a pasar. Una puerta de madera fina era abierta para dar paso a un ambiente rustico, con obvias influencias egipcias. El color de la recepción y la antesala, tanto de los muros como de los muebles, era predominantemente compuesto por tonos de amarillo, rojo, mucho negro y sus combinaciones. El aroma hizo a Eugenia buscar y encontrar un incensario a su lado derecho, cerca de una ventana, como si su intención fuera perfumar los libros del enorme estante que figuraba al lado. El estante estaba estratégicamente ubicado cerca de una sala de tres piezas, y en la mesa de centro había aún más libros, todos a medio leer, según indicaban unas extrañas plumas negras que hacían de separadores.

A decir verdad, los detalles como bustos, esculturas y miniaturas de sarcófagos parecían sacados de ventas de cochera, o de rebajas de tianguis. Quizá por la notable antigüedad de las cosas. O eso es lo que veía la prostituta, desacostumbrada a ese tipo de cosas. Aunque el incienso la relajó al instante cual cigarro, bajó notablemente su tensión nerviosa, al grado de tener que pedirle sin tacto a Susana un lugar para tomar asiento.

Susana se asombró del crudo sentido de modales de la joven. Se le quedó mirando, de nuevo, fijamente a los ojos por cuestión de segundos, con una sonrisa cínica. El juego había empezado. Ella quería una especie de sesión BDSM emocional, y había empezado por prohibirle de la manera más cruel calmar el ansia que el incienso le provocaba a Eugenia.

La prostituta se entendió rápido de la consistencia del juego y se prestó inmediatamente sin chistar. Estaba alerta, esperando órdenes, esperando recibir de antemano un castigo por el pecado de placer que la dama le proporcionaría. El teatro le importaba ahora un carajo, presentía que se iba a divertir en ese lugar, aunque fuera a costa de, quizá, lágrimas derramadas y una que otra marca de laceración en la espalda.

Cuenta saldada (parte II)


-¿Estás libre? – Preguntó la elegancia andando, en forma de mujer. Sus botas tenían unos enormes tacones, pero no se escuchaba su chocar contra el concreto.

Eugenia asintió con la cabeza. La dama le indicó con una seña que la siguiera, y la condujo entre callejones, tianguis de discos piratas y tiendas de artículos deportivos y “recreativos” a una calle limpia, sin basura, sin graffiti, sin policías y sin olor a maquillaje añejo.

Abrió la dama la puerta izquierda de un M-Benz coupé, para dos personas. Ideal, considerando que en ningún momento preguntó la tarifa. Aunque tampoco sabía Eugenia que clase de tarifa debía aplicar, porque dependía del trabajo o, en su caso, la mano de obra.

Cuando Eugenia esperaba abrir la puerta de la derecha, se percató que el volante estaba del lado contrario. Estaba nerviosa. Su perfume la alteraba. Entonces alzó su mirada y se dio cuenta que la dama había abierto la puerta izquierda como un gesto “caballeroso”. Eugenia le dio la vuelta al auto y despidió de su boca un tímido gracias.

La dama no usó mucha fuerza para cerrar la puerta, y no tardó mucho tiempo en darle la vuelta al coche, y menos aún en oprimir un extraño botón rojo en el tablero que arrancaría la marcha del obviamente enorme pero discreto motor. Sin prisa, engranó primera velocidad y arrancó despacio.

- Mi nombre es Susana. ¿El tuyo?

- Eugenia – Contestó la comerciante, sin temer a ocultar su verdadera identidad.

- Es raro encontrar gente decente por estos lugares. – Eugenia soltó una carcajada, que apagó rápidamente, porque a decir verdad no había entendido si era un chiste o una gran verdad.

Susana hizo caso omiso del casi insulto. De hecho, la veía como una joven ingenua, cuya vida pasada tuvo que haber sido terriblemente mala para llegar hasta donde estaba en ese momento, y veía su risa como un vago intento de no llorar por su realidad.

Lo cierto es que Eugenia había decidido laborar así por gusto. Se conocía bien a sí misma, sabía que era tan encantadora que difícilmente un enfermo de SIDA o un misógino podría lastimarla. Era un pensamiento ególatra, pero muy cierto.

Susana notó que la mano de Eugenia pasaba mucho tiempo sobando el cuero de su asiento. Pero no era por lo exótico, o lo caro. Era quizá una muletilla corporal, como rascarse la cabeza cuando se está pensando. Eugenia notaba que Susana dedicaba más tiempo a mirarla que a mirar el camino, aún cuando había mucho que mirar por la avenida principal, llena de colores, formas. Susana volvió su mirada a los ojos de la chica, y se limitó a sonreir. Se notaba que a la dama le resultaba gratificante la presencia de la prostituta.

Eugenia sacó de su bolso su celular, para ver la hora. Susana echó un fugaz vistazo al bolso, y se percató de la presencia de un libro de Nietzsche.

- ¿te gusta leer? – Preguntó con un interés nunca visto en un cliente. La joven se sorprendió. Dedujo que a la dama, cuya edad era indeterminable debido a la oscuridad de su largo cabello y sus finas expresiones faciales, también gustaba de leer.

