Veritas veritatis  

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Hay poesías que subliman el sufrir,
que hacen que el dolor propio atraviese corazones,
poesías que laudan las almas perdidas,
aquellas que parten en sufrimiento,
aquellas que yacen inocentes en el laberinto real,
que propician el clima idóneo
de una historia de terror para niños y crédulos.
Hay poesías que alaban a los dioses,
tan sólo declamables en glorias y cánticos,
incuestionables palabras terricolas
que descienden desde los reinos de los cielos,
depositando esperanza y fe
en las almas de los débiles de mente.
Hay poesías que rayan en lo divino,
poesias que riman como los fractales,
otras tantas que aluden la belleza al punto de recrearla,
y otras que encarnan el deseo,
el jugo preciado de los bebedores de vida,
el veneno perfecto para los agonizantes románticos.
Hay discursos que ofrecen justicia y valor
al desposeido, al necesitado, al falto de fe,
discursos poeticos que elevan la moral
al grado de darle calidez a una patria falsa,
a un ideal falso.
Pero yo conozco la verdadera poesía,
aquella que no se lleva en el corazón,
pues tiene corazón propio.
Aquella que no causa ni exhala dolor,
pues el dolor mismo es su carne misma,
aquella que no pierde como el laberinto del minotauro,
pues es la mas brutal y cruel de las carceles,
la que no asusta al mas incredulo de los hombres,
pues es ardor puro y no lo necesita.
La que no se dedica a alabar a un dios falso,
pues su sola fragancia es digna de alabanza.
La que no es rima, ni simetría, ni cordura,
es entropía, es caos, un mar de salvajes formas.
La que no encarna la belleza, cosa insulsa,
pues llamarle Belleza es menospreciar su ser,
pues llamarle Deseo es desdeñar su culto.
La que me es tan prohibida, tan oculta,
que en letras no puede manchar al mundo.
Pero yo conozco la poesía prohibida,
que tiene cuerpo y aliento de mujer.

Θέλω να πεθάνω στα χείλη σας. Αλλά ξέρετε ήδη.

 

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Estaba el Maestro azotando con una paleta las nalgas de su sumisa, pues ella había escogido su propio castigo, al rehusarse a autoinflingirse dolor. La enorme paleta de madera, mas el filo de los estoperoles, causaban un castigo bastante uniforme en la carne.

La sumisa, que no solía llorar, empezó a sollozar lentamente. El Amo, preocupado, pues no era costumbre de ella quejarse con castigos tan suaves, se detuvo y se volvió al frente, para preguntarle qué es lo que pasaba. Le preguntó, y dado que ella tampoco lo sabía, formuló la siguiente pregunta:

- Maestro, ¿Porqué la magia del dolor aparece y desaparece repentinamente, como ahora? ¿Porqué el dolor no solo muta en placer, sino tambien en odio, o incluso desidia?

El Maestro tampoco conocía la respuesta. En lugar de decir que no lo sabía, regresó a las nalgas y volvió a trabajar con la paleta. Pero el primer golpe, sobre la carne fría, fue tan punzante en la chica, que levantó el pie hacia atrás bruscamente, pateando con el talón la quijada de su verdugo. Él cayó al suelo, y luego de reincorporarse, su coraje era tan fuerte que pensaba en castigar más severamente a la chica. Pero ella no se había dado cuenta de lo que pasaba, y seguía sollozando. El Maestro se conmovió, y luego de unos instantes, volvió a su rostro, lo tomó con una mano, la hizo que lo viera, y finalmente contestó su pregunta:

- No es que el dolor mute en odio, o desidia. El odio y la desidia son sólo consecuencias de tu humanidad. El dolor sólo puede mutar a placer, y viceversa. El placer y el dolor son energía pura, la energía que te mantienen viva. El placer se presenta cuando esta energía se concentra, y el dolor cuando se disipa. Pero no olvides que es natural que la energía tenga que abastecer tu ser completo, que tengas que sentir un dolor intenso, para que puedas a volver a concentrar tu voluntad en el placer, en el juego eterno del ciclo del voluptas. Sólo respira, y deja que el dolor fluya. Ya volverá aquello que deseas.

Ella obedeció. Pudo dejar de llorar, mientras el Amo acariciaba las marcas y partes estratégicas de su cuerpo. Al cabo de un rato, la paleta volvió a resonar en la habitación, esta vez sumado con gritos de placer.

