Sintió que abría los ojos, pero no veía absolutamente nada. Sus sentidos todos, excepto el de la vista, se empezaban a recuperar. Podía sentir su propio perfume manchado del sudor de una noche completa, lo que le indicaba que llevaba atado en esa posición más de un día. Lo confirmaba la terrible hambre que perforaba la boca de su estómago. Sus manos, brazos, piernas, pies, cuello, abdomen y pecho, todos amarrados a una superficie plana, como a veinte grados respecto de la vertical. La cuerda, de la más barata, lastimaba su piel, las hebras le daban comezón y sentía una terrible impotencia al no poder rascarse la entrepierna, el cuello, ni siquiera entre las comisuras de sus dedos. Pronto distinguió, al frente suyo, una pequeña luz roja, proveniente de un led. Pronto supo que era su cámara, su cruz de San Andrés perfectamente pulida, sus cuerdas de segunda mano, el olor a hipoclorito de sodio de la marca que él frecuenta, y lentamente, una débil luz roja cuyo brillo aumentaba por un potenciómetro. En efecto, era su propia habitación de tortura.
Una delgada y estilizada silueta de mujer empezaba a notarse a lo lejos. El brillo de la luz, cada vez más potente, reflejaba contra un ajustado y delicioso traje de cuero, que le cubria todo el cuerpo hasta el cuello. Su rostro apenas mostraba dos destellos de luz muy tenue, mezclados con las formas de un rostro maquiavèlico y una sonrisa tan ligera que no podrìa determinar si se trata de placer o de maldad, que en este caso, conducen a las mismas circunstancias. Uno de sus brazos, cubiertos con guantes, apuntaba hacia la cara del antes victimario. El otro se refugiaba detràs del cuerpo de su ama.
Entonces ella asomò ese brazo y mostró un azadón. Lo miró, por unos segundos, cual amante fuera, y de una estocada hirió en un muslo al ya nervioso Mario.
- ¿Porqué matas?
Él no pudo contestar. Estaba petrificado. Recordaba la única vez que el fue sometido. El típico caso de bullying en la escuela primaria. Tres contra uno, costilla rota y ojos hechos tomate, y al final, en su vendetta, sólo uno de ellos conservó un ojo. El dolor del azadón, tanto al entrar como al salir de la carne, lo sentía más en el ojo izquierdo.
Ella tomó la punta del azadón, y de manera muy sensual lamió la sangre que aún le quedaba. Agitó el brazo y en seguida se escuchó el fierro caer. Había una mesa a un costado. Tomó dos agujas, retiró los émbolos y, tomándolas firmemente con las palmas de las manos, las clavó en sus pectorales, sin pasar más allá de la carne. Los tubos se llenaron al instante de sangre. Tomó uno a medio llenar y bebió el contenido. Tomó el otro, completamente lleno, y le dio de beber al dueño. Él se rehusaba. Ella le vació el contenido en el cabello, el cual continuó su camino por todo su rostro.
- ¿Porque matas?
- ¡Por mis bolas! Gritó Mario enojado, pues se sentía intimidada por la espeluznante belleza de su verdugo, por el limpio sadismo con el que era atacado.
Ella alzó la mano y le dio una bofetada. La sangre del cabello aún no tocaba su nariz siquiera, pero ya empezaba a saborear sangre y a sentir flojo un diente.
- ¿Porque matas?
- ¡Por placer, perra!
Enfadada, tomó su rostro con fuerza y le dio un beso. Su aroma le resultaba tan exquisito que le hizo cerrar los ojos. Justo empezaba a sonreir cuando recibió la poderosa patada en sus testículos. Un onomatopeya bastante fuerte lastimó los oidos de los fantasmas de la habitación, mientras una sensación terrible de dolor subía hasta su abdomen.
El sonido de un látigo azotando al suelo empezó a infundarle miedo.
- ¿Porque matas?
- ¡Porque nadie me ama! - Gritaba el sujeto, impotente, clamando por piedad, con lágrimas en los ojos.
Recibió tres azotes en su pecho, dejando unas severas marcas que en cuestión de segundos empezaron a hincharse.
Ella sacó de atrás de la mesa una placa metálica de un metro cuadrado, y la colocó en los pies de su víctima, los cuales ya tocaban el suelo. Conectó un caimán a ella, y otro al azadón. En el otro cabo, había una clavija eléctrica. La enchufó. Deslizó la punta del azadón a lo largo de su pecho, desde el hombro izquierdo hasta el riñón derecho. Él se limitaba a cerrar los ojos y exhalar aire de miedo.
- ¿Porque matas?
- Porque es divertido - Al fin admitió Mario. La sonrisa de Esmeralda, tan sutil y femenina, se acentuó con esta respuesta.
Entonces ella abrió una maleta, sacó una pistola de clavos, la conectó a la corriente y se acercó a Mario. De nuevo, le dio un beso. Él empezó a sentir su malicia, cargada de emociones, las emociones que él mismo sentía cuando mató a todas aquellas personas, hombres y mujeres, tan alejados de la realidad, tan afortunados de encontrarse bajo su tutela, de entrar en el mundo tangible de la mano del sufrimiento infundado en cuerpo y alma.
Ella abrió el pantalón de su traje, y tras dejarse inutilizar por el frenesí de su deseo sexual, unió su cuerpo contra el asesino. Ni siquiera una posición tan incómoda les impidió a ambos disfrutarlo. Ella, porque era el objeto de su cacería. Él, porque sabía que esa deliciosa mujer sería la última sensación placentera de su existencia, el calor de una persona que realmente lo deseara, el trofeo más volátil de su pobre existencia.
