17 de agosto de 2020

Taro

Colocasia esculenta var. antiquorum 'Black Beauty' | Planta de oreja de  elefante, Plantas y Orejas de elefante

Cuando esta vida ya no tenga nada que mostrarme,

cuando ya no tenga yo nada que ofrecerle,

partiré, de un salto, hacia el multiverso,

para ser testigo del absoluto fin.

Llevaré música y poemas, memorias mortales

de cuando hiciste mi alma sentirse eterna,

aunque nuestros momentos fueran tan lejanos,

los pregonaré a lo largo de mi fina trayectoria,

donde el amor aún no ha sido conocido,

rasgando el universo, hiriéndolo de vida,

y cuando no haya más que compartir

los cubriré de la radiación de la nada

con una capa de fractálico terciopelo negro,

curtido de una colocasia esculenta.

18 de julio de 2020

FODA

Tengo el alma saturada, de tanto cultivar, absorber, coordinar. La tengo saturada de intentar ser racional. 
Tengo el cuerpo hecho trizas, de querer interactuar en un mundo al que no perteneceré jamás.
Tengo las manos ocupadas, con tantas ideas que tomar, apresarlas, darles forma, que tienen tantos colores definidos y hermosos, y aún asi tan carentes de forma. Tengo el sentido común tan atrofiado, que todas esas ideas, por asociación, quieren ser una sola, pero son tantas que simplemente no amalgaman. 
Tengo el pecho vacío. Cálido, habitable, y vacío. He tirado tanta basura que había en él, que podrías caber estirándote. Tengo tanto espacio que incluso extraño los problemas, cuando su estancia parecía tan permanente que cobraron vida y enraizaron para nutrirse de mí para siempre. 
Pero tengo, también, ese viejo sentimiento, donde no importa si todo lo que está vacío ahora está lleno, y todo lo lleno ahora vacío. Ese viejo sentimiento de insaciable hambre, donde no importa cuánto esfuerzo dedique a aniquilarla, porque en cuestión de segundos, simplemente volverá. 
Tengo todos los síntomas de ser humano normal, y toda la intención de volver a ser un monstruo de oscuridad. 

20 de junio de 2020

You make me feel

Pulsar, arritmia contenida
En armonía, en caricia
Desgarra la paz, si es que existe
Pon mi desespero en su lugar
Ya no conozco distancia alguna
Me desentiendo de la tuya
Eres lejos, y no entiendo
De fronteras llanas, humanas
Mi entropía toca la tuya
Bien podría ser el epicentro
De la luz del multiverso entero
O me permites invertir el tiempo
Y entonces, lo es,
De todos los muertos

10 de junio de 2020

Hay un rincón, al fondo. Al fondo del horizonte, mas no de este raro bosque lleno de bestias y seres de fantasía. Hay un árbol, no es el más grande, pero es el más bello. En ese rincón, cuando decido retirarme, ese árbol crea la sombra más oscura de todas bajo la luz de la luna. Todas las criaturas de la noche salen a cazar, a ser cazadas. Puedes escuchar la muerte y las risas, si callas suficiente. 
Pero en ese rincón, bajo del bello árbol, el más oscuro de todos, es donde yo me refugio. No hay nada bajo su manto, absolutamente nada. Pero es precisamente la incertidumbre de las criaturas la que les impide entrar. Es el temor de lo desconocido, de la ignominia sobre si es factible la presencia de seres más grandes, más hambrientos, más malvados que ellos. 
Y por eso me gusta descansar ahí. Cada vez que entro es un salto de fé. En la absoluta quietud, cualquier ruido de mi cabeza se aletarga, y en la vulnerabilidad de los otros es donde encuentro mi fortaleza. Y salto, cada vez, hacia sus entrañas, donde sólo otro ser igual a mí podría dañarme. Eso, claro, si no busca refugio al igual que yo.

22 de mayo de 2020


Pasaban los días, y tú, estando tan lejos, te volviste éter. Aún te respiro, pero el resto, el resto es puro aire. 
Se siente tan letárgico, tan venenoso. La vida misma es un detrimento a la existencia. 
Tu recuerdo se volvió perenne, y tu presencia, tan marchita, se convirtió en la maleza. 
Es una verguenza anhelar aquello que es hermoso e intangible, sobre aquello que es hiriente y palpable. 
Añoro tus recuerdos más que tu sola presencia. Y así me convertí, confirmadamente, en el monstruo que creí que no era, 
cuando compartíamos dialécticas de pan. 
Si un día decides volver a cruzarte conmigo, carga herramientas y un cuento rojo. En mi masa gris hay una realidad que componer antes que pueda volver a ser poblada .

