11 de mayo de 2010

Oniria



En sueños me enamoré,
En sueños te asesiné,
Locura y sed

En sueños eras cliché,
Eras canción, eras mujer,
Locura y sed

La lluvia quema mi piel, 
Va susurrando tu calor,
Las olas se estremecen con tu voz...

En sueños te respiré,
En sueños te incineré,
Ceniza y miel

En sueños viví tu ser,
Jinete andando en placer,
Ceniza y miel

La lluvia quema mi piel, 
Va susurrando tu calor,
Las olas se estremecen con tu voz...

10 de mayo de 2010

Mi andar no ha encontrado freno en este bosque insolente.
Hago marchas forzadas, mis pies descalzos, lastimados
incluso bajo la débil y crujiente hojarasca.
Me persiguen los alientos de la noche y de los pinos,
trazando mi camino como si fueran ley natural.
Sin embargo, sólo boy en busca de un aliento.

Las bestias noctámbulas hacen acto de presencia.
¿Como pueden estar presentes, si son incorpóreas?
Fantasmas tuyos me mutilan, me provocan horrores,
azotando sus brazos de nihilo contra mi rostro.
No siento tus bofetadas, sin embargo lloro
mientras hilos de sangre resbalan de mis labios.

He elegido dejar que corras, huyendo de mí.
Te he enseñado mi hoz de dolor, empero, inocua.
El ímpetu de la noche me hizo admirar tu partida,
con ojos de esperanza y hambre descarriada.
Y ahora que te encuentro, me doy cuenta
que quiero ser cazado, mientras te sigo cazando.

Las notas recias del viento atocigan mi mente,
pretenden frenar mi búsqueda exacta.
Hace tanto tiempo que conozco la fuerza de tus dientes,
la ternura de tus ojos, dadores de vida.
Estoy, pues, lleno de vida, y una vez que te encuentre
y me mates
me matarás dos veces.

6 de mayo de 2010

Ángela





Ángela ha estado esperando por este momento todo el día. Se cepilla los dientes, se quita la blusa y el pantalón de mezclilla, prendas tan simples como su vida. Examina su vientre, sus pechos, sus piernas, su rostro. Da media vuelta al cuerpo y examina su espalda, su trasero, a través del enorme espejo. Todo está en orden. Su cabello, rizado y negro como la selva, aún huele a esa crema para peinar de sandía y fresas. Vuelve a mirarse de frente, esta vez a sus ojos. Lo intenta, se notan las arrugas en su rostro, y no lo logra. Es un hecho. A Ángela le han robado su sonrisa.

Desliza sus pies llorando, hacia su cama, y antes de quitarse las pantuflas se sienta en la cómoda de al lado, quitando primero el Zaratustra. Se sienta a llorar.

Ángela mira al piso, y mira unas tijeras, con mango verde, como las de los estilistas. Se agacha a recogerla, y de pronto, un brillo surge en sus ojos. No puede sonreir, pero sí puede sentir la voluntad en su sangre. Quizá, después de todo, aún queda una esperanza. Guarda las tijeras en la cómoda, y se acuesta a dormir.

Ángela ha despertado. Se siente ligera, y comprueba que puede volar. Lo sabe aunque hay un enorme vacío blanco a su alrededor. A lo lejos ve un puntito negro, y vuela hacia él. Vuela, a la velocidad de la luz. En unos minutos, una mancha negra se convierte en un plano, y cuando el cabello negro de Ángela, rizado y oscuro como la selva nocturna, deja de moverse, el vacío se convierte en negro. Ángela voltea, y mira el punto blanco que ha dejado. Voltea, de nuevo, para seguir su camino.

Después de un poco de andar, aparece su Placer, sonriendo, como si hubiera acumulado su sonrisa todo el día para desahogarla enfrente de ella.
Ángela la mira, naturalmente, con envidia. Huele a incienso de vainilla, a muerte, a chocolate blanco, a sexo, a café, a sangre, a duraznos, a llantos. Sus cabellos no son rizados, ni siquiera son cabellos, sino un montón de enmelenados negativos de cintas de video. Ángela sabe perfectamente a qué película pertenecen. Son restos de sus recuerdos placenteros, plasmados en una metáfora viviente, para toda la eternidad. Recuerdos que no pueden ser devueltos al mundo de la vigilia, pues su Placer se ha consolidado en un mundo donde no tiene límites, donde no es necesaria la sensibilidad de la materia.