Luego de algún rato, cuando terminaron, ella salió del cuarto. La luz blanca de la cocina, al otro lado de la puerta, le hacía sentir a Mario en casa. Pudo escuchar durante quince minutos la regadera y los zapatos andando de un lado a otro en una misma habitación. Quizá había disfrutado de aquella sesión, pero es obvio que para un asesino tan visceral ni siquiera los recuerdos en la piel y en el ser son oportunos para matar a alguien conocido. Ya de regreso, con el mismo traje de cuero negro, aunque ahora húmedo, y con unas pinzas y desarmadores en las manos, destapó la clavija y atornilló los cables desnudos a la soldadora eléctrica. Tomó el bisturí, hizo pequeños cortes en su pecho, y tomó una pequeña botella de jugo de limón que había en la mesa. La abrió, tragó un poco y luego arrojó otro poco a las heridas del sujeto, quien se limitaba a suspirar por el ardor.
Encendió ella el aparato a la mínima potencia, para empezar, tomó el azadón y empezó a acercarse muy despacio. Él, entonces, sonrió de manera que ella pudiera ver. La sonrisa más honesta de su vida. Cerró los ojos y esperó hasta el final.
A la mañana siguiente, Esmeralda ya había limpiado con blanqueador el baño en el que se había duchado. Guardó su sleeping bag, revisó minuciosamente no haber dejado ningun cabello ni huella digital, y se puso guantes de látex. Debía comer un poco antes de irse.
Acudió al refrigerador, sacó la caja de Red Baron, y puso el contenido en un plato. - ¿La ultima rebanada? Ja, dos pizzas en una semana. Tengo que cuidar lo que como de una buena vez - decía mientras apenas sentía un pequeño bultito en su vientre. Un bultito apenas notable de queso y masa preprocesada. Dobló la caja, la tiró en la basura y recogió la memoria USB y las llaves de la habitación de pánico. Mientras la última rebanada se cocinaba en el comal de la estufa, Esmeralda encendió la workstation de su difunto. Tecleó la contraseña, demasiado simplona para un hacker experimentado. Un poco de hurgar entre la carpeta home cifrada y en unos cuantos minutos ya tenía toda la información que buscaba del club de lectura, el cual contaba con doce miembros tan sólo en el área metropolitana. Mas que suficiente para empezar su deporte favorito. Apagó el ordenador y salió respirando tranquila.
Porque era un hecho. Esmeralda no buscaba beneficiar a la sociedad limpiando de podredumbre las calles. No, eso tan sólo era una "canalización de talento". Resulta que hasta el acto del asesinato se ejecuta por llana y simple diversión.
Quise escribir en este espacio una analogía al color rojo. Pude citar la sangre, la carne, los ojos vampíricos, el aroma de la muerte... Pero no. Este blog es rojo porque yo lo deseo. Eso debería bastar.
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17 de noviembre de 2010
16 de noviembre de 2010
Trofeo Volátil (Parte 4)
- Hola - decía Mario, mientras se cambiaba la camisa, aún olorosa a pólvora, pensando en los redondos y bien formados senos de Esmeralda y en la tintorería del día siguiente, que sería muy cara.
- Hola, ¿tienes algo que hacer mañana en la noche? - Preguntó la chica, en un tono más que sugerente, y sin esperar respuesta, continuó - Mañana hay homenaje a Sisters Of Mercy. Nos vemos ahí, y luego iremos a... algún otro lado.
- Así será - decía el tipo, planeando la manera en que debía acomodar sus herramientas de tortura. La mesa forrada en seda negra aún no estaba lista, pues la señora Ágata había ensuciado mucho en esa última sesión. Mario colgó su teléfono con carcasa de fibra de carbono mientras pensaba en los chorros de sangre que salían de la yugular de la Dama mientras apuñalaba su garganta con un escalpelo. Es cierto, el aroma a hembra nerviosa mezclado con sangre fresca y shampoo en en cabello le excitaba demasiado, pero le daba asco el hecho de tener que limpiar todo ese desorden. Las desventajas - decía par sí - de cazar a una persona tan... carnosa. Y no precisamente por obesidad. Quite the contrary.
Finalmente se decidió por su colección de Wegner, que recién había esterilizado el fin de semana. Anotó en la lista del supermercado un paquete de agujas esterilizadas, pues pensaba extraer un poco de sangre para hacer después algunas mezclas con puré de tomate y salsa inglesa, además de que nunca en su vida había cocinado moronga y le provocó mucho la última vez que comió gorditas en aquella fondita.
En la noche surtió la lista del supermercado y compró otra Red Baron, extrañado, ya que no recordaba siquiera haber abierto la caja anterior y ese viernes en la mañana ya estaba en la basura. De paso por el área de electrónicos compró una webcam, el día anterior había visto el trailer de una película porno voyeur y decidió que sería un poco exhibicionista, y subiría el video de su acto a un servidor web en Portugal. Justo en la mañana había descubierto una conexión segura SSH con contraseña "admin" con un troughput de 512kbps, mas que suficiente para un servidor de video.
Se llevó su netbook, la webcam, las agujas, los bisturís, las tijeras para pollo, la soldadora eléctrica, el cable calibre 18 y los focos rojos a la habitación de pánico, y ordenó el resto de la casa, limpiando y perfumando para que no oliera a carne humana guardada. A la mañana siguiente salió a trabajar y no hizo mucho alarde de su incompetencia para trabajar por un bien común, como su prepotencia sugería. En lugar de eso, decidió masturbarse mentalmente con la imagen de Esmeralda, y dejar de pensar en su cuerpo descuartizado. Ya habría suficiente tiempo para ver su fantasía hecha realidad.