VOLVPTAS  

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Me hice a la tarea de definir el deseo.
Me hice a la tarea de buscarle,
quizá en donde no debía.
Me hice a la tarea de
plasmarlo en letras,
letras en extinción,
contradictorias a
la naturaleza
del deseo.

Extintas.




...



Una mirada inocente, o implacable.
Una espalda seductora, o acribillante.
Una nuca frágil, o consoladora.
Una mirada reciamente rimbombante.
Unas manos cálidas que llaman al arte
de explorar sus labios, el vacío distante
que en su ser oculta, su invitación a amarle
y registrar su esencia, y sufrir el desfase
del vano intelecto y la necesaria carne,
del volátil cuerpo y nuestras almas errantes,
del nacer en Horus y por Ra quebrarse.
Porque el deseo es impuro, y el deseo es intachable.
Porque mis odas son burdas, tercas e inconstantes.
Porque soñé que eres mía, aunque no seas de nadie.

Me hice a la tarea de definir el deseo.
Miré tu rostro, y desperté de mi sueño.

Para el alma maldita mas encantadora que conozco. Aunque esté de más decírselo.


delirio  

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ese maldito caballo... ya me cansaron sus ojos verdes relampagueantes... tomaré mi arcabuz y le dispararé zapatos... sí... zapatos... patearé su trasero con el poder de mi arcabuz... y quiza su sangre salpique... y pinte mis ropas tornasol, y asi ya no brillaran con esas pinches luces que salen de quien sabe donde... puede ser que hasta pueda ver de donde salen... las buscare, las cazare como los ratones huesudos y sonrientes y panzones que son... huele a su caca... caca de colores... las moradas comen carne, y las azules verduras... huele mas las de verduras... ya no hay carne para comer por aqui, por eso abunda la mierda azul... creo que comere un poco... la... mierda de raton de hueso azul sabe a chocolate, y la verde sabe a fresa... como los pollitos... los pollos de fresa me hacen rechinar los dientes... como los girasoles... me hacen rechinar los dientes y no es divertido porque es feo y porque las semillas parecen monjas y las hojas parecen voladores de papantla y parece que nunca me miran a la cara... nunca me habia dado cuenta que miran al sol... el caballo... el sol... que le ven esos pendejos girasoles al sol... lo unico que hace el cabron es mear sus lucecitas y manchar mi ropa de colores... huelo a caliente... huelo a sol... y esos ojos verdes relampagueantes... ahi esta el caballo... mi escopeta... donde esta... voy a arrancarme un diente y arrojarselo a ver si le doy al cuello y se desmaya y se cae y se desgarra el rostro cuando toque tierra y haga un dibujo bonito de arcoiris o una anj o una suastica o una carita feliz... lo que sea que deje de bueno el caballo en esta tierra infertil donde no salen mas que gatos que cogen y cogen todo el dia con los espantapajaros...




El cielo es para los débiles  

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¿Puede un alma profana divertirse con el martirio
de los rios de lava ardiente, y de heces, y de suplicio,
mientras mira al alma pura congelarse eternamente
en medio de las suaves nubes que del cielo se ha presumido?

El ángel y el santo, tiesos, con sus atuendos blanquecinos
estan cubiertos de luz, cegadora de borreguitos
que siguen incondicionales al Pastor, bastante estóico,
no sabe que el fuego infernal es cotidies para el que ha vivido.

La respuesta a la pregunta, es un Sí definitivo.