La chica pone su mano en su muslo derecho. Piensa un poco, disipa su pensamiento alrededor suyo, y logra aparecer unas tijeras, entre su palma y su muslo. Unas tijeras verdes, como las de los estilistas.

Se acerca a su Placer, este ser desnudo, orgulloso y delicioso. Abre un poco las tijeras. Sus ojos dicen haber encontrado una respuesta. Clava las tijeras en el esternón de su Placer. Toma un mango con dos dedos, y el otro con la otra mano. Abre las tijeras.

El Placer gime por el dolor.

Ángela lo mira a los ojos. Placer sonríe. Ella se enoja, al ver que a su víctima le agrada. Placer grita, embebido en sí mismo. Su aliento es el de una jugosa pera, a la expectativa de ser mordida. Ángela gira las tijeras, se coloca detrás de placer y empieza a asfixiarla con el brazo derecho. Placer no para de gemir, deliciosa y lastimeramente, embebido en sí mismo. Una gota de humedad empieza a correr en el antebrazo de la chica. Es una lágrima: Placer, ese precioso ser tan andrógino y sensual como la sensualidad misma, empieza a llorar.

Ella muerde su hombro, y lo hace con furia, con la ira del traicionado, y logra arrancarle un trozo de carne. Su carne sabe a vainilla, a chocolate blanco, a muerte, a sexo, a café, a sangre, a duraznos, a llantos. Ángela está embebida de Placer. Toma su rostro con ternura, le da un beso, sorbe un poco de la sangre y la saliva que quedaron en sus ya muertos y finos labios, y deja caer el cuerpo, sin más, al enorme vacío que acontece al final de los tiempos.

Cuando despertó, Ángela tenía dibujada una enorme sonrisa en su boca. 

Apestaba a realidad, y se fue a bañar. 


 Fotografía de Ralph Eugene Meatyard

4 de mayo de 2010

PRO SCIENTIA

Tomarte entre mis brazos.
Arrancarte el labio superior a mordidas, y chupar el inferior.
Extraer el aroma de por detras de tus orejas. Recorrerte entera.
Tomarte entre mis brazos y azotarte contra un muro. Proteger tu cabeza mientras lo hago.
Besarte como si fueras una prostituta de los años veinte en cantina mexicana, pero sin ofenderte ni agredirte.
Mirarte a los ojos y decir que te deseo sin decir que te deseo. El amor viene despues, es una consecue ncia.
Arrancarte la ropa. No lo notarás siquiera. Tan sólo sentirás mis dedos recorriendo lo que recorrerá mi boca después.
Tomar la botella de jarabe de chocolate que está en mi maleta, abrirla y vaciarla toda en tu espalda. Lo siento, debo limpiar todo. Lo haré con mi lengua. No quedará ni rastro.
Vaciar el resto en tu pecho, tus senos y quiza tu ombligo. De nuevo, limpiar todo con meticulosidad.
Navegar entre la selva de tu vello púbico. Pronto me adentraré en esa selva.
Cargarte de nuevo contra el muro, y explorar tus piernas. No se, hay algo que no me cuadra. Debo encontrarlo. Tengo todo el tiempo del mundo para buscar ahi y en el resto de tu cuerpo.
Morder tus glúteos, despacio. No quiero maltratarlos, tan sólo debo probar que todo esté en orden. No me gustaría encontrar un defecto del cual me sienta realmente culpable o insatisfecho. Porque sí, los defectos bien logrados conllevan satisfacción ante los ojos del amante.
Moverme entre tus labios, en tu monte de Venus, con mis labios, con mi lengua, con mis manos. Esta área es muy peligrosa. Debo examinarla con especial cuidado. Debo recopilar información sobre cada contracción, cada suspiro y cada espasmo que salga de tu ser. No puedo dejar de tomar notas mentales sobre la manera en que reaccionas ante mis dedo húmedos entre mi saliva y mojados por tus propios fluídos. Podría pasarme toda una eternidad ahí. Pero no puedo. Hay mucho que hacer.
Recostarte sobre una mesa. Lo sé, puede ser incómodo, pero compensaré eso.
Penetrarte despacio. Mirarte a los ojos mientras lo hago. Intentas sonreir, pero no puedes. No tienes ganas de sonreír. Tan sólo quieres entrecerrar los ojos. Lo entiendo. Las endorfinas de tu cuerpo ya han saturado tu sistema.
Cabalgarte a ritmos cambiantes. Tengo que volver a examinar tu cuerpo con mis manos mientras lo hago. Quizá algo ha cambiado desde la última vez que lo hice.
Darle media vuelta a tu cuerpo.
Darme cuenta que esto ha ido demasiado mecánico. Las mujeres suelen ser muy fáciles.
Regresar a mi maleta sin dejar de cabalgar, y tomar el tenedor. Clavarlo entre tus costillas. Una, dos, tres, cuatro puñaladas. Preguntarme cuanto podría tardar un médico en cortar esos tres tramos de intestino que te acabo de dañar. Sostenerte fuerte, para que no escapes. Correrme dentro de tí., mientras te doy otra media vuelta.
Contemplar cómo tu respiración se apaga. Correrme de nuevo. Mirarte a los ojos. Se te cortó, lo siento. Pero sólo así me darías tu verdadero rostro. Acercarme a tu rostro y lamer tus lágrimas. Sabn especialmente delicioso.
No lo tomes a mal, no soy un misógino ni mucho menos. Todo es en pro de la ciencia.