En la noche, acudió al bar que había acordado con la mujer. Un abrazo cordial, un saludo sugerente y se introdujeron en esa atmósfera oscura que sugiere el repertorio. Nada fuera de lo común, un poco o un mucho de alcohol, cachondeos a la luz de las velas del bar (en efecto, el bar tenía velas) y algunas miradas perdidas en los ojos del otro. Cualquier expectador podría pensar que esos dos tendrían una de esas típicas noches de sexo brutal de fin de semana.
Su chaqueta de cuero Steve and Barrys, lejos de ser barata, lucía muy bien, pensaba para sí mismo, combinaba excelente con su chamarra negra Chanel con bordados en hilo marrón, a pesar de que no lograba descifrar el casi borroso diseño de éste. Sin embargo, su pantalón nuevo Calvin Klein no luciría muy bien con una mancha de orina en su interior. Dejó con la chica su Dos equis a medio tomar, y fue al baño, algo desconfiado, e incluso pujó intentando que saliera más rápido el líquido dorado. Frente al lavabo había un enorme espejo que dejaba mostrar las tres cuartas partes de su cuerpo. No era un modelo de Men's Health, pero al menos sí mostraba seguridad en sus actos. De la manera más ególatra, verse en el espejo lo excitaba de sobremanera.
De regreso, Temple of Love empezaba a sonar en los enormes altavoces JL. La mirada de Esmeralda ya no era de una chica campirana entusiasmada por nuevas aventuras, sino la de una endemoniada y ninfómana citadina que busca un dealer que pueda satisfacerla en más de un sentido. Pero era obvio que algo la había cambiado su sentido del humor y su líbido. Mario miró a la chica extrañado mientras bebía su aún fría cerveza. Ella sólo sonreía.
Un mareo de pronto invadió su cabeza. No era el alcohol. Ya se lo esperaba, pero no tan cínico. Ella lo había drogado, y no al revés, como se suponía que debía ser. Lentamente cayó en sus brazos, derrumbándose como si el llanto de todas las personas que había asesinado invadieran sus ojos y su conciencia.
Ella solo sonreía.
- Hola, ¿tienes algo que hacer mañana en la noche? - Preguntó la chica, en un tono más que sugerente, y sin esperar respuesta, continuó - Mañana hay homenaje a Sisters Of Mercy. Nos vemos ahí, y luego iremos a... algún otro lado.
- Así será - decía el tipo, planeando la manera en que debía acomodar sus herramientas de tortura. La mesa forrada en seda negra aún no estaba lista, pues la señora Ágata había ensuciado mucho en esa última sesión. Mario colgó su teléfono con carcasa de fibra de carbono mientras pensaba en los chorros de sangre que salían de la yugular de la Dama mientras apuñalaba su garganta con un escalpelo. Es cierto, el aroma a hembra nerviosa mezclado con sangre fresca y shampoo en en cabello le excitaba demasiado, pero le daba asco el hecho de tener que limpiar todo ese desorden. Las desventajas - decía par sí - de cazar a una persona tan... carnosa. Y no precisamente por obesidad. Quite the contrary.
Finalmente se decidió por su colección de Wegner, que recién había esterilizado el fin de semana. Anotó en la lista del supermercado un paquete de agujas esterilizadas, pues pensaba extraer un poco de sangre para hacer después algunas mezclas con puré de tomate y salsa inglesa, además de que nunca en su vida había cocinado moronga y le provocó mucho la última vez que comió gorditas en aquella fondita.
En la noche surtió la lista del supermercado y compró otra Red Baron, extrañado, ya que no recordaba siquiera haber abierto la caja anterior y ese viernes en la mañana ya estaba en la basura. De paso por el área de electrónicos compró una webcam, el día anterior había visto el trailer de una película porno voyeur y decidió que sería un poco exhibicionista, y subiría el video de su acto a un servidor web en Portugal. Justo en la mañana había descubierto una conexión segura SSH con contraseña "admin" con un troughput de 512kbps, mas que suficiente para un servidor de video.
Se llevó su netbook, la webcam, las agujas, los bisturís, las tijeras para pollo, la soldadora eléctrica, el cable calibre 18 y los focos rojos a la habitación de pánico, y ordenó el resto de la casa, limpiando y perfumando para que no oliera a carne humana guardada. A la mañana siguiente salió a trabajar y no hizo mucho alarde de su incompetencia para trabajar por un bien común, como su prepotencia sugería. En lugar de eso, decidió masturbarse mentalmente con la imagen de Esmeralda, y dejar de pensar en su cuerpo descuartizado. Ya habría suficiente tiempo para ver su fantasía hecha realidad.
En la noche, acudió al bar que había acordado con la mujer. Un abrazo cordial, un saludo sugerente y se introdujeron en esa atmósfera oscura que sugiere el repertorio. Nada fuera de lo común, un poco o un mucho de alcohol, cachondeos a la luz de las velas del bar (en efecto, el bar tenía velas) y algunas miradas perdidas en los ojos del otro. Cualquier expectador podría pensar que esos dos tendrían una de esas típicas noches de sexo brutal de fin de semana.
Su chaqueta de cuero Steve and Barrys, lejos de ser barata, lucía muy bien, pensaba para sí mismo, combinaba excelente con su chamarra negra Chanel con bordados en hilo marrón, a pesar de que no lograba descifrar el casi borroso diseño de éste. Sin embargo, su pantalón nuevo Calvin Klein no luciría muy bien con una mancha de orina en su interior. Dejó con la chica su Dos equis a medio tomar, y fue al baño, algo desconfiado, e incluso pujó intentando que saliera más rápido el líquido dorado. Frente al lavabo había un enorme espejo que dejaba mostrar las tres cuartas partes de su cuerpo. No era un modelo de Men's Health, pero al menos sí mostraba seguridad en sus actos. De la manera más ególatra, verse en el espejo lo excitaba de sobremanera.
