13 de diciembre de 2008

Burlesque Callejero


La lluvia cae, como en telenovela,
al mando único de tu frío menguante,
frío que sólo cede ante una ira: la mía.
Frío que sólo cede ante el temor constante.

Tus labios, felantes, arden como el queroseno.
No hay unguento que pueda siquiera
aliviar lo amargo de tu saliva licuada.
no existe cura para un alma perversa.

Eres recurso de fuente inagotable.
El humano compra, y paga bien por tí.
Contigo el mercado es próspero y rentable,
pues no consumes ni eres pedante
ante los ojos de alguien idiotizable.
Pero sé que te pesa el mutismo perfecto.
Sé que te pesa eso que siempre soñaste.
Haber sido desvirgada por tu propio orgullo,
el no tener más sentido en una obra de arte.

Mis poesías, tristemente, carecen de valor alguno.
Mis esfuerzos dedicados a una mentira nocturna
sólo serán pagados con la sangre tuya,
pues no habrá otra que endulce mi amargura.

Con la preciosa oscuridad te codeas,
te ufanas, te burlas y al humano insultas,
te has adueñado del burlesque callejero, 
la parodia innegable de todas las culturas.
Tu rostro oscila en busca de poesía pútrida.
No encuentras sosiego ni en la pasividad diurna.
No hay religión que pueda redimirte,
pues eres la más puta entre las putas.


   Tuve que recurrir a una mentira para descubrir su verdad.

6 de diciembre de 2008

Si he de volver, que valga la pena...

Estoy cambiando la apariencia de este espacio. Espero les agrade, pues es para ustedes.

Adorable necrofilia

Te extraño, amada mía.

Extraño esa mirada coqueta y penetrante. Esas manos de monja dedicada por completo a la cocina. No preguntes porqué la metáfora. Ese intento de vientre plano, tan fodongo e hipócrita como cualquier mujer de tu edad, tan excitante como cualquier mujer de tu edad. Tu cabello deprimido, desaliñado, maltratado, intentando alcanzar el suelo. Tus labios partidos por el frío, tan sólo humedecidos por esa expresión que el deseo suele conseguir. Tus piernas flacas y firmes, tiernas como trasero de bebé.

Extraño el descaro con que me sonreías, tus palmadas de desapruebo en mi cabeza cuando te contaba un chiste tonto, o tus caricias hipócritas cuando te contaba mis penas. Extraño la última lágrima que alguna vez deseé ver, extraño tus penas y tus idioteces, que para mí aún ausente siguen teniendo sentido.

Extraño el vaivén de tu cuerpo en el aire, meciendote como un péndulo que no oscila, un péndulo que no sirve... pero lleva ritmos frenéticos dentro de sí. Extraño la más podrida de las uñas de tus pies, la firmeza de tus pulgares sobre mi vientre cuando intentabas lastimarme, aún cuando fingiera dolor.

Pero, a decir verdad, extraño más tus gemidos. Nunca me importó si eran de dolor, de placer, de hastío, de júbilo o simple voluntad. Nunca me importó si era el sonido de mi pene embistiéndote, chapoteando entre tus nalgas, o el sonido de mi taladro jugueteando con la carne de tu brazo. Nunca me importó si era el dolor de las cuerdas baratas, asiéndote desde el techo de mi habitación, o eran mis dedos palpando todo lo que encontraban en el camino entre tu entrepierna y tu boca.

Nunca me importó saber si tus gemidos provenían de ese transformador de corriente, cuyo efecto paralizante compartían nuestros cuerpos a través de nuestros fluídos, o de la impotencia de saber que tu acelerado corazón expulsaba lentamente toda tu sangre por tu femoral izquierda, mientras yo me divertía dandote toquecitos eléctricos con mi lengua sobre tus oídos.

Nunca supe saber si tus gritos, olorosos a inanición, eran una señal de deseo, como el que yo te profesaba, o era el preludio a tu indeseada muerte. Muerte que, siendo sinceros, ninguno de los dos estaba dispuesto a evitar.

Nunca supe si tenías la suficiente energía para sentir ese último orgasmo, esa última presurización de tu vientre que terminó de transmitir tus últimas gotas de sangre a tu constipada vagina, si aún quedaba oxígeno en tu cerebro para sentirlo, aún si ya había bloqueado el flujo sanguíneo hacia tus extremidades, para que no perdiera el tiempo buscando...

