13 de marzo de 2011

Trescientas estacas



A veces quisiera morder firmemente tu cuello

A veces quisiera decir que es menos que deseo

Quisiera juntar tus lágrimas y hacerles sepelio

Tragarme tu orgullo y morir bajo tus venenos

Dejar de aspirar cada aroma que contiene tu encanto

Dejar de tocar tu locura con dedos lascivos

Dejar de clavarme en las manos momentos tan tiernos

Conjurar palabras de amor, sin creer en su magia

Dejar de sentir trescientas estacas hechas de tu mirada

Asesinarte a la luz de la luna, y dejarte humillada

Beber tu sangre y tu éxtasis, dejarte desamparada

Sentir el dolor, pero ya no el mío... sino el de tu alma

Dejar de versar en tu causa, fijar mi atención en la nada

Merecer tu corazón, y perderme en él en un instante

Arruinar el poema presente, navegando entre tu cabello

Deseando descubrir tu espíritu a través del susurro de tu voz

Cubrir cada gramo de tu piel con mi solemne perdición

Sentirte tan cerca, tan cerca como una muerte atroz

Ver partir tu cuerpo lejos, mientras tu corazón

me odia sólo un poco a la vez, como lo hago yo.


Succubus

Caminaba como suelen hacer los personajes de sketches de terror. Una noche fría, con niebla muy húmeda,  donde no cabe la música de fondo de thriller, ni los sonidos de cantina de media noche. Quizá solo el susurro del helado viento que se colaba entre sus cabellos rojizos, tan gruesos al tacto, pero tan finos a la vista. Un cabello saludable que denotaba un cuerpo saludable. Era, pues, una soñadora nocturna, paseando entre las calles buscando emociones, como si fuera prostituta recién iniciada, pero sin serlo.
Acababa de salir de una discoteca, ataviada con un abrigo de cuero negro que brillaba deliciosamente bajo la luz de las luminarias y las mamparas de las calles, repletas de publicidad que anunciaba servicios publicitarios. Además, esa era una noche dedicada a sí misma, la noche, a cultivarse, a divertirse entre sus galas, apenas decoradas de estrellas y jirones de reflejos de arquitecturas coloniales, que poblaban la ciudad. La redundancia cobrava vida junto con los pensamientos de nuestra protagonista, que pensaba en ganar dinero para divertirse para ganar dinero para divertirse para ganar dinero... y así consecutivamente.
Detrás de la discoteca había un pequeño corredor, donde se encontraban las salidas alternativas del lugar. Un lugar oscuro, ideal para hacer el amor en tres minutos, empezar a romperse con ácido o hacer negocios turbios. Más al fondo, sin embargo, se encontraba un tipo que se notaba que no frecuentaba la vida nocturna. Vestía de viernes ejecutivo, y aunque muy arreglado y decente, en su rostro sudoroso había evidencia de exceso de escoceses y humo de cigarro. Tenía toda la finta de que estaba esperando alguien o algo, o que lo habían dejado plantado. Al final, es la misma angustia, igual de presente.
Nuestra pelirroja se acercó hacia él, cruzando un guardia orinando una botella de ron, una chica hasta arriba de coca, sentada sobre el suelo, temblando, cerrando sus ojos como niña regañada a punto de explotar, un trío gay que no aguantaba las ganas o la cartera para entrar el menage, un sujeto con traje, gorra, gafas oscuras y un portafolios de marca, y finalmente, el ejecutivo.
- Te hacía dentro, bailando con mis amigas - decía la pelirroja, convencida ella misma de que no mentía.
- ¿Te conozco? - Preguntó el sujeto de cabello negro y lacio, mientras una marcada y venosa mano se restregaba la cara para quitarse una ligera capa de sudor de la frente y de la nariz. Estaba tenso, y era necesario hacerle relajar para que se levantara
- Que modales... si no me recuerdas esta bien, solo queria pasar el rato con alguien no tan desconocido. - Dio media vuelta y se disponía a irse.
- ¡Espera! - dijo, parándose tan inesperadamente - No te vayas, es que en verdad no te recuerdo de ningun lado.
- ¿De verdad? Volteó de nuevo la pelirroja, esta vez más seductoramente, tanto en su voz como en sus movimientos. Continuó - ¿Sabes lo que es la petite-morte? - Leyó, al fin, en su mente, mientras el trataba de buscar en su memoria a esa chica, que jamás iba a encontrar. Su nombre era Carlos. - La petite morte, chicuelo, es la muerte más divertida de todas. - Se le acercó, mientras recreaba en sus sueños una brutal y deliciosa escena de sexo casual que ella misma había tenido hacía un par de días. La idea era, pues, hacerle a él imaginar esa escena, para que opusiera la menor resistencia.
El sujeto inmediatamente tuvo la erección de su vida. Ella se le acercó, y mientras sus labios atendían al cuello del extraño, sus manos atendían la entrepierna, con caricias, bajando el zipper del pantalón, y haciendo lo propio con su minifalda de cuero negra, apenas disimulada por sus botas.
Cuando Carlos cerró los ojos, la chica supo que era el momento ideal. Se puso de puntillas para poder ser penetrada, y empezó el ligero ejercicio callejero. No había sobreexcitación, tan solo el debido frotamiento, como si la escena debiera ser aprovechada al máximo en cinco minutos antes de que dos enormes doverman llegaran a desalojar el pasillo.
Gemían. Jadeaban. Graznaban en susurros y en silencio mental. Metían sus manos donde cupieran, entre las axilas, entre sus espaldas, sus nalgas, sus senos, sus cuellos, todo lo que pudiera ser tocado bajo los límites de la ropa y sin llamar la atención. Entonces ella buscó la mirada de Carlos. El se negaba a dársela. Era sexo casual, no un encuentro pasional. Estaba relajado y ella tensa. Quería disfrutarlo. Pero finalmente no pudo. Cayó, y sucumbió ante los enormes y bellos ojos color miel de la chica.
Dicen que el enamoramiento de los frívolos entra por los ojos. Ese encuentro, tan casual, era muy frívolo. Por lo tanto, podría decirse que Carlos se enamoró al instante de nuestra chica. Si, como en las películas, una canción pasional estilo María Barracuda featuring Yanni o reencuentro de U2 despues de dos años sabáticos, si es que eso llega a existir. Una canción visceral de amor, pero tambien de mucho deseo. Así se podría decir que se enamoró Carlos. Desesperado, sin ver al pasado ni al futuro. Sin importarle la reputación, el que dirán, los pleitos familiares. Sí, casi mirando de frente al destino, con disposición a enfrentarlo, a "llevar una vida juntos". Ella reclamaba su rostro. Lo miraba. Dejaba de manosearlo con la mano derecha para tocar su rostro suavemente. Y a él tan solo... su mente... se desvanecía.
Hasta llegar al orgasmo.