De regreso, Temple of Love empezaba a sonar en los enormes altavoces JL. La mirada de Esmeralda ya no era de una chica campirana entusiasmada por nuevas aventuras, sino la de una endemoniada y ninfómana citadina que busca un dealer que pueda satisfacerla en más de un sentido. Pero era obvio que algo la había cambiado su sentido del humor y su líbido. Mario miró a la chica extrañado mientras bebía su aún fría cerveza. Ella sólo sonreía.
Un mareo de pronto invadió su cabeza. No era el alcohol. Ya se lo esperaba, pero no tan cínico. Ella lo había drogado, y no al revés, como se suponía que debía ser. Lentamente cayó en sus brazos, derrumbándose como si el llanto de todas las personas que había asesinado invadieran sus ojos y su conciencia.
Ella solo sonreía.
24 de julio de 2010
Trofeo volátil (parte 3)
Mario abrió el refrigerador. Eso que quedaba ahí, al fondo hasta abajo, detrás del six-pack de cervezas, era el pie de la señora Ágata. Era una lástima, que una señora tan deliciosa tuviera una existencia tan finita. Lo puso en la cacerola, a la cual agregó también un poco de arroz (arroz de verdad, mexicano, no estilo oriental) y unos trocitos de tocino que tenía guardados desde la vez pasada que hizo hamburguesas, curiosamente, con los senos molidos de la mujer. Eran algo grasosos, pero si no se enfriaban demasiado conservaban un muy bien sabor. Nada que diez minutos extra de ejercicio el sábado no solucionaran.
Dejó cociendo la pieza con la cacerola tapada y la flama de la estufa al mínimo, para descongelar, y mientras, con la confianza de tener tuberías en buen estado, fue al supermercado para comprar bolillo, que ese día estaba recien salido del horno y había poca gente que lo arrebatara de las canastas. La calidad de ese pan era superior, así que valía la pena llegar un poco tarde al trabajo con tal de tener un buen desayuno. Tomó su teléfono y se conectó a Facebook desde el proxy francés. Esmeralda había dejado un mensaje privado: "HolAaa chICo GuApO Xd tE aKueRDaSssS de MiIIIiiI!??? QuIERo vRTtttEEeeE!". Un poco de hurgar el perfil público de la chica y ya tenía su número de teléfono. Saliendo de trabajar la iba a llamar, para ver si salían a algún lado, un bar no muy concurrido donde la pudiera drogar y sacar sin que preguntaran más allá del estado etílico de la chica. Ya en la tienda, se dio una vuelta por el área de música. Compró la nueva edición de la línea Putumayo de jazz, y se dirigió a comprar su bolillo, unos muffins con mermelada de fresa y un galón de leche, ya que el humor de la pierna de la señora Ágata había cortado de manera muy extraña la que había en el refrigerador. También compró un desinfectante Arm & Hammer, pues la cocina en general era toda una fuente orgiástica de ácido desoxirribonucléico.
En el trabajo, se enteró que su jefe anterior había sido despedido. Mario había acertado en entrar a esas páginas de porno infantil por medio de una conexión SSH a la débilmente protegida estación de trabajo del tipo. Eugenio, el más experimentado de todos, sería ahora el nuevo jefe de trabajo. En esa empresa, se trabajaba de manera muy rara: no había jefes, sino editores. Todo mundo se ponía a leer el código de otros. Mario se limitaba a compilar y correr, si funcionaba no decía nada, y casi todos sus comentarios eran sobre la estética y funcionalidad de las aplicaciones finales. Y ahora que el calvito estaba al frente y lo manipulable que era, sería más fácil alejarse del trabajo apelando a la incompetencia del líder. De todos modos, en dos semanas planeaba hacer lo de los bombones. Una vez, cuando recién empezaba a trabajar en la empresa, fue a su casa, y tenía una copia original de Red Hat Linux Enterprise 4 en su vitrina, al lado de un disco de Ubuntu 6.06, el primero que salió al público, y una Commodore 64 impecable con, según le había mostrado aquella vez, Linux Kernel 2.6.27, totalmente funcional. Para una persona normal no significa nada, pero para Eugenio era lo máximo. Y de un tiempo para acá a Mario le complacía hacerse de los placeres de otras personas. Quizá porque a él ya no le satisfacía nada.
Se le fue el tiempo pensando en cómo podría lucir la cara de Eugenio si supiera que esos discos de software terminarían de freezbees, apuntados hacia las comisuras de los labios de alguna chica, o incluso de la misma Esmeralda, y que una vez manchados en sangre su paradero sería un bote de basura bañada en cloro, o cal, si es que contenía restos de intestinos.
De noche, no podía dormir. Cargó un rifle SMG con silenciador que tenía en la caja fuerte, se movió al norte de la ciudad en autobús, subió a uno de los edificios abandonados de la colonia Palestra, ajustó la mira de francotirador y disparó unos cuantos tiros a una señora que se estaba bañando a dos cuadras de distancia. Tiros limpios desde su ventana hasta la ventana del baño de la señora que daba al patio trasero, totalmente descubierto. Cuatro disparos bastaron para quebrarle el cráneo. La calle gritaba el clamor de la noche de vísperas de fin de semana. Mario se quedó viendo por la mirilla al cadáver por un largo rato. Una niña entró y vió el cuerpo de su madre tirada, ensangrentada, los senos cubiertos en jabón, el cabello sin terminar de enjuagar y una última lágrima cuando la pequeña empezó a gritar desesperada. El tirador recogió los casquillos, bajó un piso y disparó con acierto, y de un solo disparo, al foco del baño. La niña pareció callarse. La oscuridad ocultaba apropiadamente su triste realidad de huérfana (al día siguiente, el periódico revelaría que no había hombres en la casa).