Sin embargo, yo si lo sentí. Contracciones débiles, pero contracciones al fin.

Sentí tu última exhalación en mi oreja, mientras te abrazaba, mientras te cabalgaba, mientras bañaba tu espalda con la sangre de tu pierna, mientras sentía lo aterciopelado de la sangre seca entre tu piel y la mía.

Sentí tu último intento de grito. Ha sido el sonido más melodioso y ensordecedor de mi asquerosa vida.

Pero necesito más que ese último trapo con el que limpié tus genitales y tus labios salivosos.


Te extraño.


 
Ella es Gabriela de la Garza

5 de diciembre de 2008

Volveré...

Cuando dejen de ver esta entrada en primer plano, mi retorno habrá sido definitivo.
Afortunada o desafortunadamente, mis labores, por muy provechosas que hayan sido, están a punto de terminar.

Pido disculpas a todos aquellos a quienes leo y he abandonado, y prometo compensar mi ausencia.

Volveré siendo el peor pero más entusiasta de los escritores amateurs, y volveré siendo el más pasional lector.

Gracias a aquellos que se han dado una vuelta en este horrible pero cálido espacio, el espacio de los humanos.


Al Hrrera, su maldito servidor.

2 de noviembre de 2008

El Resucitador

Isaías Velasco era una persona muy solicitada en la ciudad de París. Era una de esas personas que la gente quería no por lo que era sino por lo que hacía.

Exiliado de alguna extraña y desconocida manera de Colombia, Isaías no tenía problema alguno para pasar desapercibido entre la gente, como el personaje más famoso de Suskind. Personalidad indefinida, naturalmente, como todo aquel que carece de dotes artísticos. Quizá eso lo llevó a admirar y tener la oportunidad de "traer de vuelta" a personajes de la talla de Jean Monnet o el mismísimo Hitler (las circunstancias de su segunda muerte son algo de lo que me ocuparé quizá después).

La cultura pop lo extasiaba, decía con una seguridad propia de los políticos que el pop europeo era superior al americano. Así de grande era su ingenuidad, y así de fácil era convencerlo de revivir a un timador de alta categoría o a un asesino serial, encargos, naturalmente, de mentes psicópatas o dispuestas a divertirse a cambio de soltar unos cuantos euros.

Había decidido quedarse rondando los alrededores de Francia porque es, pues, "la cuidad del amor": incluso si ese amor cuesta y consta sólo de una fría y reseca vagina y unos cuantos gemidos de a medio euro cada uno. Después de todo, él era un consumidor muy bueno, uno de tantos que le hacen un gran favor a la economía underground en ese país como en cualquier otro.

La vida, pues, le resultaba algo digno de alabanza, algo digno de recuperar una vez que se hubiera perdido. A pesar de todo, se declaraba un hombre muy práctico, y no le importaba la metodología sino los resultados de sus trabajos. No le importaba meterse con un enfurecido Satanás o con un autodesangramiento que le pudiera costar la vida, que evidentemente, no podría recuperar por sí mismo una vez muerto. Como en toda película o serie de televisión de paga, su satisfacción era ver unos segundos la satisfacción de quien le encargaba el  "trabajo" y después de recibir el generoso cheque o los billetes prostituídos, salir a la calle a contemplar las calles aledañas al Sena, o contemplar a lo lejos el hermoso brillo de la luna sobre la géoda del novísimo parque de La Villete. "Se trata de París, finalmente", decía para sí mientras apartaba el dinero para la puta del día.

Otra de las tantas razones por las que se dedicaba a tan "hermosa" tarea era porque en la rara trancisión entre la muerte y la vida, mientras la carne se reconstituía sobre los rostros huesudos y la humedad coloraba las pieles olorosas a moho, los conocimientos traspasaban su mente. Podía leer las mentes de los muertos. Todos, grandes pensadores, grandes artistas o grandes criminales, tenían un gusto por la vida y una fijación por la realidad que simplemente contagiaban al cada vez más mermado de mente Isaías. El pobre andaba por ahí con un brillo en los ojos digno de un chiquillo de seis.

Isaías se sentía un hombre poderoso, íntegro. La sonrisa en su boca, tan indefinida y común como su rostro, hacía dudar a los insectos nocturnos sobre su superioridad.

Finalmente, el destino, si existe tal, decidió un buen día acabar con la farsa de apellido Velasco.