- Un poco, si.

- Es bueno. No eres una persona vacía. Lo sabía desde que te vi la primera vez.

- ¿Entonces yo ya le interesaba desde antes de hoy?

Susana se sobresaltó. No solía prepararse para preguntas tan directas. Bajó en demasía la guardia. Pero pudo contenerse.

- No. Pasaba buscando alguna emoción que valiera la pena, y te encontré, me pareciste interesante. – Después de una pausa de treinta segundos y dos giros al volante, retomó la palabra. – ¿Crees en el superhombre de Nietzsche?

Eugenia se emocionó, porque nunca había comentado a Nietzsche con nadie que no fuera su espejo. Y ni con el espejo le gustaba lidiar.

- No del todo. Es una idea interesante, pero Nietzsche habla de una “objetividad subjetiva”, que corresponde a cada quien. Soy de los que creen que debe haber una objetividad universal. Por lo tanto, existen las reglas de verdad, las que no se pueden violar.

- Interesante modo de interpretarlo – Dijo Susana, a modo de réplica. – Pero eso significaría que también existen un cielo y un infierno unitarios, una responsabilidad en cada quien por obedecer a las reglas. Y lo cierto es que, en los muchos años que carga mi espalda, he visto que el cielo y el infierno al cual se somete el mundo es una concepción individual, exteriorizable solamente a través de un medio como el arte.

Ambas quedaron calladas. No se trataba de ganar una discusión. Se sentían a gusto compartiendo ideas, por muy dispares o asemejantes que fueran. Muestra de ello eran las dos enormes sonrisas que habitaban ese Mercedes color plata que entraba a la cochera de una grande pero nada ostentosa casa.




J. S. Sargent - Madame X

Cuenta saldada (parte I)

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Ocho y media. Era hora de levantarse. Era la hora apropiada para comer la hamburguesa que había dejado anteayer en el refrigerador, bañarse, arreglarse, peinar su cabello rubio lo más lacio posible y tomar el autobús que la conduciría a la zona roja. Estando ahí, a esperar. Esperar es lo único decente que una bella muchacha de veintisiete podría hacer en la zona roja.

Bajo la minifalda de estilo colegial escondía unas bragas color rosa. Tan limpias como su razón, lo único que podía conservar sin corromper por aquellos días. Unas bragas lisas, sin adornos, que esa noche podrían ser ensuciadas por una ejemplar distinguido.

¿Quien sería? ¿Don Aurelio, ese aficionado al BDSM que compraba siempre dos helados de vainilla antes de pasar por ella? Uno para que se lo comiera ella en el camino, otro para comérselo él sobre su vientre. ¿Doña Concepción, ama de casa cuarentona reprimida cuyo marido no le cumple y prácticamente ningún hombre le había cumplido sus expectativas a lo largo de su triste pero hedonista vida? Era tan amable y excitante que en más de una ocasión Eugenia se negó a cobrarle un solo centavo. ¿o quizás algún extraño de esos que nunca vuelven a pasar ante sus ojos por el resto de la eternidad, un ejecutivo sádico, un camionero gustoso de masajes en los pies o una niña gótica que quiere experimentar con carne antes que con sangre.

Lo que sea, no le importaba mucho. Era un buen día, La señora Margarita le había dado tiempo libre y ella lo iba a ocupar yendo al teatro. Hacía mucho que no iba, hacía mucho que no hacía algo que la cultivara, algo de lo que no se pudiera sentir arrepentida, o al menos, sucia.

El callejón estaba, relativamente, sobreiluminado. Eso mas las sirenas que se oían a lo lejos hacían que la clientela del Club As Dorado no estuviera tan presente ese día. Curiosamente, eran las condiciones ideales para asesinar o violar a alguien con las mayores posibilidades de librarse de la autoridad.

Un pobre infante, cuyo rostro dictaba no más de siete años, aún hacía su ronda de vendedor de chicles y donas. Era evidente que estaba desesperado por pagar su cuota con quienquiera que dirigiera el negocio, porque el buscaba y buscaba y no había nadie que quisiera comprarle un blister de Trident a cinco pesos.

Eugenia la llamó y le compró los Trident. Su sentimiento altruista le hizo darle diez pesos en lugar de cinco. Tenía intenciones de preguntarle sobre su vida, empezando por ¿Qué haces por aquí a las nueve y media, donde no hay nadie que te pudiera comprar?
Entonces se percató de que ella misma era muy nueva en la zona. Él no vendía chicles. La pulcritud de su cabello y el tatuaje en la muñeca que se veía cuando estiró la mano delataban la pertenencia a un proxeneta. Los dos se dieron cuenta de su error. Pero a ella no le pasaría nada, no estando bajo el resguardo de doña Margarita. Así que el niño se fue corriendo.

Una hora más y se iría. Lo único que tenía que hacer era cambiarse la falda. Ya era muy tarde/temprano, difícilmente alguien en jueves contrataría un masaje.
Entonces apareció ella, desplegando primero su sombra y luego su carísimo abrigo por debajo de una luz cada vez más fastidiosa.