Por un momento, Mario pareció darse cuenta de su realidad, y se sintió mal por haberle mostrado a la pequeña ese pequeño tormento, oculto, pero presente. Recogió el quinto casquillo, caminó unas cuadras y tomó un taxi a su casa, mientras llamaba a Esmeralda.
Dejó cociendo la pieza con la cacerola tapada y la flama de la estufa al mínimo, para descongelar, y mientras, con la confianza de tener tuberías en buen estado, fue al supermercado para comprar bolillo, que ese día estaba recien salido del horno y había poca gente que lo arrebatara de las canastas. La calidad de ese pan era superior, así que valía la pena llegar un poco tarde al trabajo con tal de tener un buen desayuno. Tomó su teléfono y se conectó a Facebook desde el proxy francés. Esmeralda había dejado un mensaje privado: "HolAaa chICo GuApO Xd tE aKueRDaSssS de MiIIIiiI!??? QuIERo vRTtttEEeeE!". Un poco de hurgar el perfil público de la chica y ya tenía su número de teléfono. Saliendo de trabajar la iba a llamar, para ver si salían a algún lado, un bar no muy concurrido donde la pudiera drogar y sacar sin que preguntaran más allá del estado etílico de la chica. Ya en la tienda, se dio una vuelta por el área de música. Compró la nueva edición de la línea Putumayo de jazz, y se dirigió a comprar su bolillo, unos muffins con mermelada de fresa y un galón de leche, ya que el humor de la pierna de la señora Ágata había cortado de manera muy extraña la que había en el refrigerador. También compró un desinfectante Arm & Hammer, pues la cocina en general era toda una fuente orgiástica de ácido desoxirribonucléico.
En el trabajo, se enteró que su jefe anterior había sido despedido. Mario había acertado en entrar a esas páginas de porno infantil por medio de una conexión SSH a la débilmente protegida estación de trabajo del tipo. Eugenio, el más experimentado de todos, sería ahora el nuevo jefe de trabajo. En esa empresa, se trabajaba de manera muy rara: no había jefes, sino editores. Todo mundo se ponía a leer el código de otros. Mario se limitaba a compilar y correr, si funcionaba no decía nada, y casi todos sus comentarios eran sobre la estética y funcionalidad de las aplicaciones finales. Y ahora que el calvito estaba al frente y lo manipulable que era, sería más fácil alejarse del trabajo apelando a la incompetencia del líder. De todos modos, en dos semanas planeaba hacer lo de los bombones. Una vez, cuando recién empezaba a trabajar en la empresa, fue a su casa, y tenía una copia original de Red Hat Linux Enterprise 4 en su vitrina, al lado de un disco de Ubuntu 6.06, el primero que salió al público, y una Commodore 64 impecable con, según le había mostrado aquella vez, Linux Kernel 2.6.27, totalmente funcional. Para una persona normal no significa nada, pero para Eugenio era lo máximo. Y de un tiempo para acá a Mario le complacía hacerse de los placeres de otras personas. Quizá porque a él ya no le satisfacía nada.
Se le fue el tiempo pensando en cómo podría lucir la cara de Eugenio si supiera que esos discos de software terminarían de freezbees, apuntados hacia las comisuras de los labios de alguna chica, o incluso de la misma Esmeralda, y que una vez manchados en sangre su paradero sería un bote de basura bañada en cloro, o cal, si es que contenía restos de intestinos.
De noche, no podía dormir. Cargó un rifle SMG con silenciador que tenía en la caja fuerte, se movió al norte de la ciudad en autobús, subió a uno de los edificios abandonados de la colonia Palestra, ajustó la mira de francotirador y disparó unos cuantos tiros a una señora que se estaba bañando a dos cuadras de distancia. Tiros limpios desde su ventana hasta la ventana del baño de la señora que daba al patio trasero, totalmente descubierto. Cuatro disparos bastaron para quebrarle el cráneo. La calle gritaba el clamor de la noche de vísperas de fin de semana. Mario se quedó viendo por la mirilla al cadáver por un largo rato. Una niña entró y vió el cuerpo de su madre tirada, ensangrentada, los senos cubiertos en jabón, el cabello sin terminar de enjuagar y una última lágrima cuando la pequeña empezó a gritar desesperada. El tirador recogió los casquillos, bajó un piso y disparó con acierto, y de un solo disparo, al foco del baño. La niña pareció callarse. La oscuridad ocultaba apropiadamente su triste realidad de huérfana (al día siguiente, el periódico revelaría que no había hombres en la casa).
Por un momento, Mario pareció darse cuenta de su realidad, y se sintió mal por haberle mostrado a la pequeña ese pequeño tormento, oculto, pero presente. Recogió el quinto casquillo, caminó unas cuadras y tomó un taxi a su casa, mientras llamaba a Esmeralda.
30 de junio de 2010
Trofeo volátil (Parte 2)
Tomó el vaso de la licuadora, puso un diente de ajo, un poco de mantequilla (a falta de aceite de oliva), sal, pimienta, almendras molidas, chiles chipotle y caldo de pollo. Treinta segundos a velocidad baja y despues a freir en la cacerola. Agregó las costillas de la señora Ágata, aquellas donde alguna vez estuvieron sus preciosos y redonditos senos, esperó a que marinaran bien, arrancó la carne, limpió los huesos a punta de mordida y con la carne se preparó unas ricas quesadillas con pico de gallo. Una taza de café de olla, ponerse la camisa blanca con rayas grises Aldo Conti (una camisa corriente para un martes corriente) y se fue a trabajar.