Ese buen día, lunes por la noche, un excéntrico de buen gusto en el vestir y mal gusto en las bebidas (condición que notó el ejecutante por el aliento) llevó un cadáver no muy viejo. Esto suponía una ventaja para Velasco, pues el olor y el aspecto no debían ser tan, digamos, jugosos, dependiendo del cementerio donde hubiese estado.

Contempló los ojos del inmolado un momento, quizá para determinar el procedimiento adecuado, y después de unos instantes pidió a su cliente que saliera del cuarto. Era un cuarto oscuro, tal cual, de algún fotógrafo extraviado que nunca más volvió. Isaías, muy práctico, utilizaba los focos rojos que aún quedaban entre el equipo para iluminar el cuarto, lo cual le daba un ambiente tétrico, o más bien, apantallante. Era un discreto truco mercadotécnico.

Cerró los ojos, con sus manos encima del pecho del cuerpo inmóvil, como quien se dispusiese a realizar un masaje cardíaco, y con una gran serenidad (hipócrita) en su alma pero con gran escándalo en su garganta, invocó a no se que maldito dios nórdico. Él mismo no creía en divinidades ni mucho menos. Sin embargo, funcionaba, y por ello lo hacía con empeño.

El momento llegaba, poco a poco. La carne volvía a su sitio, proveniente de la nada. Los huesos se volvían a calcificar, tomaban firmeza. Un rostro viejo y canoso tomaba forma, abría la boca en pro del miedo, y temblaba su vista en torno a lo desconocido (debió serlo, pues una experiencia así es, quizá, como volver a nacer). Y, con el transcurrir de los segundos, la mente del cadáver atravesaba como metralla los ojos y oídos de Isaías.

Uno tras otro, tópicos tan dispares, y a la vez, tan concordantes, traspasaban su mente como créditos de películas. Letras, historia, filósofos, corrientes. Hasta ahí todo iba bien.

Columnas en periódicos, revistas, boletines, críticas, sollozos, aislamiento, renovación y lectura. Era evidente que se trataba de un hombre de letras. Isaías no lo consideró peligroso.

La sangre del ex-cadáver daba un poco de color a la vieja piel del anciano.

Entonces, brutalmente, fue acribillado por el terror. Existencialismo, post-modernismo, HIPERREALIDAD, teoría del consumismo, pensamiento, en el fondo, anti-pop. "¿Qué demonios...?" Se sintió ofendido. Un cosquilleo pululaba en el labio superior del resucitador. Se sacó la lengua para confirmar que era sangre. Se estaba mareando terriblemente. Estaba muriendo.

Simulacro...  ilusión... crítica fortísima a la cultura... simulacro... guerra del Golfo falsa... hiperrealidad... consumismo... redes sociales virtuales... internet... telefonía celular... simulacro... tamagochis... simulacro... simulacro... simulacro... MUERTE... ¿Muerte...?

Baudrillard se levantó, lentamente, de su lecho de resucitación. Cuando se acostumbró a la luz roja, pudo ver el cadáver fresco de un joven de rostro y aroma indefinidos, tan sólo distinguible por la mueca de terror que caracteriza a aquellos cuyo mundo se ha derrumbado.

Baudrillard entendió lo que pasaba. Entendió que su nuevo "progenitor" era un pobre idiota e ingenuo. Y a pesar de eso, le debía la  vida. Un regalo que no podía aceptar.

El filósofo tomó el dinero que tenía Isaías en su cartera, abandonó el cuarto y salió a hurtadillas. Su última travesía en el mundo del simulacro la dedicaría a buscar un arma, para usarla en sí.

26 de octubre de 2008

Lamá sabajtamí!!

¿De donde vienes?
¿Quien te crees para llegar a mis oidos, para penetrar mis sentidos e iluminar mi mente y salir despavorida como pedo por tu casa?
¿Qué te hace creer que soy tu esclavo? ¿Qué te hace pensar que estaré ahí para sobarte los pies cada vez que, agotada, llegues a mi sillón a recostarte y a roncar? ¿Qué te hace pensar que eres tan hermosa que tus pinches ronquidos no me MOLESTAN?
¿Tan malo fue el revolcón que nos dimos aquella noche de imágenes, letras, sollozos y vino, que ya no te dignas siquiera a darme una cachetada, de esas que tanto me gustan?
¿Tan mala te supo mi sangre que ahora te dedicas a vomitarme, cada vez que no te volteo a ver?
¿Porqué no me dices adiós, de una buena vez, como la gente consciente, te dejas de pendejadas y me dices "eres un asco"?
¿Porqué no te decides de una buena vez? O eres una chiquilla mimada, caprichosa, desmadrosa pero agradable, o eres una dama oscura, exigente, asifxiante pero erótica. Pero nunca enmedio, no en mi casa, no en mi mente, no en mi andar.
Memento mori, bastarda, hija maldita del hombre ambicioso. Algún día yo no estaré aquí para masajear tu sonajudo cuello.
Incluso si mi alma te siguiera amando, con todo y tus alevosos defectos.