Deshacerme de tu cadáver y anotar todo meticulosamente en mi cuaderno de notas. Elaborar los reportes pertinentes y entregarlos a mi organización, incomprendida por la sociedad actual. Llevarte en mi corazón por el resto de mi vida, hasta que tu demonio me atormente. Creo que se llama culpa, o algo así.

2 de mayo de 2010

Me rasqué las uñas y salieron libélulas

No es la primera vez que el conejo plateado brinca sobre mi cabeza. Me molesta en gran medida su enorme cola, pues el condenado conejo me acecha por la espalda cuando estoy en la cocina, y usando mi cabellera de trampolín salta hacia la alacena, toma una galleta con chispas y se larga, sin dar gracias siquiera. Pero es muy amable, después de todo, el otro día llevaba un helado de pasas con camarones entre sus orejas. Notó mi interés, y me convidó un poco. Era crujiente, las cáscaras de los camarones estaban frescas y pululantes de jugo. Era tan brillante que mi dentadura rechinó y mis ojos brincaron de sus órbitas cuando terminé de degustarlo. Tomé un tenedor, clavé mis globos oculares con él y pude reinsertarlos en su lugar. Luego, con los residuos grasos que quedaron entre los trinches, le hice un taco de tuétano a mi amigo el conejo. Se lo comió con un tallo de apio y se fue.

Es muy extraño, pareciera que supiera que las galletas no son mías. Mañana comeré algunas con riñones de cordero del Amazonas. Es una especie muy exótica, con sabor muy dulce. Espero que el conejo se aparezca con el aroma, debo preguntarle sobre la catsup que usan para los hot-dogs de New York.

28 de abril de 2010

El ritual




Me siento frente al pentagrama,
y empiezo a meditar.
He invocado demonios terribles,
sacrificado mis deseos, aniquilado mi miedo.
Enciendo la hoguera, la alimento
de tus fotos, de tus recuerdos,
el mejor combustible para forjar la eutanasia
a la que hoy me he sentido con derecho.
Rocas vivas, sangre muerta y un trozo de tu alma,
un rasguño en mi antebrazo, una herida en la garganta,
curada con ron.
Me levanto de nuevo a cerrar 
las ventanas y las puertas.
El ambiente huele a vida en fuego, a delirio,
a drogas recreativas.
Mi mente viaja, mi garganta palpita,
mi brazo sangra, me asfixio,
me consumo...
... el ritual surte efecto. 
Caigo, lloro, me duele, y sonrío.
Abro los ojos, y me das un beso. Siento tu aliento,
tu cuerpo de humo abrazándome, 
entrando a mi carne y llenando mi espíritu,
prolongando la vida, empero,
muriendo mas fuerte,
mas fuerte...
y parece absurdo
que habiendo conocido a Seth, Astaroth, Lilith, 
Abraxxas, Baphomet... 
haya decidido morir
en manos
de un súcubo.