De nuevo, lidiando con la estúpida máquina y la pésima instalación de Oracle Database en la máquina previrtualizada de Solaris. Mario se levantó fúricamente a con el pobre de Eugenio, que ya ni un cabello le quedaba y ese estómago de ballena no le favorecía al botón de su saco, y le pidió los discos de instalación para poder crear su propia máquina virtual. "Hay maneras más constructivas de perder el tiempo", le decía mientras le arrebataba los discos de la mano y se disponía regresar a su labor. Mientras se compilaban los códigos fuente, miraba al segundo monitor, divagando en su correo mientras pensaba la manera de usar apropiadamente toda esa grasa que extraería del estómago de Eugenio, quizá haría un hornito con una caja de zapatos y papel aluminio, e intentaría prenderla mezclada en un poco de alcohol sólido y usando sus lentes de amplificador de luz. Si asara bombones no tendrían el sabor más dulce del mundo, pero al menos su mera existencia habría tenido algo de provecho, en el fogón de Mario.
Una vez importada la base de datos de prueba, se disponía al diseño del intérprete SQL cuando su extensión telefónica sonó. Estaba medio adormilado, su brazo cayó pesadamente sobre el auricular, antes de llevarlo a su mejilla. "Esta noche hay reunión del club de lectura. Te esperamos". Mario aborrecía los clubes de lectura. La única manera por la cual se unió a dicho club era porque sus colegas se ayudaban mutuamente a la hora de limpiar los asesinatos que cometían. Pero no le gustaba, de ninguna manera, tener que compartir sus guisos con nadie, mucho menos con el imbécil japonés de Mérida, ya que siempre salía con su estupidez de agregar toques dulces y soya a los lomos. Simplemente la comida oriental lo aburría, y una lengua sofrita con soya y brócoli no era lo mismo a una lengua hecha al más puro estilo mexicano, como su abuelo le enseñó a hacer justo antes de que la esmeriladora del taller fuera a dar a su omóplato derecho y avanzado hacia su maxilar inferior, desangrándolo por completo.
Saliendo de trabajar, se dirigió en su motoneta a la Biblioteca municipal. Dio la vuelta a la manzana para entrar por la parte de atrás, donde un musculoso hombre de color cuidaba la entrada, vestido con una clásico suéter con cuello de torguga, comprado en algún autoservicio. El libro de la noche era Santo y seña, Marco Polo, de William Buckley. Mario lo mostró y el hombre descruzó los brazos y le abrió el portón metálico. La luz era tenue, olía a menudo de hombre mediano. Es un buen caldo, pero la costumbre hace perder el encanto. De nuevo, a jugar póker mientras las tripas se terminaban de cocer y el oriental preparaba un mediocre arroz a la poblana, nada apropiado considerando los pimientos dulzones mezclados con la cebolla picada y el orégano del caldo.
Más tarde, llegó a su casa. Estaba tan cansado y fastidiado que tan sólo llegó a prender la computadora, para ver de nuevo su correo. Esmeralda, chica guapa de la semana, lo había agregado en Facebook, según decía el navegador. Mario no recordaba siquiera haberle enviado petición de amigos. Tan sólo apagó de nuevo el ordenador y se fue a la cama.
Mientras tanto, las voces seguían atormentando sus pesadillas. Esta vez decía algo más concreto: Ya han secado... ya han secado...
De nuevo, lidiando con la estúpida máquina y la pésima instalación de Oracle Database en la máquina previrtualizada de Solaris. Mario se levantó fúricamente a con el pobre de Eugenio, que ya ni un cabello le quedaba y ese estómago de ballena no le favorecía al botón de su saco, y le pidió los discos de instalación para poder crear su propia máquina virtual. "Hay maneras más constructivas de perder el tiempo", le decía mientras le arrebataba los discos de la mano y se disponía regresar a su labor. Mientras se compilaban los códigos fuente, miraba al segundo monitor, divagando en su correo mientras pensaba la manera de usar apropiadamente toda esa grasa que extraería del estómago de Eugenio, quizá haría un hornito con una caja de zapatos y papel aluminio, e intentaría prenderla mezclada en un poco de alcohol sólido y usando sus lentes de amplificador de luz. Si asara bombones no tendrían el sabor más dulce del mundo, pero al menos su mera existencia habría tenido algo de provecho, en el fogón de Mario.
Una vez importada la base de datos de prueba, se disponía al diseño del intérprete SQL cuando su extensión telefónica sonó. Estaba medio adormilado, su brazo cayó pesadamente sobre el auricular, antes de llevarlo a su mejilla. "Esta noche hay reunión del club de lectura. Te esperamos". Mario aborrecía los clubes de lectura. La única manera por la cual se unió a dicho club era porque sus colegas se ayudaban mutuamente a la hora de limpiar los asesinatos que cometían. Pero no le gustaba, de ninguna manera, tener que compartir sus guisos con nadie, mucho menos con el imbécil japonés de Mérida, ya que siempre salía con su estupidez de agregar toques dulces y soya a los lomos. Simplemente la comida oriental lo aburría, y una lengua sofrita con soya y brócoli no era lo mismo a una lengua hecha al más puro estilo mexicano, como su abuelo le enseñó a hacer justo antes de que la esmeriladora del taller fuera a dar a su omóplato derecho y avanzado hacia su maxilar inferior, desangrándolo por completo.
Saliendo de trabajar, se dirigió en su motoneta a la Biblioteca municipal. Dio la vuelta a la manzana para entrar por la parte de atrás, donde un musculoso hombre de color cuidaba la entrada, vestido con una clásico suéter con cuello de torguga, comprado en algún autoservicio. El libro de la noche era Santo y seña, Marco Polo, de William Buckley. Mario lo mostró y el hombre descruzó los brazos y le abrió el portón metálico. La luz era tenue, olía a menudo de hombre mediano. Es un buen caldo, pero la costumbre hace perder el encanto. De nuevo, a jugar póker mientras las tripas se terminaban de cocer y el oriental preparaba un mediocre arroz a la poblana, nada apropiado considerando los pimientos dulzones mezclados con la cebolla picada y el orégano del caldo.