19 de octubre de 2008

12 de octubre de 2008

Despertar fugaz

Rómulo no le hacía justicia a su nombre. Era horrible. No sabía cómo aún después de seiscientos años de vida independiente y errante no se había podido cambiar el nombre, incluso si por decisión propia no hubiera nadie que lo recordara.

Se había exiliado de todo contacto humano, vampírico e incluso personal, pues pensaba que ya lo conocía todo de pe a pa. Típica resolución en un vampiro, y más cuando no tiene a nadie, ningún tutor ni maestro, que lo guiase por los senderos de la bellísima oscuridad que tanto aborrecía en ese entonces. Su creadora, pues, lo "parió" para dejarlo a su suerte, sin dejar santo ni seña ni nombre, fue producto de un antojo mal cuidado, un ser que no deseó venir al mundo y por eso no deseaba que el mundo lo penetrara a él.

Pero eso no justificaba que no saliera al mundo a cazar. Era tan gruñón que el hambre sencillamente lo acuchillaba por la garganta, y más después de una hibernación que duró más de cincuenta años. Se levantó de su recinto en las catacumbas de un viejo cementerio con un sobresalto más que ridículo y emprendió una caminata nocturna de reconocimiento.

No sabía donde se encontraba, no lo sabía ni aún después de haberse bebido a medio pueblo antes de dormir. No se fijaba en pequeñeces, decía, excepto el hecho de que sabía que era sábado.. El muy tonto buscaba soledad, pero la soledad acarrea dolor consigo, dolor que buscaba solventar con conocimientos "que valieran la pena", o sea, ninguno (para alguien tan pedante, debo decir). La vida le parecía irrelevante, la muerte espantosa y, por tanto, la existencia aburrida.

En su inspección de medianoche por las calles aún sin pavimento de la localidad, vió sólo ebrios gastando sus cervezas dentro de ruidosas camionetas (que, como descubriría despues, es una práctica usual en los pueblos pequeños de México) y prostitutas gimiendo por ayuda, por supuesto. Tódo le parecía a Rómulo deplorable y escandaloso. A un vampiro normal esto no le debería alterar siquiera la respiración. Sin embargo, el era así, incluso en vida auténtica.

El alumbrado eléctrico guió su camino a una nueva avenida principal, tan sola como su guarida en el cementerio. Después de caminar unos cientos de metros y aumentar gradualmente el hambre, se encontró frente a una iglesia. Era obvio que se trataba de una, por la inconfundible cruz de vitral que portaba el edificio de dos pisos. Pero el estilo arquitectónico era, enervantemente, de buen gusto. Concreto perfectamente homogéneo y sin brumos, ángulos tan filosos como débiles los colmillos del buen Rómulo. Juraría que se trataba de brutalismo. Pero Rómulo sabía poco o nada de arte. No le importaba, en realidad, cómo se conjugaban las enormes bancas barnizadas con la cerámica del cristo que le dirigía una mirada de misericordia conforme él abría las puertas y caminaba al centro del lugar.

Era una oportunidad perfecta para saciar esa sed acumulada. Se escondió en uno de los confesionarios, al fondo detrás del altar,  y después de tomar prestada una botella de vino de consagrar, se echó a esperar (erróneamente dicho "a dormir"). Cerró la puerta y se colocó la boca de la botella en su boca, dosificando el licor, con un cálculo tontamente correcto.

Al fin dieron las seis de la mañana del domingo. Rómulo no se percató, sutilmente borracho, de las tres llamadas de las campanas ni de la inevitablemente ruidosa entrada al recinto de los feligreses, sus feligreses. Abandonó la botella en la cabina y salió de ella como si el asiento estuviera realmente caliente. Con su supervelocidad, característica de él, cerró todas las ventanas y puertas, excepto la principal (para dejar que más gente entrara) y empezó a servirse de carnes y sangres de todo tipo.

