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19 de febrero de 2010

Sentimientos vs Hedonismo

Buenas lunas, buen lector. Te invito a leer esta reflexión que surge no del desamor, sino de las extrañas oleadas de éste que he experimentado. No pretendo aburrirte, así que seré tan breve como mi idea lo permita.



Primero que nada, no olvidemos que somos animales desde el punto de vista biológico. La biología, como ciencia, permite un estudio y un análisis sólido y difícil de quebrantar. Ahora, ¿que nos diferencía de ellos, como humanos, además de las capacidades mentales? Es muy fácil. Nuestra "mente superior" nos da la posibilidad de guardar en nuestra memoria no sólo experiencias, sino sensaciones. Por lo mismo, nuestra necesidad de sensaciones es completamente distinta al resto de los animales. Así como nos podemos conformar con uno de estos recuerdos, también podemos sentir deseos de reafirmarlos para refrescarlos, avivarlos. En el caso del placer, por ejemplo, éste es el origen del amor.

Mucho se ha hablado a lo largo de los años del placer y del dolor como dos sensaciones contrarias, mutantes y quebrantadoras de las emociones humanas. el origen de esta idea se puede deber a que, retomando el ámbito biológico, todo ser vivo y cognosciente tiene capacidades naturales para ambas emociones. Son, desde un punto de vista práctico y razonado, las emociones ideales, intrínsecas, inmutables y totalmente renovables en la vida de todo individuo, incluso si éste no es consciente de su existencia y de su ser. Temporalmente son unitarias, multiplicativas y acumulativas. Pueden extinguirse, pero también ser recuperadas en las condiciones adecuadas.

Esta característica, la acumulativa, es precisamente el origen del amor y el deseo, en el caso del placer, y de la pesadez y el desespero, en el caso del dolor (nótese que se citaron a Deseo y Desespero, dos de los Eternos de esa famosa historia de Neil Gaiman). Es muy simple: la memoria acumulativa sobre estas emociones fundamentales producen sobrecarga en la mente del afectado, alterando por supuesto su capacidad intelectual y de discernimiento de sus acciones, tanto por el dolor como por el placer.



Por tanto, invito a todos los sobrecargados de estas emociones a que se liberen de tremenda pesadez, y confíen plenamente en la búsqueda de las emociones fundamentales (que muchos de ustedes seguramente conocen como Hedonismo). No olviden que todo exceso es dañino. Los invito a que no busquen la felicidad, sino que la dejen ir de vez en cuando, pues no podrán apreciarla si no sienten desdicha. Los invito a que dejen su depresión a un lado, salgan y tomen algo de aire fresco, pues no podrán degustar del amargo y adictivo dolor si no descansan un poco de él. El sexo será libre, los crímenes pasionales serán cosa del pasado, las envidias serán todas saciadas sin consecuencias, y toda lágrima e hilo de sangre derramado brotará sólo si es por consenso.

La imagen vino de aquí

1 de enero de 2010

A un deprimido (o El genocidio más grande conocido)

 

No te escondas, ya sé que estás llorando. He visto un lucero tuyo parir una cristalina gema destinada al olvido, como lo es la vida misma. He visto una de tus muñecas exterminar esa pobre lágrima, difuminarla en su cuerpo. Y te pregunto ¿Tiene sentido que mates todas esas lágrimas? ¿Tiene sentido que esas pequeñas e indefensas muestras de dolor tuyo mueran? Mejor aún, ¿Tiene sentido que vivan?

Traer al mundo una lágrima no es una tarea sencilla por sí misma. Ya te habrás dado cuenta de eso. Yo, en vida, me encargué de traer muchas de esas pequeñas a una vida frágil y fugaz. Ahora quiero que entiendas algo: cada lágrima es un alma. Cada vez que entristeces, cada vez que un golpe o rasguño te hace querer llorar, un sentimiento totalmente autónomo surge en tu mente. Porque quizá no lo sabías, pero tu cerebro es una fábrica de seres. Y cada vez que lloras, preparas a una de esas criaturitas a contemplar el mundo, las circunstancias que la orillaron a nacer, que la obligaron a existir.

Si tu hubieras elegido entre existir y sufrir, o existir y vivir efimeramente, o simplemente vivir en un mundo donde no tienes que sufrir porque la materia te merma y te malmodea, ¿que hubieras elegido? Olvídate del amor de tu vida, de tus amigos, tu familia, incluso (debo decirlo así, pues eres humano) de tu automóvil, de tu libro de autógrafos, de tu colección de cómics, poemas, pornografía, fetiches, recetas de cocina y música que te costó años y años de compilación. Imagina que no conoces nada mas que tú mismo. ¿En verdad habrías elegido una existencia material?

La vida no es justa. La vida, en ese sentido, no fue justa para tí. ¿Porqué habrían esas pequeñas lágrimas de correr con la misma suerte?

Ah, pero no te preocupes, pequeño amigo. Aún puedes hacer la diferencia. Un diminuto y sustancioso sacrificio. Suena cruel, pero es mi propuesta: perder una vida, la tuya, a cambio de salvar la de miles, tus ideas.

¿Que pasará cuando crezcas, cuando tus ideas maduren? Lo que a todo ser vivo, amigo. Nacer, crecer, reproducirse y morir. La etapa de reproducción, particularmente, es la que me interesa describirte. Verás, una idea, en conjunto con otra, no generan una tercera. Tu cerebro es una poderosa maquiladora, creando engendros de todas formas y tamaños a partir de un modelo. Hoy piensas en un carro, mañana piensas en una tienda, y al cabo de tres días tienes una concesionaria. Para los sentimientos es la misma historia cantada. La diferencia es que los sentimientos no cabrán en donde sea que decidas guardarlos. Tienes, por tanto, que deshacerte de ellos.