16 de abril de 2010

Un llamado más a la recesión religiosa



Me encontraba viendo el blog de Hazme el chingado favor, referencia obligada, y entre los artículos me topé con un blog, del cual cito un fragmento:

"...la guitarra es otro instrumento de los más satánicos: suena como la risa de Satanás cuando se burla de Jesús. Su "barra" no es más que la representación del pene de Satanás, y cuando la mueven es como si masturbaran al maldito Satanás.
Cada vez que veo alguien con una guitarra eléctrica, lo ataco.
".

Me parece una gravísima falta de respeto agredir sin verdadera justificación a las culturas, y peor cuando se trata de una religión.

Empero, muchos de mis lectores (inserte sarcasmo aquí) ya imaginarán mi postura al respecto, así que los invito a que lean un poco de este blog, y comenten lo que opinan en mi espacio. La dirección de este sitio es la siguiente:

http://nohaypederastiaenlaiglesia.blogspot.com/


¿Por cierto, de donde acá torturar y asesinar a un pobre toro asustado es un ARTE SAGRADO? De seguro leyó el Levítico.

12 de abril de 2010

Metal!

Si, acabo de escribir un poema. Menuda empresa. ¿Y que? Esto está mejor. Ladies and Gentlemen, allow me to present: Metal! Fucking Yeah!



Lo ví en http://cinismoilustrado.blogspot.com/

11 de abril de 2010

Dulce mentira



Trato de imaginar tus ojos, dulce Mentira.
La verdadera oscuridad ha mejorado mi vista,
y te ha desvestido, sensualmente, mostrandome
tu hermoso cuerpo, hecho de nada, con azúcar.
Tus ojos no eran ventanas de otro mundo, 
tan sólo un envoltorio vacío.

Trato de imaginar tus manos, dulce Mentira.
Tus caricias eran falsas e inmundas,
y yo las recibía, atento, en mi piel fantasma. 
Tus hermosas manos, hechas de nada, con canela,
rasgando mi alma, haciéndola jirones,
acelerando mi anhelada muerte. 

Trato de imaginar tu aliento, dulce Mentira,
tu soplo inundando mi sed de vacío, 
tu fuerza vaciando mi hedonismo, cautivo
ante la entropía de la nada, con chocolate,
enamorándome del infinito...

Trato de imaginar tus labios, dulce Mentira,
doblándose, articulando mi sentencia,
arrastrando mi rostro contra el suelo,
lamiéndo mi mejilla, tu textura de melón expuesto,
ardiendo mi alma, precioso tormento, 
mientras tus cabellos azotan mi pecho,
tus uñas, guiadas por el incierto viento
se clavan en mi espalda, me dejan perplejo, 
tus piernas rodean mi cuello, ¿estoy muerto?
No eres vacío, tan sólo un sueño
que se esparce en el frío multiverso.
Mi cuchillo te apuñala, mi mirada te aborrece,
en cuerpo te odio, y en alma te deseo...