La fotógrafa, Judith Oppenheimer

Simbiosis Vampírica  

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Han pasado ya siglos, eras enteras en que conocí la calidez de tu mirada,
cálida, a pesar de las almas devoradas y los instantes de placer derrochados.
Cálida a pesar de que el pesar no resienta en tus espaldas,
incluso a pesar de que mis recuerdos sean ya vanalidades en tu existencia.
Recién creado, te perseguí y  aprendí contigo el arte de cazar.
Aprendí a desgarrar, a aspirar el aliento último, a degustarlo con cariño,
a hacerle el amor a la Muerte como jamás podríase con la Vida.
A violar a la Vida como jamás podríase a la preciosa Muerte.
La elegancia siempre fue una enquenque comparada con tu gracia.
Morir por tu mano era a la vez sueño, infierno y alabanza.
Me aniquilaste, terminaste con mi equilibrio, físico y mental.
Atrapaste mi alma en un cuerpo y en un pensamiento desafiantes,
contradicciones pueblan mi mente, agudos dolores mi pecho,
y no tengo la intención de exhalar el más minimo quejo.
Descubrí que mis palabras pueden destruir el multiverso,
si hago gala de algún poco convincente talento.
Descubrí que si escribo poesías, puedo bajarte al mundo de los muertos,
de donde escapas tras cada perfumado aliento,
Puedo poseerte, si quisiera, con sólo tres de mis versos.
Puedo del cuello sujetarte y herir tus sentimientos.
Puedo tomar tu aura más bella, y tragarla con el más cruel desdén.
Devoraría tus ojos desafiantes, y vería lo que tus víctimas ven:
hermosura grotesca, inmovilidad bajo la simpleza,
el alma propia fundiéndose con el amanecer,
condenada a morir eternamente, y tras el dolor de los días, caer.
Quisiera ser tú, impávida alma hambrienta,
tan solo, sólo si entender pudiera
porqué mi alma, tan simple, pero tan fiera,
no le basta a tu vorágine enferma,
y preferiste dejarme, a la postre, incompleto,
cazando, e hiriendo, cual asesino perfecto,
esperando llenar el hambre asquerosa
que en mi corazón reside, y que mi mente no ha resuelto.
Quisiera saber que te saciará, Origen perpetuo,
para ofrecértelo sin siquiera pensar en ello.
Quiero saber cuantas almas, asesina mía,
requerirás para saciar tu apetito maldito.
Cuanto dolor hay que extraer de la pureza,
cuanta sangre de las artes más bellas,
cuantas lágrimas del sagrado erotismo,
cuanta arte del sentimiento más mundano.
Solo díme que me liberarás de mi flagelante destino,
y te pagaré, hasta la Muerte prohibida, si es necesario.
Dime que terminarán para mí los llantos fríos,
y te daré mi corazón, por el odio y por el amor, cálido.
Sabré entonces, si debo seguir en el exilio, cazando,
o salir al Sol, y en un acto de fé, enjugarme en sus halos.
 
 

En la imagen, una hermosa Perla Negra.

Bombones en el infierno (o Una historia gastronómica)  

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Estaba el Angel Oscuro sentado en el suelo,
destazando con su tridente la sopa de cuerpos
que se extendía en la olla tibia de sangre y especias,
aburrido de comer traidores y ladrones sin cerebro.

"Un poco de escencia de vida y algo de envidia
quizá haga que esta sopa no sea... desabrida"
decía el Angel Oscuro a un violador,
mientras con un tenedor le sacaba las tripas.

De la Tierra, cadáveres insulsos seguían cayendo,
la olla, empero, era motivo de descontento.
Nada sustancioso, nada apetitoso, nada saludable
para un demonio que necesita pecado inmenso.

Después de muchos experimentos de sazón,
el desconsolado Angel llegó a la conclusión:
"no falta odio, ni vendettas, ni remordimientos,
falta, de la humanidad, una traidora pasión".

Mandó a sus súbditos, cual patada en el trasero,
para no volver sin cumplir su preciado encargo,
de la Tierra debían llover voluptuosos encantos,
de corazón frío y conciencia roja de llantos.

Íncubos y súcubos, en mundo mortal, hacían de las suyas,
hombres que tocaban, hombres que enviaban a la tumba.
Una tormenta de mujeres bella(mente) ultrajadas
invitaban al Angel a aspirar con premura.

Mujeres guapísimas entre viles delincuentes
danzando, arañando y matando cual viles dementes.
¡Había muertes, engaños, conjuros, palabras soeces,
pecado puro para el paladar más exigente!

El Amo tomó el tenedor, ensartó a una chica,
su piel era tersa, su aroma era de caramelo.
La acercó a la estufa, y al grito de "¡pudrete, pendejo!",
ella supo como se asa un bombón en el Infierno.

Así fue como el Angel Oscuro ingenió con acierto
crear en la Tierra los más selectos criaderos,
malvaviscos y caramelos, pecando contentos.

Desde entonces existen las iglesias y los conventos. 



Gracias, Claudia, por la idea.

