Han pasado ya siglos, eras enteras en que conocí la calidez de tu mirada,
cálida, a pesar de las almas devoradas y los instantes de placer derrochados.
Cálida a pesar de que el pesar no resienta en tus espaldas,
incluso a pesar de que mis recuerdos sean ya vanalidades en tu existencia.
Recién creado, te perseguí y aprendí contigo el arte de cazar.
Aprendí a desgarrar, a aspirar el aliento último, a degustarlo con cariño,
a hacerle el amor a la Muerte como jamás podríase con la Vida.
A violar a la Vida como jamás podríase a la preciosa Muerte.
La elegancia siempre fue una enquenque comparada con tu gracia.
Morir por tu mano era a la vez sueño, infierno y alabanza.
Me aniquilaste, terminaste con mi equilibrio, físico y mental.
Atrapaste mi alma en un cuerpo y en un pensamiento desafiantes,
contradicciones pueblan mi mente, agudos dolores mi pecho,
y no tengo la intención de exhalar el más minimo quejo.
Descubrí que mis palabras pueden destruir el multiverso,
si hago gala de algún poco convincente talento.
Descubrí que si escribo poesías, puedo bajarte al mundo de los muertos,
Descubrí que si escribo poesías, puedo bajarte al mundo de los muertos,
de donde escapas tras cada perfumado aliento,
Puedo poseerte, si quisiera, con sólo tres de mis versos.
Puedo del cuello sujetarte y herir tus sentimientos.
Puedo tomar tu aura más bella, y tragarla con el más cruel desdén.
Devoraría tus ojos desafiantes, y vería lo que tus víctimas ven:
hermosura grotesca, inmovilidad bajo la simpleza,
el alma propia fundiéndose con el amanecer,
condenada a morir eternamente, y tras el dolor de los días, caer.
Quisiera ser tú, impávida alma hambrienta,
tan solo, sólo si entender pudiera
porqué mi alma, tan simple, pero tan fiera,
no le basta a tu vorágine enferma,
y preferiste dejarme, a la postre, incompleto,
cazando, e hiriendo, cual asesino perfecto,
esperando llenar el hambre asquerosa
que en mi corazón reside, y que mi mente no ha resuelto.
Quisiera saber que te saciará, Origen perpetuo,
para ofrecértelo sin siquiera pensar en ello.
Quiero saber cuantas almas, asesina mía,
requerirás para saciar tu apetito maldito.
Cuanto dolor hay que extraer de la pureza,
cuanta sangre de las artes más bellas,
cuantas lágrimas del sagrado erotismo,
cuanta arte del sentimiento más mundano.
Solo díme que me liberarás de mi flagelante destino,
y te pagaré, hasta la Muerte prohibida, si es necesario.
Dime que terminarán para mí los llantos fríos,
y te daré mi corazón, por el odio y por el amor, cálido.
Sabré entonces, si debo seguir en el exilio, cazando,
o salir al Sol, y en un acto de fé, enjugarme en sus halos.
En la imagen, una hermosa Perla Negra.
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on 20091109
at lunes, noviembre 09, 2009
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Sinsentidos
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