La mutación de Garner


 I
No era muy famoso por su caballerosidad y amistosa personalidad, sino todo lo contrario. Aquella cruentas batallas libradas contra los alemanes en la frontera con Francia en la segunda Guerra Mundial no habían hecho más que amargarle la vida durante casi veinte años, y la feroz manera de combatir de sus enemigos, en conjunto con su necesidad de quietud y sangre fría habían hecho del sargento Garner el mejor francotirador del ejército norteamericano. Su familia, ya separada de él por la falta de costumbre, le resultaba una palabra vacía. No le quedaba ahora sino “servir a su amado país”, honrarle y respetarle, aunque no tuviera sentido alguno para él, unido a la sección de Inteligencia de los Estados Unidos.
Aún lúcido, y en los últimos rastros de una plenitud física (mas no mental), fue elegido para viajar de nuevo al continente europeo, en alguna provincia de lo que ahora es la república checa. Algún gracioso se había infiltrado en la biblioteca de Washington, extrayendo en una cinta magnética cierta información que ni el mismo sabía de qué trataba. El hecho es que, de caer en manos equivocadas, la economía norteamericana se vería amenazada seriamente. Era menester recuperar esos datos, a costa de lo que sea. Se necesitaba un hombre que no fuera capaz de tentarse el corazón antes de disparar, que no fuera capaz de distraerse entre los hermosos bosques nevados ni los aromas de la gente. Edward Garner fue, pues, el elegido, pues era capaz de disparar una Dragunov modificada y, con un poco de magia, atravesar mortalmente cuatro víctimas con un solo proyectil, hazaña realizada anteriormente por él mismo.

II
Garner se levantó de su cama, rascó su mentón recién afeitado, se puso ropa abrigadora y se escabulló entre los bosques, encontró la caja naranja que se le había indicado: en ella se encontraba su rifle de tiro y las instrucciones recabadas y analizadas por “Intel”. Se trataba de una organización terrorista, en todo el sentido de la palabra. Reclutaba hombres de pueblos pequeños: los secuestraba, entrenaba, los utilizaba y si no cumplían con el objetivo, simplemente morían. Por fortuna, éste había sobrevivido. Era libre, y no había más que recuperar el paquete y asaltar a los sicarios cuando fueran a la casa del hombre a recoger el paquete, antes que fuera demasiado tarde.
El francotirador, enterado de la situación, se acercó a la granja del sujeto, en posición de vigilancia. Tomó su rifle, y se dispuso a espiar con la mira.
Todo era normal. Como siempre. El pseudoterrorista no era más que el miembro de una familia ordinaria. Una esposa siempre en movimiento, una hija bastante risueña y juguetona, y un ganado caprino muy bien alimentado. Todos actuaban como si nada hubiera pasado hacía dos semanas, cuando fue el atentado a la Biblioteca. Los dos adultos trabajaban en la granja como si nadie supiera que el señor de la casa había sido secuestrado y, ahora que estaba de vuelta, sus vidas habían cambiado para siempre.
Garner podía ver a través de la ventana de uno de los cuartos. Se rascó de nuevo el mentón. Notó que era más suave. Como si nunca hubiera tenido barba en su vida. Pensó que quizá era el frío. Retornó sus ojos a la mira del rifle. La niña estaba explorando el cuarto de sus padres. Podía ver cómo cargaba entre sus manos pequeñas una pequeña escuadra, de manufactura americana. Estaba apuntándose ella misma a su cabeza. Garner empezó a temblar. Hacía mucho que nada lo hacía temblar, hasta ese día. Estaba dispuesto a disparar a la ventana, para que la niña se asustara. Afortunadamente, desapareció de la vista del francotirador, y regresó con las manos vacías. Había guardado ella la pistola, y el se sentía a salvo, aunque su vida no corriera peligro. Odiaba admitirlo, la niña le agradaba, no la conocía y ya tenía cierta empatía por ella.
Ella volvió a hurgar entre las cosas de su padre. Pudo ver cómo levantaba el pesado colchón de la cama de sus papás. No había mas que fotos viejas, recuerdos inentendibles para un infante, nada que le llamara la atención. Pero de pronto algo cayó de un agujero en el colchón mismo. La niña se asustó. Regresó el colchón a su lugar y recogió aquello que se vio caer. Era un cartucho de cinta magnética.
El objetivo de Garner al fín había aparecido. Pero no le gustaban las circunstancias en las que se suscitaban los hechos. Si tomaba la cinta, se veía comprometido a defender a la familia. La infante era, pues, una testigo, y era muy probable que los sicarios también la mataran.
Entonces ocurrió. Las ropas del sargento se empezaron a agrandar. Una extraña ligereza en su cuerpo empezó a hacerse presente. De pronto se sentía más hábil, con más rigor y destreza. El frío de la nieve bajo sus ropas y de la sombra perenne bajo la cual se abrigaba de las vistas ajenas le lastimaban menos sus manos, las cuales sostenían Garner, al comprender de nuevo la inocencia de un niño, se convirtió en uno.
Los padres de la niña entraban al fin a casa. Ella escuchó la puerta, y espantada, intentó levantar el colchón. Esta vez no pudo, y desesperada corrió a la ventana y salió hacia un patio cercado. Garner dirigió su rifle a la vereda de la entrada: dos camionetas todoterreno negras se acercaban rápidamente, y nadie en la cabaña, ni siquiera la niña que se asomaba, se habían percatado. El tirador podía recuperar la cinta y salvar a la niña. Tenía, pues, una responsabilidad respecto de ella.