No era la primera vez que Rómulo se atascaba tan asquerosamente de alimento. Lo cierto es que el muy maldito no tenía llenadera, ni capacidad de decir no, por muy fea que supiera su víctima, por muy asquerosa que fuera su mente. Toda la comida, incluso la echada a perder, tenía cabida en el torrente energético del vampiro.

Pero esta vez, una especie de pedantez lo invadió desde lo más profundo del intestino grueso. Era insoportable. Sabía que tenía que pasar, pero no sabía cuando ni porqué. Era que, simplemente, nunca había devorado a toda una comunidad, y menos cristianos, y muchísimo menos de un pueblo pequeño. Ahí estaba el detalle. Él, como buen ser de oscuridad y tolerante de luz, cometió el error de no clasificar, elegir y balancear su comida por sus caracterìsticas, es decir, color, sexo, salud, fortaleza, y lo más importante, poder mental.

Tenía, pues, una indigestión. Había comido mucha comida chatarra, bien cocinada, muy bonita, y NADA NUTRITIVA. Se empezó a sentir mal, empezó a marearse entre el malestar y las imágenes de cuerpos secos, amontonados y destazados que él mismo había generado, se paró en frente del cristo, y sin más cuidado terminó por vomitar.

Una enorme estampa de sangre escondía el rostro de cristo, el blanquísimo mantel en la mesa del altar, las licoreras, los cirios y hasta el dibujo de una portezuela de madera en el suelo que conducía a un túnel secreto se habían difuminado en un rojo psicodélico.

La mejora que le produjo el vomitar le hicieron abrir una sonrisa de alivio, que se vió iluminada por un sol mediocremente radiante, entrando por la puerta principal de la iglesia. Rómulo, furioso por la quemazón del sol, volteó hacia la entrada. Pudo percibir una silueta bien estilizada, perfecta, y una mente tan dedicada a la contemplación como a la crítica.

- Otro mediocre pedante que se esconde para saciar sus necesidades. ¿Ahora quién limpiará tu vómito, si no dejaste a nadie?

Conforme se acercaba caminando, su rostro no tan hermoso y sus ropas de prostituta se hicieron presentes ante los ojos lastimados de Rómulo. Según podía leer en su mente, se trataba de una brillante prostituta, ninfómana, culta, sádica, perversa, deseable.

Leer su mente era para él como lo es para un humano oler una carne asada y condimentada en tiempos de hambre. Sublime. ¿Qué queda en esas circunstancias, donde todo está facilitado y reducido a "tomar y consumir"? Empezar, solamente. Acercarse al objetivo, despacio y firme, cortando el aire y degustando de él, usando el tiempo eficientemente, acrecentando la espera y disminuyéndola a la vez.

La prostituta, inmovilizada, le dijo a Rómulo con esa sinceridad ametrallante y directa que caracteriza a las grandes mentes que no tienen nada que perder:

- Créeme, papito, soy demasiado para tí. Morirás conmigo.

Rómulo, cegado por el deseo, y alterado por la vomitada que lo dejó seco de nuevo, se limitó a mirarla a los ojos y, con ternura, acribillar su cuello de mordidas para que salpicara. La abrazó con fuerza para que el chorro de sangre se disparara directo de las heridas a su boca. La furia y el éxtasis eran tan crudos, tan impulsivos, que el cadáver terminó fragmentado por los brazos de Rómulo. EL hambre se había saciado al fin.

La bestia, saciada y con suficientes fuerzas, sacudió sus ropas de cuero y prosiguió con una caminata bajo la ahora comodísima luz del sol.

Sin embargo, una asfixia se empezaba a apoderar de él. Se sentía eufórico, como cuando en vida comía esa extraña planta que le permitía hacer música. Pero la asfixia era insoportable. La prostituta, eso era, demasiado de lo bueno. Un manjar que no se dió tiempo de degustar y ahora lo había envenenado.

Rómulo se arrepintió de su acción atrabancada e inmadura.

Sin embargo, cuando se vió a si mismo caer de rodillas y pulverizarse bajo el sol, era demasiado tarde.


9 de octubre de 2008

Hambre incidental

Incesantes campanas tocan a mis oídos. Los destrozan.

Estoy aturdido, contrariado, soy capaz de chocar contra las paredes y goplearme hasta desangrar.

Esperen... ¿Qué es esa mancha de sangre?