Más tarde, llegó a su casa. Estaba tan cansado y fastidiado que tan sólo llegó a prender la computadora, para ver de nuevo su correo. Esmeralda, chica guapa de la semana, lo había agregado en Facebook, según decía el navegador. Mario no recordaba siquiera haberle enviado petición de amigos. Tan sólo apagó de nuevo el ordenador y se fue a la cama.
Mientras tanto, las voces seguían atormentando sus pesadillas. Esta vez decía algo más concreto: Ya han secado... ya han secado...
28 de junio de 2010
Trofeo volátil (Parte 1)
Ya eran más de las tres de la mañana y Mario aún se encontraba destazando a la señora Ágata. Era una buena vecina, tenía un cuerpo tierno y excepcional a sus cuarenta y seis años. Pero eso no impedía que sus ligamentos fueran tan elásticos y resistentes como el recto de un cerdo. Ni se diga masticarlos una vez cocinados. Después de todo, enero es un mes bastante propicio para conservar las menudencias y huesos a la hora de cocinar caldos. Y, mejor aún, una olla esconde mejor una evidencia tan arriesgada (vamos, se trataba de la vecina del departamento de arriba) que una parrilla. Aunque al final todo iba a parar al estómago de nuestro protagonista.
Así que terminó y, después de haber limpiado con blanqueador la "habitación del miedo", tomó una ducha, quemó el filtro del desague que él mismo había instalado para filtrar la sangre, y se retiró a dormir. Iba a ser un lunes muy atareado, pues tenía que entregar el avance del gestor de base de datos que se le había asignado y tenía que estar fresco para exponer ante el grupo de trabajo. Para su fortuna, implementar una clase en JSP para leer una base de datos en SQL no era nada del otro mundo, no mientras el cliente no exigiera mas que entrada y salida de registros fijos.
Dicho y hecho, el lunes expuso su idea de un módulo, una sola clase que ejecutara todas las peticiones del cliente sin tener que recurrir a distintos módulos separados que "desunificaran" la secuencia de programación de los desarrolladores. Incluso vistió corbata, la cual compró exclusivamente para la ocasión, una Federico Zegna azul marino con rayas amarillas. Definitivamente llamaba la atención e inspiraba carisma. Pero el jefe de desarrolladores insistió en que trabajar de ese modo era una pérdida de tiempo, argumentando que el tiempo de ejecución se vería severamente afectado ante la petición de muchos clientes, ya que el servidor tendría que tener abiertas múltiples instancias del módulo para poder atender a todas las peticiones, y ya que el programa sería muy extenso, se necesitaría un servidor con capacidades que la empresa no estaría dispuesta a pagar. Y menos considerando que el servidor que tenían instalado era una computadora de escritorio HP con 2GB de RAM, lo cual les parecía un hardware bastante robusto, incluso tratándose de una computadora de hogar.
El jefe no menospreció a Mario ni mucho menos. Pero se sintió brutalmente ofendido. Antes de salir de trabajar, se conectó con un proxy europeo a la base de datos del IMSS y extrajo información de una guapa agente de ventas de Epson que le había dejado su tarjeta el viernes pasado. Decidió que era una oportunidad de sacarse el estrés de encima, así que reunió sus datos en su memoria encriptada, apagó su estación y salió a realizar las compras. Compró una pizza Red Baron congelada, unos nuggets de pollo, un litro de blanqueador, medio galón de agua purificada, una botella de vino chileno, un kilo de sal de mesa, queso ranchero, chipotles y tortillas integrales. Una dieta que nada beneficiaba su cutis, excepto porque ese día iba a comer carne fresca.
Así que llegó a su casa, puso a calentar el caldo, agregó unos chiles y, en lo que terminaba de cocerse la señora Ágata, se preparó unas quesadillas, se sirvió una copa de su nuevo vino, la mezcló con un caballito de vodka que quedaba en la licorera debajo de su almohada y se sentó frente a su computadora a leer la información que había descargado.
Era un escritorio bastante ordenado. Tres monitores, uno LED y dos de cristal líquido, conectados a una Mac Pro, teclado y mouse inalámbricos usualmente guardados en el cajón de enmedio, y un sencillo sistema de sonido para escuchar música. Una foto de un gato negro, su primer gato (su primer asesinato) y una llave digital de Porsche, adaptada para abrir la habitación del miedo.
En el monitor de la derecha aparecía la lista de novedades de sus amigos en Facebook, el de la izquierda permanecía apagado, y el del centro desplegaba el historial médico de la señorita Juárez. Esmeralda, se llamaba. Bonito nombre para bonita mujer de veintitrés años. Carrera técnica, aborto reciente, recetas de antidepresivos, cauterización de cuello a los ocho por una cortada en un accidente automovilístico y una atención médica precaria. A Mario le gustaba leer de derecha a izquierda, de abajo para arriba. Tez blanca, cabello castaño, ojos cafés oscuro, 1.70, y a juzgar por la mirada de la credencial de elector, una vida simple pero decorosa. El estereotipo de la mujer que trata de sobrevivir la cotidianeidad a través de grupos religiosos y drogas suaves, que trabaja arduamente para demostrarle a no se quien no se qué, y que llega a su casa todas las noches a cenar una pieza de pan dulce y a conciliar el sueño pensando en lo patética que es su vida al intentar no ser patética.
Mario terminó de escribir el parser de Excel 2007 para PHP que tenía pendiente de la semana pasada y se fue a dormir.