Usurparé  

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Maquina ardiente, clava sus garras,
mis carnes supuran hedor de caos,
vacio mesurable, habita en mi boca,
difuminando mi grito de ardor,
seiscientos clavos violan mis ojos,
en mis córneas tatuando el terror,
la indeleble agonía de la vida,
el canto del arlequín traidor...

¡Muerte que vacila, no me tomes,
debo seguir sintiendo!
¡mi sangre al cielo debe subir,
evaporada desde el infierno!

Soledad inocua, dulce arpía,
no ocultes tu fiel compañía,
eres fría, eres penetrable,
y cuestiono tu existencia,
sesenta espadas sostienen mi mano,
impidiendo el acto suicida,
¡quema más el amor egoísta
que la nobleza homicida!

¡Muerte que vacila, no me tomes,
debo seguir sintiendo!
¡mi sangre al cielo debe subir,
evaporada desde el infierno!

Toma mi ser, canto del abismo,
notas de azufre trazando el paraíso,
Mi cuerpo es rojo, mi ser ignoto
mi indecencia supera el cruel reto,
seis cuchilladas en tu vientre sediento,
tu garganta es un gramófono excelso,
¡no cederé al hilarante exterminio,
soy el Eterno en el eterno exilio!

¡Muerte inocua, toma mi brazo!
¡Bailemos juntos el vals perfecto!
¡Bebe mi cáliz, devora mi cuerpo,
reclamo el trono que alberga tu seno!

Traición ontológica (Parte I: El cazador)  

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Federico había conseguido por un momento olvidarse de lo feo de su nombre con la maravillosa e inovadora "tecnología popotística" de los chocolates bebibles Hershey's. Había tomado uno de chocolate y notó al instante la manera uniforme en que se distribuía el sabor en lo profuso de su boca. Sacó el popote del envase, lo sopló un poco para expulsar los residuos de bebida, y cubrió la punta con su mano en forma de cuenco. El resultado era una dinámica asombrosa.

Una vez distraído de lo vano del descubrimiento, arrojó el envase, con nada dentro excepto el popote, al bote de basura. No cayó dentro: el tener que acercarse a levantarlo y depositarlo correctamente era una premonición de que algo saldría mal. Uno de esos malos días en que el clima y la poderosa luna menguante pintan hermosa la noche, no así el resto del entorno. Pagó la gasolina y salió del parador con algo de prisa. Debía encontrar buen lugar para estacionarse, y así poder apuntar correctamente al balcón de la habitación de hotel donde se encontraba el objetivo.

Las balas de Federico eran casi mágicas: un sólo disparo y parecía que el objetivo era acribillado por tres francotiradores desde posiciones distintas. Un tiro al rostro y el cadáver era irreconocible. Un tiro al pecho y la muerte era garantizada. Un tiro a los genitales y la agonía era sofocante.

Dieron las dos. La luna seguía atenta, testigo sigiloso de ambos, víctima y victimario. La luz de la habitación se enciende. El balcón se abre. Federico carga el Barrett M95, cartucho lleno. El pulso más firme y el dedo más rápido listos para descargar furia sobre el objetivo. El hombro firme, para girar adecuadamente los diez kilos que pesa el arma. La vista despejada, nada entre el sexto piso del hotel y el toldo del auto a seiscientos metros. El chocolate aceleraba el pulso adecuadamente. 

El balcón termina de abrirse. He ahí la victima: una aparentemente inofensiva, inocente y hermosa mujer de treinta y tantos. Playera y bermudas de un gusto bastante feo para su personalidad, entonces no estaba sola. Cabellera peinada, entonces no estaba dormida. Ojos ávidos de oscuridad, entonces quizá estaba aburrida ahí dentro. Sortija de matrimonio, entonces el trabajo fue quizá ordenado por el mismo marido, considerando la naturaleza de los últimos atracos a los que el asesino había sido designado. Los muslos eran perfectos. Sus ojos se dirigían al vacío de la noche, mirando todo y nada. Buscando algo sin saber qué. A la expectativa.

Federico retiró el seguro, mientras observaba a la rimbombante mujer prender con suma elegancia un cigarro. En cuanto el rifle hizo su característico sonido, pudo ver cómo ella se sobresaltaba. Juraría que, de no ser que el objetivo estaba tan lejano, ella pudo escuchar el sonido de su casi asegurada muerte.