A la mañana siguiente los guardias de la discoteca encontraron a Carlos, tendido en el suelo. Respiraba, estaba consciente. Seguía con la mirada a las personas que lo atendían. Lo ayudaban a reincorporarse. Puso una mano en el suelo, y le cortó un pedazo de vidrio de alguna botella rota. Se cubrió la mano, pero no sentía dolor. Miró su cortada, sin mostrársela a los guardias. No sangraba. No sentia ni frío, ni calor. Trataba de sentir odio por aquella chica pelirroja, por haberlo dejado en ese estado.
Pero ni siquiera supo en que estado se encontraba. Por el resto de su vida.
No tenía cartera, y no recordaba quien era. No recordaba como había llegado ahí. No recordaba que esa chica le hubiera drenado la sangre. No recordaba cómo es que sus boxers estaban pegados a su miembro. Solo recordaba los ojos miel de la chica. Una sonrisa diabólica, un aliento de deseo ansioso de ser saciado, un sexy cuerpo brincoteando sobre él, mientras ella manoseaba su trasero, mitad en busca de sustancia carnosa, mitad en busca de un buen fajo de billetes y tarjetas de crédito.

Dicen que él está en un albergue del Estado, esperando recordar su nombre, y esperando sentir al menos ira por sentirse tan vacío.

Una chica rubia pasó a la oficina al lado de la mía, la oficina de Carlos Rivera, el sujeto con el que solía salir de noches de alcohol, a recoger unos papeles importantes. Quizá acciones de bolsa, o quizá estados financieros muy importantes. Las esposas entre su muñeca y su portafolios lo denotaban.

Pero pude ver debajo de su peluca. Una chica pelirroja, tan jovial, como si en ella el tiempo retrocediera al revés, pero eternamente.

6 de febrero de 2011

Amor eterno



¿Como es que el amor puede ser eterno, si por definicion es tan... efimero?
¿Como es que se puede guardar a alguien en mente y alma por el resto de la eternidad... si la misma eternidad es finita?