Una voz le gritaba, muy al fondo. Le pedía compasión. Estaba oscuro. Mario corría, buscando esa voz. No sabía si era una de sus víctimas pasadas o era la última novia que tuvo, a la cual le taladró la garganta con una broca 5/16, sin darle tiempo siquiera para suplicar por su vida. El trozo de diente que brincó a su párpado izquierdo aún le lastimaba. Pero esta vez sentía la sangre correr hacia su boca. Era extraño, la sangre sabía a naftalina, y conforme bebía, la voz gritaba más fuerte.
Mario despertó empapado en sudor frío. Se levantó a darse un regaderazo mientras pensaba en la metáfora de su sueño. Eran las dos de la mañana. Aún quedaba tiempo de dormir bien.
Así que terminó y, después de haber limpiado con blanqueador la "habitación del miedo", tomó una ducha, quemó el filtro del desague que él mismo había instalado para filtrar la sangre, y se retiró a dormir. Iba a ser un lunes muy atareado, pues tenía que entregar el avance del gestor de base de datos que se le había asignado y tenía que estar fresco para exponer ante el grupo de trabajo. Para su fortuna, implementar una clase en JSP para leer una base de datos en SQL no era nada del otro mundo, no mientras el cliente no exigiera mas que entrada y salida de registros fijos.
Dicho y hecho, el lunes expuso su idea de un módulo, una sola clase que ejecutara todas las peticiones del cliente sin tener que recurrir a distintos módulos separados que "desunificaran" la secuencia de programación de los desarrolladores. Incluso vistió corbata, la cual compró exclusivamente para la ocasión, una Federico Zegna azul marino con rayas amarillas. Definitivamente llamaba la atención e inspiraba carisma. Pero el jefe de desarrolladores insistió en que trabajar de ese modo era una pérdida de tiempo, argumentando que el tiempo de ejecución se vería severamente afectado ante la petición de muchos clientes, ya que el servidor tendría que tener abiertas múltiples instancias del módulo para poder atender a todas las peticiones, y ya que el programa sería muy extenso, se necesitaría un servidor con capacidades que la empresa no estaría dispuesta a pagar. Y menos considerando que el servidor que tenían instalado era una computadora de escritorio HP con 2GB de RAM, lo cual les parecía un hardware bastante robusto, incluso tratándose de una computadora de hogar.
El jefe no menospreció a Mario ni mucho menos. Pero se sintió brutalmente ofendido. Antes de salir de trabajar, se conectó con un proxy europeo a la base de datos del IMSS y extrajo información de una guapa agente de ventas de Epson que le había dejado su tarjeta el viernes pasado. Decidió que era una oportunidad de sacarse el estrés de encima, así que reunió sus datos en su memoria encriptada, apagó su estación y salió a realizar las compras. Compró una pizza Red Baron congelada, unos nuggets de pollo, un litro de blanqueador, medio galón de agua purificada, una botella de vino chileno, un kilo de sal de mesa, queso ranchero, chipotles y tortillas integrales. Una dieta que nada beneficiaba su cutis, excepto porque ese día iba a comer carne fresca.
Así que llegó a su casa, puso a calentar el caldo, agregó unos chiles y, en lo que terminaba de cocerse la señora Ágata, se preparó unas quesadillas, se sirvió una copa de su nuevo vino, la mezcló con un caballito de vodka que quedaba en la licorera debajo de su almohada y se sentó frente a su computadora a leer la información que había descargado.
Era un escritorio bastante ordenado. Tres monitores, uno LED y dos de cristal líquido, conectados a una Mac Pro, teclado y mouse inalámbricos usualmente guardados en el cajón de enmedio, y un sencillo sistema de sonido para escuchar música. Una foto de un gato negro, su primer gato (su primer asesinato) y una llave digital de Porsche, adaptada para abrir la habitación del miedo.
En el monitor de la derecha aparecía la lista de novedades de sus amigos en Facebook, el de la izquierda permanecía apagado, y el del centro desplegaba el historial médico de la señorita Juárez. Esmeralda, se llamaba. Bonito nombre para bonita mujer de veintitrés años. Carrera técnica, aborto reciente, recetas de antidepresivos, cauterización de cuello a los ocho por una cortada en un accidente automovilístico y una atención médica precaria. A Mario le gustaba leer de derecha a izquierda, de abajo para arriba. Tez blanca, cabello castaño, ojos cafés oscuro, 1.70, y a juzgar por la mirada de la credencial de elector, una vida simple pero decorosa. El estereotipo de la mujer que trata de sobrevivir la cotidianeidad a través de grupos religiosos y drogas suaves, que trabaja arduamente para demostrarle a no se quien no se qué, y que llega a su casa todas las noches a cenar una pieza de pan dulce y a conciliar el sueño pensando en lo patética que es su vida al intentar no ser patética.
Mario terminó de escribir el parser de Excel 2007 para PHP que tenía pendiente de la semana pasada y se fue a dormir.
Una voz le gritaba, muy al fondo. Le pedía compasión. Estaba oscuro. Mario corría, buscando esa voz. No sabía si era una de sus víctimas pasadas o era la última novia que tuvo, a la cual le taladró la garganta con una broca 5/16, sin darle tiempo siquiera para suplicar por su vida. El trozo de diente que brincó a su párpado izquierdo aún le lastimaba. Pero esta vez sentía la sangre correr hacia su boca. Era extraño, la sangre sabía a naftalina, y conforme bebía, la voz gritaba más fuerte.
Mario despertó empapado en sudor frío. Se levantó a darse un regaderazo mientras pensaba en la metáfora de su sueño. Eran las dos de la mañana. Aún quedaba tiempo de dormir bien.
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