III
Katja estaba asustada. Sabía que sus padres la iban a regañar terriblemente, no sería la primera vez. Esa extraña cinta parecía importante, lo que aumentaba la gravedad. Decidió esconderse un rato en las caballerizas, que llevaban solas algunos meses. Era un buen escondite, hasta que tuviera oportunidad de regresar el artículo.
Asomó su mirada hacia la puerta de enfrente. No había nadie, así que era la oportunidad de atravesar corriendo las jardineras. De pronto, las cintas desaparecieron de sus manos. Regresó la vista hacia atrás, y pudo ver a otro niño, quizá de su edad, vestido con ropas que le quedaban grandes. “sígueme”, le dijo. Ella, sin oportunidad a preguntar cualquier cosa, y obligada a perseguirlo por la cinta, salió corriendo disparada, detrás de él.
Corrieron un espacio de quinientos metros entre los árboles. Ella estaba asustada, ya que miraba hacia atrás y cada vez estaba más lejano su hogar. Corrió tan fuerte que no se fijó en el suelo, tropezó con la cinta y cayó. Se reincorporó y sin intenciones de buscar a su victimario, tomó el artefacto y se dispuso a regresar. Entonces un fuerte sonido la dejó paralizada. Ella lo conocía, era de una bala disparada. Pero era más sonora de lo usual.
Un segundo disparo, y pudo identificar la fuente. A su lado, descansaba el niño, cubierto por una piel de animal blanca, apuntando con un rifle. Su cuerpo le hacía parecer dotado de una increíble agilidad, hoy tan solo vista en niños jugando videojuegos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. “Lo siento, niña”, dijo, mientras disparaba el noveno tiro.
Garner se retiró la piel de encima del cuerpo. Su trabajo había terminado. Katja, asombrada, tan sólo veía cómo de donde había un infante de su edad se levantaba un hombre recio, de bigote y cuerpo robusto, la abrazaba, tomaba la cinta de sus manos para guardarla en su maleta, y le indicaba que debía regresar a casa, mientras se marchaba en dirección del sol, con una lágrima congelándose en su mejilla, como si su alma se hubiera aclimatado después de años de soledad y desidia, para dar paso a algo más importante, más humano.
Katja emprendió una nueva corretiza hacia su casa, esta vez entrando por la puerta principal. En el camino encontró nueve hombres con pasamontañas, gimiendo y yaciendo en charcos de sangre. Entonces abrió la puerta de la recámara de sus padres. Su madre acogía sobre sus piernas, impotente, a su padre, herido en el estómago. La novena bala había atravesado del corazón del sicario, pero continuó su camino, hasta estamparse en el suelo.
El herido pudo ver a su hija, corriendo entre los árboles, corriendo detrás de un hombre mayor, poniéndose a salvo. El mismo hombre que sabía que le iba a matar. Finalmente, haciendo uso de su libertad, le disparó, aunque no intencionadamente. A cambio, puso a salvo su legado. Le pidió a su hija que se acercara, acarició su mejilla, y perdonando a su agresor, en un acto de tolerancia bastante humano, expiró con una sonrisa en el rostro.