Me decia todas estas palabras al oído, mientras seguia bebiendo de mi cuello. Esa pregunta tan... pasional, tan carente de respuesta, una respuesta que buscaba en mis recuerdos, en el calor de mi sangre.

Intenté responder, desde mi alma, pero era tarde. Yo había muerto. Le había dado mi vida, y aunque ahora sonreía, todo había acabado para mi.

Ella abandonó mi cuerpo, tendido en el suelo, quiza donde pertenecía. Salió iluminada bajo la hermosa luna menguante. No pude ver su sonrisa, pero sí su cabello ondulante, acariciando mi último aliento, mientras ambos partimos hacia la libertad.

Para N. 

18 de enero de 2011

A la última asesina del planeta



La decadente osadía de tus párpados, húmedos, cubiertos en sudor
tu mente se evapora, ideas transgénero, subes y bajas en el infierno, abres canales,
subes manantiales de sabor, placer, carne molida y carne viva,
no me mires, solo desgarra mi vientre,
sacame el odio, come de él,
sacame el llanto, vistete de él,
sacame el amor, secate el sudor, sacúdete el polvo
y tíralo a la basura
como pañuelo desechable, una y otra vez.
... y con mi cuerpo, solo haz lo que quieras, que al final el alma es solo producto de la imaginación
de alguien maléfico que ha terminado con toda la felicidad
y me ha creado en sueños banales, para arrebatarme lo poco que tengo,
y dejarme a la suerte de los cuervos de su destino, mi destino.

12 de enero de 2011

El plomero y la MILF



Ella se lavó las manos.

Bajó las escaleras, entró al zótano, encendió un foco ahorrador y una luz blanca empezó a difuminar, a la velocidad de la luz, las sombras que aún se proyectaban de la luz del pasillo de su puerta. Al fondo, metálica, yacía la puerta adornada con un candado de siete segmentos. Tomó el candado y giró las perillas. Cinco. Tres. Ocho. Cuatro. Dos. Cuatro. Dos.

Una mirada empezó a recorrerla. Era su esclavo de la semana. Su figura atlética y su piel morena se vieron severamente afectados por la inanición, así como su rostro, desencajado, que claramente pedía clemencia durante veintitrés horas y media del día, y orgasmos múltiples el resto del día.

Ella se acercó, con una cubeta de agua y un trapo, y empezó a limpiarlo. Repasaba con su mano todo el cuerpo del tipo, que no hacía mas que mirar al suelo, avergonzado de no poder defenderse, de ser sometido por una mujer más fuerte que él. Una mujer demostraba su poderío sujetándolo de brazos y piernas a través de grilletes, que no eran grilletes, sino extensiones de sus frágiles pero poderosas manos.

Se paró enfrente de él, acercó su cuerpo desnudo, y empezó a separarse nuevamente mientras deslizaba con lenta furia sus uñas en su pecho, en su abdomen, en su miembro, en sus piernas. Viejas heridas de la sesión de la noche anterior volvieron a abrirse. El aroma de la sangre la ayudó a excitarse, a tomar el taladro y empezar a rasguñar su carne con una broca para concreto de tres octavos.

La habitación secreta, tan metálica como de costumbre, empezó a tomar calor, la energía de los gritos del custodio. El cuerpo de la mujer estaba bañado en piel y carne, en sudor y sangre.

Cuando terminó de limpiar, se llevó ciertas menudencias, riñones, hígado y tripas arriba, a la cocina, para la comida del día siguiente. Su marido llegaría de Londres en la noche, así que debería estar hambriento de comida casera y barata. Los huesos, medio triturados, estaban guardados en una bolsa detrás del refrigerador, listas para cuando no esté el, se tape "accidentalmente" el fregadero y haya que llamar a un... plomero.

1 de enero de 2011

Escritorio

No quiero tus labios.
Sólo quiero su sabor,
su calor, su aroma,
su textura en los mios,
tus palabras hermosas,
tu corazón palpitando,
diciendo que me amas.

Aunque sea mentira.

Tus ojos clavados en los mios,
buscando una manera de esclavizarme,
dandome un motivo para vivir,
y para morir, y para no morir,
siendo la razón de mi ser,
el calor de tu espalda en mi pecho,
respirando este aire
tan profundo y contaminado
de seres nefastos, de bellezas mundanas...