Hahahaha!! es mia! es de mi frentte, ni me di cuenta. Bueno, mugre con mugre no se ve mucho.


No se que me pasa. Tengo increíbles ganas de oir reguetón. ¡Carajo, que eso me preocupa!

Alguna vez me ha pasado. Me desespera. Me desespera no saber que pasa. Me desespera no poder rascrme la cabeza puesto que mis brazos están en el otro cuarto, y las uñas deben estar por ahí en la basura que barrí hace dos días.

Me aguanto, pues. Me vale madres que se estén echando a perder. Pinche Baudrillard, algo tenías de razón. Vivo en un mundo falso, siempre creí que mis brazos eran musculosos, y ahora resulta que tienen gusanos y apestan a muertos.

Debió ser en el último ataque de nervios.

¡Es cierto! Ya se lo que es.

TENGO HAMBRE.




Genial. Refri vacío. Pero no importa. Voy a hacerme un té, ya encontré cabellos tirados en el suelo, todavía les debe quedar sabor.

A ver si puedo manejar la tetera con los pies. Pinches brazos están bien lejos.


3 de octubre de 2008

Historia de una Master (parte IV)

El eco de su nombre resonaba en mi mente. Debo admitir que creí estar enamorado de Miranda. De hecho, no me apura pensar y admitir que fue cierto, sin embargo en unas pocas horas había conseguido germinar en mí el odio más poderoso, más sádico.

Su mirada era ahora de dejación, pues quería algo de mí que sabía que duraría, relativamente, poco. Me pedía terminar con su agonía, por medio de más agonía. Tenía las fuerzas y los ánimos necesarios para resistir, buscaba este momento con impetuosa pasión. Insisto en justificar mi acción de aquella noche en la premisa de su aprobación. Sé que hubo tal.

Decidí entonces por hacerla sufrir de manera prolongada, hacerla pagar por el castigo inhumano que me había aplicado por el crimen de cuidar de ella y permitir que me cuidara, por hacer esto a cambio de una tolerancia que estaba totalmente fuera de mi entendimiento.

La furia me había conducido a bofetearla, inmóvil bajo mi cuerpo. Una tras otra, la lluvia de bofetadas transgredían su rostro. Cuando vi su nariz sangrar me detuve. Sentí remordimientos, pues la veía como una obra de arte natural, y ella misma me había enseñado que el arte es sagrado. Sin embargo, de su boca salió la frase maquiavélica:

- No tengas compasión, sólo diversión.

La calidez de su frase me invitó a besarla. Sus labios, entintados en su sangre, parecían producto de importación del paraíso. Me dejé llevar por su perfume femenino y mi boca se dirigió a su cuello. Quería morder, quería arrancar toda la carne y reventar todas las arterias que pudiera. Pero no podía, pues habría acabado el juego en una muerte indeseable (aún). Opté por morder su cuello, aumentando la presión lentamente en mi quijada, escuchando su sofocación, sintiendo el retorcer de su cuerpo bajo el mío.

Apenas empezaba a divertirme, como ella misma me lo pedía, y ya podia sentir cómo Miranda jalaba aire profundamente. La sonrisa, persuasiva y ya clásica en su expresión, persistía.  Estaba gozando, incluso a punta de lágrimas.

La puse en pié y la até de los brazos a una cuerda, la cual se sostenía de una polea en el fortísimo techo de concreto. La elevé a medio metro del suelo y empecé a castigarla con una fusta. Podía sentir como el cuero golpeaba su piel, el mismo cuero se estremecía con cada percusión, cada vez más rítmica. Los jadeos de mi ahora esclava también se volvían rítmicos, frenéticos... eróticos. El transcurrir del tiempo me resultaba superfluo y corto, cada laceración sangrienta en su vientre y en su espalda eran mucho más importantes que la vida misma. Incluso pude percibir un momento en que Miranda no tenía más lágrimas para llorar. Me detuve de nuevo. Pero ella se dió cuenta y me imploró:

- ¡Siiiigueeeeeeeee! ¡Por favoooooooooooooooor!

Era evidente que ya no gozaba. Se trataba de la paga de un karma. De ahí en adelante me sentí, a veces, utilizado. Pero yo obtenía algo bueno, así que no me volvería a detener hasta el momento más preciso.