Ella soltó el cigarro por la ventana, y entró casi corriendo, como si una inesperada visita hubiera llegado, o como si alguna idea le hubiera llegado a la mente y tuviera que plasmarla en sea cual fuere su forma de arte. El asesino, quebrado en furia al ver que la luz se apagaba de nuevo al tiempo que la puerta del balcón cerraba, pensaba seriamente la posibilidad de arrojar una granada a la ventana, y salir corriendo como vil ladrón de anaqueles, hasta escuchar el estallido. Se metió al auto. Quería otra bebida de chocolate. Encontró debajo una botella de vodka barato. Se disponía a abrirla y darle un trago. Unos nudillos apresurados tocaban insistentemente la ventanilla del auto. Federico acabó de desesperarse. Abrió la puerta, salió del auto, y encendido como demonio se paró enfrente de la figura que tocaba su puerta.

Era ella. La víctima. Llevaba encima un vestido de gala rojo, tan adecuado a su silueta, tan combinado con el filo exquisito de su nariz, su cabellera lacia y negra y sus ojos púrpura, tan sólo a disgusto con el saco, robado de algún traje masculino muy elegante. Federico aborrecía las vestimentas así de improvisadas, pero encontraba muy hermoso el conjunto, posteriormente engalanado con la voz de la dama:

- Sé que no sabes en realidad porqué estas aquí, y que lo haces por dinero. Dime cuánto te ofrecen, y te lo doblaré. Dime que eres capaz de matarme sin saber porqué, y te doblaré la cantidad.

Federico se había quedado pasmado. No por la belleza de la mujer, o por su atractivo ofrecimiento. En verdad no sabía porqué estaba ahí. No sabía porqué se había hecho fama de asesino a sueldo. No era por dinero, tenía mucho. No era por placer, no sentía nada al regresar de algún trabajo. El hombre se desconectó del mundo, pues era un enfermo terminal. Seguía en pie, pero ya no respondía.

La dama, ya acostumbrada a hipnotizar gente de ese modo tan sádico, abrió la puerta del conductor, introdujo al sujeto, abrió la puerta del otro lado, y aprovechando su terrible hambre y el coraje de lidiar con un desconectado, le retiró el hombro derecho de la camisa, clavó sus colmillos y empezó a succionar con furia, como si el hambre la aquejara desde hacía eones.

Dieron las tres. La luna ya no estaba. Federico salía del auto. Caminó y caminó hasta el desierto, guiado tan sólo por la carretera. "Un muerto andante que no tiene razón de ser", decía para sí. Pensaba en lo ridículo de su vida. Pensaba en lo nihilista que puede volverse uno cuando observa el mundo con otros ojos, y luego esos ojos cambian de naturaleza. Se sabía vampiro. Sabía los qués de la vida.

Subió a un cerro alto, de esos que la niebla siempre los protegen de la vista del turista, se sentó sobre sus piernas, y se puso a meditar, con los ojos abiertos.

Pues ahora se había convertido, de cazador de vanalidades, a cazado por le vacío.

Diseño del caos  

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Las almas vuelan, buscando alivio,
nada les da satisfacción,
materia eterna, buscando el fin
a su eterna putrefacción.

Ellas te miran, rodean tu cuerpo,
!Emerge, envidia pura!
Preparando la escena perfecta,
por su mano hoy morirás...



Siente la escoria entre tus pasos,
diseñando el caos,
estás podrido, tormento eterno,
¡para tí no hay final!



Violarán tus pensamientos,
tu ser perverso renacerá,
tu alma es debil, tu ser es lento,
no serás rival.

Tu periferia hecha de despojos,
infección mental,
lucharás contra tus deseos,
¡por su mano hoy morirás!



Siente la escoria entre tus pasos,

diseñando el caos,
estás podrido, tormento eterno,
¡para tí no hay final!




Tu dios ha huido, es un cobarde,
no sabe de tu humanidad,
no sabe de seres perversos,
no sabe de historia fractal.


Abandonado, tormento extremo,
tu cuchillo debes manchar,
aprieta firme, directo al pecho,
¡pero tu fin no decidirás!






Siente la escoria entre tus pasos,

diseñando el caos,
estás podrido, tormento eterno,
¡para tí no hay final!




¡No hay final!