Yo todo lo que pido
es que seas... es que seas...
por ti y solo por ti...
que puedas romper las cadenas
con la misma facilidad
con la que has forjado las mias,
que no tengas que voltear atrás
al momento de tu partida,
que no tengas que olvidar
lo mucho que me significas...
Quiero el calor de tus labios.
Pero no quiero tus labios.

26 de diciembre de 2010

Dead body rapist

Ha pasado mas de veintidos años cazando el olor de la carne magra, fresca. No es que malgaste su vida, puesto que jamás morirá mientras exista tierra que pisar. Simplemente malgasta su energía, y la manera en que obtiene su energía.

Y aparece, entonces, en las oficinas de los registros de todos los velatorios del estado, recorriendo uno a uno con su velocidad impresionante, a la espera de una jovencita, quizá señora, de complexión mediana y curvas pronunciadas. El rostro no importa: sólo hubo un rostro que realmente le gustó, y decidió terminar con su vida, al igual que con su alma... y ahora pasa las noches buscando cadáveres con los cuales desahogar su aún humano instinto sexual... cadáveres a los cuales contarles sus vivencias, sus experiencias, sus anteriores amantes, esos amores (dieciseis, pocos considerando quinientos sesenta y dos años de vida) que jamás olvidará.

Y ellas, como buenas amantes, escucharán pacientes, con los ojos cerrados, quizá desfigurados por la estrepitosa muerte que hayan tenido, pero siempre descansadas, aliviadas del dolor perimortem, y, a los ojos de nuestro amigo inmortal, satisfechas por el frío pero musculoso miembro que carga entre sus lampiñas piernas de adolescente en apogeo, apenas consumidas por la eternidad.

Es decir, ¿Como puede ser violación, si ellas no dicen que no? Y en todo caso, ¿como puede ser juzgado por humanos si hace tiempo que dejó de pertenecer a ese... rubro?

Y bajo esta justificación, les da un beso en la frente, vuelve a arroparlas en su bolsa negra o manta blanca, y emprende la huída a su guarida, esperando el alba mientras solloza por un destino que pidió y del cual ahora se arrepiente.

19 de diciembre de 2010

Peticiones

Que no tomes mi mano, aunque yo tome de la tuya.
Este mundo es irrelevante a los sentidos, tan superfluamente...
doloroso...
Suena bastante bien el darte un ultimo beso,
tocar tus ojos con los mios,
y luego caminar muy lejos,
donde nadie pueda escuchar ni ver cuando muera...
donde nadie pueda ver cuando paso de ser un asesino serial...
a ser un asesino masivo.
Que no intentes entrar en mis sueños, aunque yo esté en los tuyos,
nuestros cuerpos son sólo sombras,
y nuestros sueños son reflejos,
longitudes de onda distintas, que sumadas no son una,
son armónicos, son transformadas,
son vibraciones de fantasmas que atormentan nuestras moradas,
y luchan entre ellos, creyendo estar en su territorio,
y nos arrastran con su tragedia, tan cómica, tan viva,
nos hacen clavarnos al muro de almas en pena,
arañando nuestras espaldas, extrayendo huesos y visceras,
arrojándolos a los perros, como comida, como mondadientes,
como adornos entre sus fauces,
como abono del arte nuevo,
reciclado, resquebrajado.
Somos jirones de un viejo disfraz
que el Demonio vestía elegante,
y al ver que la frivolidad tiene más estilo
y es más barata
nos arrojó como trapos viejos,
consumiéndonos por casualidad.
Que no quieras encontrar sentido de mi lagaña existencial,
pues este reino es de los no-muertos,
de risa fuerte y estirpe abominable,
y casualmente quieren atraparte,
pues eres más que plastilina pura,
pero mis bestias no quieren moldearte,
sino quebrarte, en piezas amasarte
y arrojarte como en tiro al blanco
a la verdad que tanto les humilla,
pues con su dedo índice los incomoda,
les pica los ojos con su luz mortal,
y en sus ojos, torbellinos negros,
esconde el reflejo de su sobriedad...