La bajé al suelo, esta vez a gatas, pero con los antebrazos uno contra otro, en su espalda. Mientras la sostenía del cuello con una cuerda en una mano, me puse de rodillas también y empecé a cabalgarla, dandole azotes en la espalda con la otra mano. Era un ejercicio sencillo, pero despues de todo conseguí mi objetivo al cabo de algunos minutos, desquité mi furia orgásmica y la extasié al grado de que me rogara por más, que la hiciera explotar una vez más.

Pero no se lo iba a permitir, no todavía.

Explorando visualmente el recinto me encontré con una bobina de cable eléctriico y un transformador de  corriente. Conecté cada instrumento metálico que encontré al neutral del transformador, y la fase directo a sus pies. Cada azote, cada roce con las paletas o con las varas, todos lo resentían sus piernas. Lo mejor  fue cuando la metí en una jaula donde apenas cabía en cuclillas, se retorcía y se azotaba ella misma contra las paredes de la jaula, sin poder encontrar alivio a su tormento eléctrico.

Las lágrimas volvieron a brotar de su rostro. Esta vez yo no sentía placer, pero tampoco remordimientos. No es que me hubiera vuelto inmune o neutral ante su sufrimiento, sino que ya estaba preparado para aquella empresa que se me había encomendado.

La liberé de todo instrumento y atadura y la contemplé por ultima vez. La duda sobre si era hermosa me había abandonado completamente. Como Zaratustra dijo, los buenos frutos de la vida deben ser extraídos y consumidos en el apogeo del sabor. Las llagas y moretones en su piel eran impresionantemente deliciosas. Tomé su blusa y rasgué una traza de tela suave y cómoda. La acomodé en su cuello mientras la colocaba junto conmigo en la posición de la cobra. Esto acabaría con todas las energías que le quedaran. Entonces empezamos a copular.

Su sonrisa (tan recurrida en mi relato por su trasendencia) empezaba a desaparecer. Además de ella, a nadie he conocido que pueda enmascarar su desesperación o su deseo tras una sonrisa. Y Miranda tenía ambas. Conforme la hacía acercarse más al fin, su mirada penetraba más la mía. Era obvio que no quería que se me olvidara su rostro, aunque de hecho no podría hacerlo bajo ninguna circunstancia. Podía sentir como el aire de sus jadeos chocaba contra mi rostro, cada vez el tempo era más rápido. Ella estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para resistir hasta el fin. Le faltaba el aire por completo, pero debía seguir.

Llegó, por supuesto, el momento, en tiempo y forma adecuados. Podía sentir sus contraciones poderosísimas, avisando sobre el momento adecuado para apretar la traza de tela en su cuello. Me tomó de los hombros. Estaba tan asustado que sólo percibí el delicado "hazlo" de su garganta, sus labios sobre los míos y su pulso reflejado en el trozo de tela que ya había apretado con gran fuerza. El orgasmo no esperó a ninguno de los dos. Yo sólo cerré los ojos por un momento. Ella no los volvió a abrir.

La recosté lentamente sobre el suelo, con benevolencia, con todo el cariño que ella hubiera deseado. Su sonrisa había vuelto a aparecer, más viva que nunca.




Ignoro qué hice con el cuerpo de Miranda. No pretendo de ninguna manera recordarlo. Me resulta innecesario y doloroso.

Lo cierto es que no me arrepiento de lo que hice. Yo nunca dominé a Miranda, sino todo lo contrario. Me hizo llegar a extremos que yo no me creía capaz, me hizo cometer atrocidades que yo consideraba impensables.

Pero también me hizo aprender a controlar mis pasiones, mis deseos, mis pensamientos. Me hizo aprender a buscar lo que quiero, pero siempre con la premisa del respeto y de la tolerancia. Hoy me considero un ser íntegro, tengo reputación y fama (a mi manera). Nadie, por supuesto, sabe de mi atrocidad, que aún consentida y provocada no deja de ser atrocidad. Sé perfectamente que si me llegan a descubrir, tendré que pagar por mis acciones. Pero estoy preparado, porque no me arrepiento. Ayudé a una persona (un ser maravilloso) a trascender sobre los demás, realzándose sin caer en la egolatría, dejando un legado que hoy yo imparto. Ese legado es la libertad. Ella usó la libertad para morir, ignoro las circunstancias que la hayan llevado a esa decisión, pero no la cuestionaré. Porque la respeto, y porque respeto la voluntad de mis compañeros, de mis amigos y de mis sumisas.


Soy Orlando, y soy un Master.


 La modelo: Eden Wells