9 de mayo de 2020

Half lovers


cruzaron sus caminos
una y otra vez
mientras buscaban mutuamente
su rastro, 
siguiendose, anhelandose, 
rogado a quén sabe que dioses
que fuese el tiempo, y no el espacio
el desgraciado árbitro
que les permitiera
escuchar el calor tan síncrono,
pues que es el espacio 
sino uno solo,
y que es el tiempo,
sino el caos mismo, 
cruzaron sus caminos, 
una y otra vez, 
sus cuerpos se habían
mimetizado,
pero sus almas
jamás se encontraron

17 de abril de 2020

Un cuento innecesariamente cruel

Mario se acostó en su diván. Traía el Anatomía de Patton en una mano, y un té de tila en el otro. Era ya la rutina. Se decía a sí mismo, que si el fin de esa velada iba a ser desagradable, cuando menos el inicio sería algo más pasable. Cada tercer día era así. 

Así que se puso a hojear el libro, tomando páginas siempre al azar, siempre prefiriendo las imagenes de musculatura en general y anatomía de la cabeza. Esa noche eran ojos lo que más le llamaba la atención. Globos oculares, el nervio, los colores. Eran buen material, se decía. Ya empezaba a divagar en su cabeza, y a temblar en el resto de su cuerpo. Dio un trago apurado a su té. Colocó la taza en la cómoda de al lado, y la empujó con el libro para que ambos cupieran en la superficie. 

Luego sacó el casco de electrometría de la misma cómoda, encendió la computadora, se colocó el casco y se recostó, lo más relajado posible. Cayó al instante, rendido, en parte por el cansancio, y en parte por el sueño inducido por la máquina. 

Cuando despertó, ya era de noche. El cuarto entero había desaparecido. Era bastante molesto despertar y estar de pie. Es como empezar a jugar un videojuego a mitad de la acción, sin una vista preliminar. Sólo estás ahí, y el objetivo es exacerbantemente corto y concreto. El peso del cuerpo se vuelve desconcertante, porque por muy fiel que sea el entorno, simplemente no se sentia su cuerpo. Cada vello del brazo, sin excepción, era el que Mario ya conocía. Sin embargo, el hecho de pensar que es distinto, lo hace distinto. Significado y significante eran conceptos que, aquí, sí podían intercambiarse de manera indiferente. 

Al escuchar el ruido de coches en alta velocidad, y luego de ver el reflejo de una marca de kilómetro al paso rápido de un camión, se supo en una carretera. No había comido nada en todo el día excepto el té y un café en la mañana, pero aunque el hambre lo acongojaba, no era el momento de pensar en ello. Así que se siguió de frente. Caminó unas cuatro horas, caminó unos dos minutos. El cuerpo le pesaba como lo primero, pero la mente era tan ligera como si hubiera ocurrido lo segundo. 

El instinto le indicó que debía detenerse, y esperar. Y así lo hizo. Y estaba ahí, parado, al borde de la carretera, apenas con la luz de los poquísimos coches que pasaban, viajando con la luz alta. Con el estrepitoso ruido de camiones de carga, olorosos a naranjas, y el sutil ruido de los grillos, a lo lejos, en actitud de apareamiento probablemente. 

Pero había una dirección de la cual no provenían grillos. Era cruzando la carretera, y poco más alejado. Lo notó, y se percató que esa era la dirección. Así que confiando que no vendrían coches a velocidad adecuada para partirlo en tres, cruzó, y se siguió en el terreno poblado de vegetación, que seguramente bajo la luz del sol serían pastizales dorados, a punto de morir por la salida del otoño. 

Conforme vio una luz roja, se acercó con más velocidad, hasta que la luz roja se convirtieron en dos. Era claramente un vehículo, un sedán, a juzgar por el tamaño y la forma de las luces. Se sintió aliviado, ya que pensaba que llegaría a su destino mucho más tarde. Despues de todo, tendría que comer pronto. 

Estaba ahora a cuatro metros. Olía a neumático quemado, a gasolina derramada, y algo de cadaverina. Que nombre más atinado, se dijo. En la antiguedad, los nombres propios de los compuestos químicos tendían a ser más intuitivos, no como ahora, que cada sustancia nueva deja de tener una nomenclatura científica y en su lugar una marca registrada ocupa su identidad. Se acercó al confirmado sedán, color negro, y omitió la puerta derecha trasera para ir a la delantera directamente. Abrió con algo de prisa la puerta y se aseguró que la pareja estuviera muerta. 