14 de diciembre de 2010

Culto a la pelota

 
 
Salió de su madriguera. Le faltaba la pata central derecha, pues había entablado una pelea con otros congéneres. Aún así, pudo salir sin mucha dificultad, a cazar su alimento nocturno.
Una vez fuera, el grillo podía ver, a la altura del suelo, una cantidad impresionante de restos de comida: convenientemente había salido por uno de los muros de un restaurante de tacos. Un trozo de carne, otro de tortilla, otro de cebolla y su rondín de rutina harían de su corta vida una más de entre las almas orgullosas de morir comidos y paseados.
El canto de sus alas, no tan romántico como mágico, lo debería reservar para después, ya que era temporada de apareamiento y aún debia recuperar fuerzas. Sus mandíbulas apenas le permiten sostener un quinto de gramo de masa de maíz, y ya debe lidiar con la penosa necesidad de arrastrar su alimento.
Dos mesas más al frente, más allá de una servilleta donde algún comenzal tiró un trozo de carne a medio masticar, cuyas razones no atenderé en este cuento por respeto al lector, se encontraba un extraño objeto de hule.
Su naturaleza era completamente desconocida para él, excepto su tamaño, era al menos treinta veces más grande que él. Sin más, y deseoso de alejarse de sus bélicos compañeros, emprendió su viaje hacia el artefacto, una enorme odisea de ocho metros y medio, escondido entre un agrietado piso de loza quebrada por el peso de los comensales.
Las mesas y las sillas de plástico, propiedad de alguna refresquera patrocinadora de negocios pequeños, parecían enormes durante el trayecto. El simple hecho de escalar esas superficies gigantes parecía surreal y sin propósito. Pero eso no le ocupaba al grillo.
A tres metros del objeto, justo debajo de la cálida sombra generada por una mesa blanca, un mantel de plástico transparente y un foco incandescente de 60 watts, pudo percibir unas pisadas acolchonadas, muy suaves, pero perceptibles dado el silencio de esa noche de martes.
El grillo se detuvo, puso sus antenas en alerta y esperó. Esperó. Nada. La espera lo cansaba. El silencio reinaba de nuevo. Continuó su camino.
Y ahí estaba. Frente a él tenía un enorme objeto esférico de goma, de quince centímetros de diámetro. Era enorme. Era magistral. Un grillo resignado a peleas mundanas en su madriguera nunca tendría oportunidad en su vida de acercarse a semejante artículo digno de alabanza, tan lleno de colores, desprendiendo su clásico aroma a goma, a tierras lejanas donde ha rodado, a sustancias de toda clase,
a restos de alimentos de muchas generaciones, todas conglomeradas en semejante reliquia.
De nuevo se estacionó el grillo, esta vez absorto, sin poder cerrra su mandíbula, sin poder siquiera estirar sus alas, aunque sabía que no le servirían de mucho, pues por alguna extraña razón no tienen utilidad mas que de órganos sexuales.
Los pasos acolchonados volvieron al ambiente, al suelo, a vibrar de manera tan suave, tan uniforme, como la primera vez.
Esta vez, eran más espaciados, pero tambien más fuertes. Un extraño ente se acercaba.
Pero nuestro grillo no tenía tiempo de dedicarse a mirar el peligro que se le acercaba. Sólo quería llenarse de esos aromas, de esos colores, de esas vibraciones. Los coches en la calle retumbaban el pavimento y la pelota los absorbía de manera fantástica, como guardándolos para sí...
Entonces, la pelota recibió un golpe y salió rebotando entre las mesas. Un enorme gato gris había golpeado la pelota, accidentalmente, luego de haber engullido su bocado.
La boca de ese gato sabía a carne, a cebolla, a salsas roja y verde, a pepitas, a pure de tomate, a camarones deshidratados. Sabía a sueños destazados entre sus fauces. Sabía al primer culto conocido por un ser tan inferior. Sabía a taco al pastor con grillo.

11 de diciembre de 2010

A last word



Soy el nombre de esa persona a quien quisiste en tus tiempos pasados.
Soy el malnacido que destrozó tu vida y tu orgullo con tal de quedarse con aquello que cultivaste... y después lo botó a la basura, donde pertenece.
Soy esa sonrisa que negaste a tu pasado, y esa que hubieras querido en tu futuro.
Soy el rostro de ese sujeto desconocido al cual siempre quisiste asesinar,
la silueta de esa seductora persona a la cual siempre quisiste fornicar,
el rostro de ese miembro de élite al que siempre quisiste ignorar.
Soy palabra de amor, insulto pasajero, maldición indeleble.
En mí no existen pesadillas, pues soy pesadilla en mí mismo.
Soy reclamo de vida, lamento acechando tu agonizante conciencia,
llamado a la Muerte, la única ley en este mundo que miente.

Soy los veintiún gramos que exhalas antes de morir...
el título de un poema sin sentido, que quizá acabas de leer.