E, insisto, ¿es justo para ellos?

Llegará un momento en que todos esos seres, ideas, sentimientos, dolores y placeres, todos ellos mueran. Se empezarán a podrir, carcomerán tu ser completo. El dolor será inevitable. La vejez es tan sólo una de las consecuencias de esta masacre. Ya conoces el resto: las fuerzas te faltarán, dudarás cada vez más de tu existencia, te cuestionarás sobre la existencia, en general. Sentirás más y más necesidad de vaciar tu mente: gritarás, blasfemarás, y por supuesto, llorarás. Finalmente, la Muerte llegará a tí. Y sabes que no te tomará de la mano. No, eso es poesía absurda. Te tomará del corazón, del hígado, de tu cabeza, las estrujará como si fueran esponjas sucias, las estrujará hasta que queden limpias de tus fluídos. Hervirá tu sangre, la mezclará con peligrosas sustancias, producidas por tu mismo cuerpo. Arrancará tus nervios, los estirará y maltratará como si fuesen objeto de odio. Tomará tus intestinos, y los perforará. Te desangrarás por completo. Vomitarás tus propios fluídos, tu desayuno y tu cena del día anterior.

¿Realmente quieres sufrir así? Yo no quiero que sufras, querido amigo. No quiero que sufras tú, ni esas miles de almas que seguramente estás creando en este momento. ¿Sabes? Por eso alabo a los artistas. Cada vez que un alma muere, ellos hacen que valga la pena, plasman su escencia en una nota, un trazo de pintura, un cartucho fotográfico, un dibujo de tinta, y su vida queda plasmada en la materia por un tiempo mucho más largo que lo que hubieran jamás durado sus vidas.

Pero no eres un artista. Y no me gusta ver tanta muerte en un sólo lugar. Y por eso te extiendo mi mano, y mi apoyo incondicional. Tengo toda clase de armas. De fuego, blancas, bolsas de plástico, sogas, vehículos. Puedes hacer de tu muerte una obra de arte. Puedes crear algo digno de los periódicos, y todas esas vidas que extermines durante tu empresa quedarán plasmadas para la eternidad.

Y si no eres capaz de hacerlo por tí mismo, cuenta conmigo para lo que necesites. Considéralo, y te deseo la mejor de las muertes.

 

Atentamente,

Un amigo que te quiere.

11 de agosto de 2008

Sobre la felicidad

Grandes pensadores como Wilde, Huxley e incluso los hermanos Wachovski (todos ellos fantásticos, en cualquier sentido que se les quiera interpretar) han acertado, parcial pero magistralmente, sobre el destino del hombre respecto del hombre, entendiendo este último y el primero como causa y consecuencia. Una sociedad tan sofisticada que se autocontrola y se autoflagela. Solo el miedo puede lograr tal efecto.

La redundancia de ese miedo entrañado con la felicidad es la misma que se encuentra entre el dolor y el placer: hace falta un acto liberador, un enigma lo suficientemente fuerte para intentar desenmarañarlo, y una voluntad quebrada tan sólo por la muerte. Por lo general, este acto es la introspección individual que se realiza para buscar respuestas, y encontrarlas en donde hay más preguntas, camuflando el objetivo. Este acto me gusta llamarlo filosofar.

Insistiendo, ¿que tiene que ver esto con la felicidad? Pues es muy simple.

El miedo es, contrario a lo estipulado, el contrario de la felicidad. Ambos son ambiguamente necesarios, ambiguamente dependientes. La tristeza, excluída de este concepto dual, se limita a actuar sólo de medio para transitar entre la verdadera dualidad.

¿Entonces es posible la verdadera felicidad? ¿En verdad es posible la verdadera y eterna felicidad? Como en toda dualidad, conocer una parte implica, obvia y necesariamente, entender su contraparte. Por lo mismo, ambas son necesarias. Y en tanto que la felicidad exista, si hay tal, el miedo existirá, y paradójicamente, distinto a como ocurre entre el placer y el dolor (en donde una es un puente a la otra, indistintamente del orden), es el miedo quien provoca recesión hacia la felicidad. Por lo tanto, una se come a la otra, y venciendo una, despues de haberla conocido, se alcanza a la otra.

Ahora, es necesario definir qué es lo que realmente quiere decir felicidad. Todo mundo habla de que el mundo mismo debe seguir un curso, su curso. La felicidad es, pues, resignarse a este curso y reservarse el empeño y el deseo de modificar el entorno. La felicidad es, al menos religiosamente hablando y en el contexto que nos ocupa, en función de esa resignación, se trata de un estado de ánimo invulnerable, eterno, auténtico. Un sentimiento que, por lo que acabamos de describir anteriormente, no es posible (como tal) bajo ninguna circunstancia humana.

El hombre busca continuamente la felicidad, y en tanto que sea hombre, esta será una búsqueda infructífera, un gasto lamentable de recursos tan fugaces como lo es el tiempo. El hombre, pues, no está hecho para ser feliz.

Sin embargo, esto no quiere decir que su vida sea infructífera también. El enunciado respuesta es muy simple: El hombre no puede ser feliz. Pero sí puede sentir placer, con todo lo que conlleva, y si es capaz de "resignarse" a esta realidad que es en verdad manipulable y adaptable a las necesidades individuales (los gustos son, también, una necesidad), su destino es convertirse en un hombre íntegro, éste es el verdadero objetivo final humano.

La integridad, desde este punto de vista, es un conjunto de contrapartes que permiten al hombre crecer, pensar, crear, destruir y, lo más importante: no sentirse aburrido.


Imagen del maestro Alex Grey