El cuerpo del copiloto estaba recargado sobre el tablero del coche. Lo empujó para atrás, para poder abrir la guantera y sacar una lámpara. Era una de esas que usan dos baterías AA, viejas confiables. Encendía perfectamente. Cerró la guantera, y apuntó la luz hacia la cara del occiso. Volteaba hacia la izquierda, y había marcas de lágrimas en su rostro. Perimortem, en definitiva. La camisa, que alguna vez fue blanca impecable, ahora era negra cobriza en la mitad frontal, producto de los cristales encajados en su cuello. Dirigió la luz hacia los brazos. Estaban destrozados. Las marcas del impacto estaban en el tablero. El cinturón de seguridad evidentemente no funcionó, y la bolsa de aire simplemente jamás entró. El sabía que se impactarían, y puso sus manos por instinto para protegerse. Luego del impacto, volteó a ver a su acompañante, y al no poder hacer nada, pereció ahí sin más, llorando, probablemtne dedicándole sus últimos alientos. 

Mario sonrió. Es que tenía que saber que el ahora cuerpo sufrió. 

Le dio la vuelta a la enorme roca que detuvo el coche de seguir su camino hacia el ocaso desértico. Luego abrió la puerta del piloto. Ahí estaba ella. Mario apuntó la lámpara primero hacia el cinturón de seguridad, para seguirlo. Estaba apenas atravesado sobre el brazo izquierda de la chica, lo que indicaba que se desprendió en algún momento. Luego siguió examinando el pecho del cuerpo. No había daño aparente, excepto quizá las marcas sutiles de goma. El cuerpo de ella golpeó contra el volante, y regresó a su posición original luego del impacto. 

Dejó lo mejor para el último. La cabeza estaba tremendamente suelta. Aún no había rigor mortis, por lo que fue fácil levantar su rostro para poder ser examinado. Así lo hizo. Tenía los globos oculares salidos, y la lengua hinchada. El cuello estaba tremendamente morado. Asumió Mario, que entonces, al impactarse el vehículo, y no tener cinturón ni nada que amortiguase el impacto, el aire de su pecho se expulsó, justo antes de que su cuello se rompiera, casi de manera instantánea. El sangrado interno y la posición hicieron terriblemente doloroso el proceso de muerte, y más largo de lo que debería haber sido. Ella, al no tener control motor, no pudo hacer nada excepto quiza escuchar a su compañero sollozar, y sentir la extenuante presión sobre su cráneo, antes de desvanecerse. 

Mario tenía hambre. Recordó ver una navaja en la guantera. Regresó corriendo, esta vez no por excitación, sino por desespero. Empujó el cuerpo del sujeto para atrás de nuevo, abrió la guantera, sacó la navaja retráctil, la abrió para comprobar que funcionara, y sonriendo, regresó el cuerpo a su posición original, no sólo enfrente del tablero, sino acomodando la cabeza, como permitiendo de nuevo que pudiese ver a su compañera. Luego regresó a la puerta del conductor.

Empezó a diseccionar el rostro de la mujer. Una especie de cardioide, pasando por la frente, detrás de sus orejas, mentón y barbilla. Como para remover la pieza completa, exponer los músculos. Tuvo que empujar los globos oculares por los párpados, ya que estaban algo atorados. Tomó la piel como si fuera un paño de cocina y estuviera limpiando un cristal, con la mano abierta, dedos firmes y algo de furia. Arrancó la piel, y empezó a comer. Después de todo, tenía hambre. 

A la mente le vino el recuerdo, como si fuera propio. Una serie de memorias vagas que originaron un crimen pasional. Recordó, mientras masticaba las mejillas con gusto, cómo había dañado la línea de frenos del sedán, y los seguros de los cinturones de seguridad. Por fortuna, sólo uno se descompuso adecuadamente, de otro modo no habría permitido ese último momento doloroso para él, indefenso, viéndola desvanecerse y deformarse mientras él mismo se desvanecía. 

Al terminar su bocado, se alejó unos  cuantos metros, detrás de la roca gigante. Hizo campo en el pasto en el piso, como si fuera una cobija de picnic, y se echó a dormir en posición fetal, cansado, pero satisfecho y sonriente. 

Despertó de un golpe, levantándose del diván como si le hubieran prendido fuego a su espalda. Se removió el casco y lo aventó al piso. Por suerte, no se rompió. Se dirigió a la pantalla de la computadora. Captura de pensamientos completa, decía una leyenda. 

Mario se sintió tranquilo al saber que su sueño fue capturado, pero terriblemente asqueado por lo que presenció en ese sueño. Se paró al baño, y dispuesto a orinar, el asco le ganó y se puso a vomitar sobre la taza. O al menos lo intentó, porque en el mundo real, no había tomado ni siquiera la taza de café. Sólo la de té de tila, y a medias. 

Luego que se sintió algo mejor, tomó su abrigo y salió a la calle, a caminar un poco, y buscar su puesto de tacos favorito. El plan era que, en lo que degustaba su refresco y le preparaban sus tacos, subiría su sueño a la red del mercado negro, y al terminar su comida, podria terminar una exitosa venta. 

- Ya me tiene mi sueño de una esposa que me quiera de verdad, joven?

- Ese se lo tengo mañana, Paco - Dijo Mario, sabiendo que estaba retrasado con ese trabajo. Paco asintió, mientras veía de manera absorta la pantalla de su teléfono y esperaba a que el chorizo de los tacos se terminara de cocinar. Mario sabía que el taquero veía el canal de streaming de Camelia Salvaje. La Secretaría de Salud ya había reportado ese canal como altamente dañino para las capacidades cognitivas, pero Triara se había salido con la suya y seguía transmitiendo ese contenido. Paco ya no tenía capacidad de soñar desde que tenía 18 años, pero atinó muy bien a su giro. Ser taquero le garantizaba tener un sueño distinto cada semana, uno pequeñito e inocente, pero suficientemente real, como la esposa amorosa o la camioneta de combate, algo que le permitiera sentir algo de gozo antes de irse a la cama.

A veces, Mario se preguntaba si había tomado la decisión correcta al aventurarse al mundo de los sueños prohibidos. Sólo eran redituables mientras la policía no lo detectara. Pero la gente rica y excéntrica sabe pagar muy bien por esos, y los pocos soñadores que quedaban en el mundo estaban regulados por el Estado. Sabía que, rayando en la ilegalidad, estaba satisfaciendo un nicho de mercado real, bastante redituable y que ponía a su finita cabeza a hacer aquello que más amaba, a pesar de sus a veces desastrosas y crueles variantes: soñar. 

Terminó sus tacos, y de camino a su casa, consolidó la venta de su sueño. Estuvo bastante bien, porque ese tipo de cosas simplemente no deberían permanecer en los dispositivos ni en la nube. Trató de imaginar al pervertido que compró su sueño. Seguramente era algún pelmazo millonario que tenía un servidor personal lleno de cosas tan repugnantes como su reciente compra. En fin, los créditos no eran nada despreciables, y mientras las transacciones fueran así de rápidas el fisco no las detectaría. Fue una buena noche. 

Al día siguiente, lo más temprano que pudo levantarse, se dirigió a la central de autobuses para viajar a la ciudad contigua. En la central de su destino, colocó el número de guía digital, para convertir sus créditos en dinero en efectivo. Abordó el autobus de regreso en seguida, pantalones llenos, sin parar al baño o a comprar un refrigerio. Con un poco de suerte, una docena más de esos viajes le permitirían costearse una identidad nueva y la renta de un departamento modesto en cualquier otro planeta a más de seis años luz de éste. Cualquiera que no tuviera tratados de extradición. 

Y con otro poco de suerte, el próximo sueño que digitalizara no sería tan sangriento. 



23 de marzo de 2020

From a blind sailor

I try not to silence your echoes
Within shouts and sorrow 
It would be so easy, so easy

I hold up to your shatters 
That made me once complete
As they become cold wind

How dull was this time history, 
Pretending to be half mythology 
As you were my dear Daedalus 
Turning back just when I fall

I dared to navigate you
Inside your soul I got sight
Now the Lady claims my being 
Will I hold without your warmth?

I try not to silence your echoes 
though if I navigate right to them 
Is it the way right back?

And in lack of wings, I take 
The coat you made for me instead 
So, in tempest, it leads the way

I dared to navigate you
Inside your soul I got sight 
Now the Lady claims my being 
Will I hold without your warmth?

22 de marzo de 2020

y en estos momentos
cuando más debería respirarse paz
que no la hay en absoluto
mi pecho no tiene mas ritmo
y aunque quisiera volver a conocerlo
no hay otro mas exquisito
que el de la percusion más profunda
cuyo período se mide perfectamente
en una fracción de infinito

24 de enero de 2020

Capa

Era su oscuridad, la que tanto me había apasionado.
Un enorme telar de realidades, de posibilidades.
Volaba, pues, en su dirección. Volaba, o más bien,
era un magnetismo irrversible, el que me llevaba allí.
Y conforme me acero, me doy cuenta que puedo
al fin, tomar la tela entre las manos,
acariciarla, deleitarme en ella, cubrir mis quemaduras,
aplacar algo de ese dolor, con algo de esa frialdad.
Tan sólo para darme cuenta, al empezar a jalar hacia mí,
ese equisito manto, con olor a suavidad,
que todo en él se rompe, se desmorona tan sólo al tacto,
y mientras más intento recuperar, salvar tan sólo un trozo,
más se desmorona, y se pierde en la nada,
dejando descubierta la luz que había detrás, tan impetuosa,
tan ardiente, y tan lejana.
De nuevo estoy expuesto. Todo se ha desmoronado,
todo aquello en lo que creí que había encontrado algo de gracia.
Sólo queda luz, la terrible luz, que me quema desde adentro.
Solo quería, por un momento más largo, no sentirme tan desnudo.